Crónica de dos debates presidenciales en Argentina

  • Toda la campaña se ha vertebrado en torno a una demanda central: la economía
  • Con Macri ha vuelto el endeudamiento, se estima que el adeudo alcanzará el 93% del producto interior bruto para finales de este año

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Los debates presidenciales, habitualmente, más que para conocer las destrezas retóricas de los diferentes candidatos, que también, suelen ser útiles para colocar encima de la mesa algunas cosas importantes. En el caso de los dos debates presidenciales celebrados en Argentina en los últimos dos domingos consecutivos se podía encontrar, por un lado, los temas centrales en torno a las que pivota la contienda, demandas sociales agrupadas en diferentes bloques temáticos: desde seguridad a economía, pasando por vivienda o educación. Por otro lado, los candidatos integran sus propuestas programáticas en marcos más amplios, donde no únicamente se limitan a enumerar uno por uno los contenidos de su programa en materia de corrupción, por ejemplo, sino que se dedican a contar una historia cargada de emotividad, escenarios y personajes: el malo, el bueno, el cómplice…

Ambos debates fueron algo aburridos. Estas discusiones ya no se dan entre candidatos que se lanzan los trastos, se interrumpen o elevan el tono por encima de sus adversarios. Los debates actuales se libran en formatos encorsetados donde no hay lugar para la interrupción. Ahora los contenidos se dividen en diferentes módulos y cada uno de los ponentes dispone de un tiempo limitado para responder, con un turno de réplica de pocos segundos. Una forma efectiva de producir estructuras comunicativas que no den lugar a la mala educación, no abandonando así la prudencia a la buena voluntad de los candidatos. Lo cual, como espectador, no me parece en absoluto una mala idea. Es cierto que llega ser tedioso, en ocasiones insoportable, pero al menos no se extravían en polémicas sempiternas que no le interesan a nadie, y, además, todos gozan del mismo tiempo para desarrollar sus propuestas.

El elenco de actores de ambos debates está formado por los aspirantes de aquellos partidos que obtuvieron más del 1,5% de los votos en las elecciones primarias (PASO) del pasado mes de agosto. Son un total de seis. Todos ellos varones. Al contrario de lo que sucede en España, no podría ordenarlos ideológicamente de izquierda a derecha para clasificarlos porque no estaría explicando nada, ni tampoco siendo justo con la dificultad para la categorización en el eje izquierda/derecha de la política Argentina. De menor a mayor puntuación en las elecciones primarias (PASO) se encontraría, en primer lugar, José Luís Espert, de Unite por la Libertad y la Dignidad cuya medida estrella sería, por ejemplo, la reducción del gasto público en favor del mercado y su mano invisible. Le sigue Juan José Gómez Esturión, del Frente NOS, un grupo de ultraconservadores que defienden a la familia tradicional de los los caprichos y los vicios de la posmodernidad, como el derecho al aborto -nótese la ironía. Después se encontraría el trotskista Nicolás del Caño, candidato del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, quienes se posicionan, y también se definen, como la auténtica izquierda del tablero político argentino. A continuación, en tercer lugar en las PASO, Roberto Lavagna, de Consenso Federal, ex-Ministro de Economía y Producción en los primeros años de gobierno de Néstor Kirchner. Un candidato del peronismo conservador que está al margen de los contornos del kirchnerismo. Con más de veinte puntos por encima se encuentra ya el actual presidente de la Nación Argentina, Mauricio Macri, con la coalición electoral Juntos por el Cambio, quien salió derrotado en las elecciones de agosto. Y, por fin, con el 47% de los votos, en primer lugar, Alberto Fernández, candidato a la presidencia con el Frente de Todos, coalición que ya intenté explicar en este mismo medio hace unos días.

