Culpables de andalucidio

  • Es una corrupción gubernamental que ha herido de muerte el tejido productivo, el bienestar, el derecho a la autonomía y hasta la identidad de Andalucía  
  

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Donde hay delito, hay víctima. Ayer se dictó la sentencia de un largo proceso judicial abierto a principios de 2011, en plena crisis económica, pocos meses antes de que las plazas de Andalucía y de toda España se llenaran de cientos de miles de voces reclamando democracia y derechos, cuando Manuel Chaves era vicepresidente del Gobierno de España y José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía. Hoy sabemos que son culpables, pero no sólo de prevaricación y malversación. Son culpables del delito de andalucidio. No cabe denominar de otra forma una corrupción gubernamental que ha herido de muerte el tejido productivo, el bienestar, el derecho a la autonomía y hasta la identidad de Andalucía.

Andalucidio, porque el destino de los 680 millones de euros malversados no era conceder prejubilaciones a dedo, ni pagar las juergas de un puñado de dirigentes sin escrúpulos, sino contribuir a una reconversión decisiva en un momento en el que se decidía el futuro de muchas comarcas de Andalucía. Como dice Isaac Rosa, el verdadero delito no fue lo que se perdió en prostíbulos y cocaína, sino el propio objetivo de invertir cientos de millones en acallar las justas protestas contra el desmantelamiento industrial. En 2001, cuando comenzaron a otorgarse fraudulentamente las ayudas de los ERE, el peso de la industria en el PIB andaluz era todavía del 11%. 18 años después no llega al 9%. Mientras tanto se disparó el empleo en la construcción, en la hostelería, en los servicios; sectores lastrados por la temporalidad, la economía sumergida y el bajo valor añadido. ¿Habríamos llegado al 36% de paro en 2013 de haber apostado por la inversión en la industria automovilística, textil, siderúrgica o del mueble, hoy desaparecidas? Es más: ¿y si esos 680 millones se hubieran gastado en transformar empresas y formar a trabajadores para una transición ecológica?

Andalucidio, porque la nefasta decisión de sustituir las fábricas por la playa y el ladrillo hizo a nuestra tierra más vulnerable ante la crisis que se avecinaba. La rápida destrucción de empleo a partir de 2008, sumada a los recortes en servicios públicos, hicieron que el 38,3% de los andaluces se encontraran en riesgo de pobreza y exclusión en 2014. Desde entonces se ha experimentado una mejoría… de una sola
décima. A las puertas de una nueva crisis, seguimos sin habernos recuperado de la anterior en términos sociales ni económicos: nuestro PIB ni siquiera ha alcanzado los valores de 2008. Nuestra esperanza de vida es también la más baja de España, sólo por detrás de Ceuta. ¿Cómo llamar a las políticas que nos han condenado a vivir peor y menos años?

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Andalucidio, porque la corrupción hizo trizas un derecho a la autonomía ganado con sangre. Los objetivos básicos de la autonomía (art. 12.3 del Estatuto de 1981) eran “la consecución del pleno empleo en todos los sectores de la producción”, “el desarrollo industrial”, “el acceso de todos los andaluces a los niveles educativos y culturales que les permitan su realización personal y social”, “la superación de las condiciones económicas, sociales y culturales que determinan la emigración de los andaluces”… Papel mojado. Las grandes promesas de la autonomía fueron sustituidas por el fomento de la resignación, el conformismo y la desafección a unas instituciones en las que varias generaciones habían depositado inmensas esperanzas. La dejación de competencias llevó, claro, a la pérdida de interés por el autogobierno. Lo que nos conduce al siguiente punto.

Andalucidio, porque la sentencia de los ERE es un testamento que deja como únicos herederos a las tres derechas que hoy gobiernan Andalucía. La fase terminal del gobierno de la corrupción, liderada por Susana Díaz, no sólo dilapidó el capital político heredado de sus antecesores, sino que se marcó como principal objetivo anular y demonizar cualquier alternativa a su izquierda, legitimando para ello a Ciudadanos como opción responsable y de gobierno. Por si fuera poco, incumplidos los objetivos del autonomismo, sólo faltaba reconvertirlo en un arma arrojadiza contra Cataluña para darle la estocada final a una identidad andaluza construida contra el centralismo y el subdesarrollo, nunca contra otros pueblos. Díaz dejó a su paso una Andalucía yerma, como brillantemente la describen Rubén Pérez y Fran Fernández. Y es que la corrupción ha envenenado esta tierra hasta hacer crecer monstruos en ella.

La Andalucía que fuera feudo de la izquierda concede hoy 12 escaños y más de un 20% de votos a Vox. A un partido que practica el negacionismo andaluz hasta el punto de insultar a Blas Infante, retirar estatuas de Abderramán y proponer la prohibición del tradicional pan con aceite en los colegios el 28 de febrero. La sentencia de ayer, en suma, es la cara B de la triste noche electoral del 2 de diciembre. Con razón Moreno Bonilla no disimulaba su euforia en su discurso de valoración.

Pero algunos no podemos compartir su entusiasmo, por mucho que nos alivie saber que, de vez en cuando, se hace justicia. Personalmente, ayer no sentí alegría alguna viendo las noticias. Recordé que en 2004, al cumplir 18 años, recibí una carta oficial de la Junta de Andalucía. Incluía un librito con la Constitución y el Estatuto y una carta de Don Manuel Chaves en la que me felicitaba por adquirir la mayoría de edad y el derecho a voto. Explicaba la importancia de la autonomía y su importancia para el
desarrollo de Andalucía y cuánto nos quedaba por lograr. Lo compartí entonces y lo comparto ahora, pero duele pensar con qué poca sinceridad se dictaron aquellas líneas.  La carta se acompañaba de una fotografía del propio Chaves, e imaginé ayer esa fotografía volando como en el final de Good bye Lenin. Y es que, para quienes crecimos en la Andalucía de los 90, Chaves no era un político más. De alguna forma, él y Griñán fueron figuras mitológicas alzadas sobre las dos columnas de nuestro escudo, como Hércules y César en las columnas de la Alameda. Ayer esas dos columnas se vinieron abajo con estruendo. Quienes no queramos perecer bajo los cascotes tenemos una misión: levantar sobre nuevos pilares una Andalucía mejor.

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