La libertad, ¿es aún libertad para quienes piensan diferente?

  • ¿La libertad para quienes piensan diferente sólo es aceptable dentro del restringido marco que fija el pacto social predominante?

Traducción de Alcira Bixio

En realidad, nunca lo fue, pero hoy lo es cada vez menos. A los liberales de todos los colores les gusta repetir la puñalada crítica que asestaba Rosa Luxemburgo a los bolcheviques: “La libertad es libertad para lo que piensan diferente”. Y, para dar un toque de sabor, suelen agregar la máxima de Voltaire: “Desapruebo lo que usted dice, pero defendería con mi vida su derecho a decirlo.” Sin embargo, nuestra experiencia reciente (y no tan reciente) ¿no muestra, en cambio, que la libertad para quienes piensan diferente sólo es aceptable dentro del restringido marco que fija el pacto social predominante?

Hoy, cuando el pacto social que determina los límites de lo que es aceptable se derrumba y las diferentes visiones compiten para imponerse de manera hegemónica, podemos verlo claramente. Hace años, Noam Chomsky provocó un escándalo cuando siguió la máxima de Voltaire hasta sus últimas consecuencias: defendió el derecho a publicar su libro del negacionista del holocausto Jean Faurisson y su argumentación hasta apareció en el libro de Faurisson a manera de epílogo. Hoy, semejante gesto sería calificado inmediatamente de antisemita. En la actualidad, no sólo se ha criminalizado la negación del holocausto, además, los términos de su criminalización a veces hasta se circunscriben numéricamente. Por ejemplo, hace aproximadamente una década, circulaba la idea de que fijar el número de víctimas del holocausto en menos de 5 millones debería ser punible. Luego se agregaron otros crímenes masivos a la lista: Francia decretó que era ilegal negar el genocidio armenio. Aun cuando algo no esté legalmente criminalizado, puede someterse a una criminalización de facto.

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El caso típico es la suerte corrida por Martin Heidegger, considerado, hasta no hace mucho tiempo, el filósofo clave del siglo XX: una vez publicados sus Cuadernos negros, un grupo de críticos liberales organizó una campaña coordinada para criminalizar académicamente su pensamiento. La idea era que, a causa de sus vínculos directos con la ideología nazi, la obra de Heidegger ni siquiera merecía ser objeto de un debate filosófico serio: sencillamente había que descartar a Heidegger pues no era merecedor de tal consideración ya que, como dijo Emmanuel Faye, no sólo había apoyado el nazismo, sino que su pensamiento no había sido otra cosa que una introducción del nazismo en la filosofía.

Este procedimiento de criminalización no legal alcanza su máxima expresión en la actual versión políticamente correcta de MeToo. A veces da la impresión de que, para sus partidarios, importan más un par de mujeres acaudaladas que se escandalizaron cuando Louis CK les mostró su pene, que los cientos de pobres jovencitas brutalmente violadas. En respuesta a quienes insistían en la diferencia entre Harvey Weinstein y Louis CK, las activistas de MeToo los acusaron de no tener la menor idea de cómo se manifiesta y cómo se vive la violencia masculina y declararon que una masturbación frente a mujeres puede experimentarse como un acto no menos violento que la imposición física. Aunque hay algo de verdad en esas afirmaciones, habría que fijar un límite claro a la lógica en que se basa tal argumentación: aquí, los límites de la libertad están tan estrechamente establecidos que hasta se considera inaceptable el más modesto debate sobre los diferentes grados de abuso. En este caso, ¿no se está reduciendo de facto la libertad (de debatir) a la libertad para quienes piensan como nosotros? No sólo tenemos que aceptar el consenso general (políticamente correcto) y luego limitar nuestro debate a los detalles menores sino que hasta el alcance de los detalles que está permitido debatir es muy limitado.

¿Soy pues un liberal obstinadamente intransigente que aboga por una apertura total? No, las prohibiciones son necesarias; habría que fijar límites. Sencillamente, aborrezco a esos hipócritas que no admiten el hecho evidente de que, en cierto sentido, la libertad efectivamente ES libertad para aquellos que básicamente piensan como nosotros. Los partidarios de la criminalización del “discurso del odio”, predeciblemente, tratan de elaborar una salida a esta paradoja; la línea argumental habitual es la siguiente: el discurso del odio merece que se lo criminalice porque priva efectivamente a sus víctimas de su libertad y las humilla, por lo tanto, la exclusión del discurso del odio amplía el alcance de la libertad real… Es verdad, pero los problemas surgen con el procedimiento políticamente correcto de prohibir hasta el debate abierto sobre ese alcance, de modo tal que una exclusión arbitraria (como prohibir a Louis CK) queda a su vez excluida del debate.

El argumento invocado contra los defensores de Louis CK es el mismo invocado por los que acusan al partido laborista británico de tolerar el antisemitismo: ¿quiénes somos nosotros para juzgar si las quejas de las víctimas autoproclamadas están justificadas o no? Esto es algo que corresponde decidir a las víctimas: si se sienten heridas… entonces, no hay nada más que decir. ¿De veras? Veamos el caso del antisemitismo: según lo dicho antes, debemos tomar seriamente las quejas de los judíos del Reino Unido, pero, ¿están ellos dispuestos a tomar seriamente las quejas de los palestinos de Cisjordania o este es un caso diferente de queja en el que no hay que confiar en la palabra de la víctima? Una buena prueba de que las expresiones de la propia victimización de alguien nunca deben juzgarse por su mera apariencia sino analizarse fríamente. Como lo expresó Gilles Deleuze hace varias décadas, “toda decisión política basada en la experiencia única de un grupo limitado es siempre reaccionaria”.