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Los protagonistas de los debates electorales, y de los últimos meses en Argentina, son estos dos últimos, Fernández y Macri. En el primero de los debates, el domingo 13, Fernández resultó, creo que sin duda alguna, el ganador de la noche -si es que hubiera vencedores y vencidos en estas extrañas contiendas mediáticas. Fernández fue, al menos, el que mejor había preparado la tarea en casa: no agotó el tiempo, se ceñía a la temática, hablaba con claridad, en definitiva, se mostró solvente… Macri sobreactuó y sonaba poco creíble. El resto de candidatos, exceptuando alguna intervención de Nicolás del Caño o Roberto Lavagna, no apareció más que para lanzar alguna que otra acusación, en cualquier caso, ninguno logró captar la atención del público. Si bien en el segundo debate el actual presidente, Mauricio Macri, ha progresado respecto al primero, hizo su apertura con una frase, por decirlo eufemísticamente, algo atrevida: “yo siempre cumplí lo que dije” -proclamó. En el debate presidencial del año 2015 ya anunció que si se convertía en presidente con su gestión “la inflación bajaría un dígito” y, además, erradicaría los niveles de pobreza. Pero agotando el mandato que asumió en 2015 los números parecen decir lo contrario: la inflación, lejos de bajar, se duplicó en puntos porcentuales, y hoy Argentina tiene los niveles de pobreza más altos que entonces.

También hubo algunas anécdotas. Entre las más sonadas se encuentra los segundos de silencio que el candidato del Frente de Izquierda, Nicolás del Caño, dedicó al pueblo ecuatoriano, por entonces sumido en revueltas contra el gobierno neoliberal y autoritario de Lenín Moreno. A lo largo de la semana este extraño silencio opacó todo lo que expuso en el resto del debate. La otra anécdota la protagonizó el dedo índice del candidato por el Frente de Todos, quien en una de sus intervenciones, para referirse a Macri, lo señaló y este último le afeó el gesto en una declaración posterior. Fernández se sirvió del ingenio para darle una vuelta de tuerca más a esta polémica. En el minuto de apertura los candidatos tenían lugar a hacer una breve presentación, entonces Fernández declaró lo siguiente: "el Presidente está preocupado porque levanto mi índice al hablar, pero hay índices que le arruinan la vida a la gente y condenan a millones a la pobreza”.

Precisamente esos índices de inflación y pobreza de los que hablaba Fernández han sido, sin lugar a dudas, el leitmotiv de esta campaña. Toda la campaña se ha vertebrado en torno a una demanda central: la economía. Después de que Néstor Kirchner asumiera la presidencia en el año 2003 hasta el año en el que Macri tomó el relevo en el gobierno, la economía, en términos globales y, obviamente, con algunas fluctuaciones, sufrió una notable mejoría. Lo que se traduce en un incremento del bienestar y de la soberanía política, como el aumento del consumo interno o librarse de la pesada carga del Fondo Monetario Internacional. Con Macri ha vuelto el endeudamiento, se estima que el adeudo alcanzará el 93% del producto interior bruto para finales de este año, y ha aumentado el número de pobres en Argentina. Por eso, como en otros países de América Latina, el gran público de estos debates, los espectadores a los que los partidos buscan todo el tiempo interpelar, es la clase media argentina. Una clase media duramente golpeada y en proceso de descomposición.

Es importante recordar aquí que la clase media no se mide únicamente con parámetros económicos, como el nivel de ingresos, por ejemplo, sino que también tiene un fuerte componente aspiracional. Esta clase tiende a desaparecer no solo cuando menguan los niveles de riqueza, también cuando se truncan las expectativas, cuando se desvanece un horizonte compartido y con él la posibilidad de alcanzar aquello que se anhelaba ser algún día. Por eso, más allá de las demandas particulares de la economía -o de algunas otras que también se han abordado, como el déficit de federalismo o terminar con el narcotráfico- la narrativa de los candidatos, el cuento en el buen sentido de la palabra, tiene que ver con eso que Mario Riorda, consultor político argentino, llamó “el eterno retorno de la argentina”. Todos ellos, incluso el actual presidente del gobierno, tienen que ofrecer la posibilidad de empezar de nuevo, de dejar todo lo negativo atrás y volver a trazar juntos una nueva senda para recomponer el país. Quién ha sabido contar la mejor historia de todos, con la mejor trama, los mejores personajes, la más emotiva… lo sabremos el próximo domingo.

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