El gallego analiza la realidad española con solvencia

tertulias de opinión
Fernando Onega y Antón Losada. / Youtube

Quienes nos dedicamos al oficio de escribir, casi nunca relacionado con el oficio de opinar sino más bien con el de imaginar, no solemos ser muy adictos a las tertulias de opinión. Si acaso nos entretenemos un poco en los noticiarios de la televisión o, si vamos en el coche, en las tertulias de la radio; el resto, películas y más películas en la pantalla del televisor casi siempre como anestésico, a la hora de dormirse, o como anticonceptivo llegada la hora de soñar.

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«Llegada la hora de la verdad, esa que algunas veces llega y en otras muchas más no lo hace en absoluto, recurres a las tertulias de la tele»

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Dicho y entendido sea lo anterior en términos generales porque, llegada la hora de la verdad, esa que algunas veces llega y en otras muchas más no lo hace en absoluto, con tal de que comas solo, como es mi caso, recurres a las tertulias de la tele, que es lo que hago yo casi todos los días de la semana. No les diré cuáles canales son aquellos cuyos contertulios excitan más mi imaginación, ni tampoco que tertulianos modeladores de opinión, triunfantes o frustrados, la irritan con mayor solvencia; no hace falta herir a nadie en particular incluso a riesgo de irritar a todos. Verán porque lo digo.

Llevamos meses y meses, y meses, y más meses todavía, o al menos esa es la sensación que padecemos, con la cantata o cantinela, a escoger, con la que se acompaña y enmarca esa especie de auto sacramental catalán. Son semanas y semanas constatando la existencia de esa respetable profesión de fe con la que, se diría que la mitad de los habitantes de Cataluña, manifiestan sus legítimas aspiraciones haciéndolo en abierto encuentro con la otra mitad de ellos que profesan no exactamente las contrarias, pero que por ahí le andan.

«Nadie debe negarle a los catalanes la defensa de unos ideales que los independentistas les niegan a los que no lo son»

No debemos meternos con la fe ni con las creencias de nadie, los sentimientos son sagrados y las aspiraciones de las gentes tomadas de una en una o formando ese conjunto que llamamos pueblo, nación o lo que les de a ustedes la gana, también lo son. Nadie debería, por lo tanto, negarle a los catalanes la defensa de unos ideales que, al ser de sentido contrario a los suyos, los independentistas les regatean a los que no lo son…por decirlo de algún modo.

El problema surge cuando, de un lado y otro, se apela a los sentimientos pretendiendo que sean los propios los que alcancen la hegemonía lográndola de modo que la otra parte se vea inducida a los abismos infernales. Los gallegos tenemos hecho un máster en este tipo de cuestiones desde que optamos por defender a la casa de Trastámara, una dinastía gallega, frente a la triunfante sediciosa en que se convirtió Isabel de Castilla. Así nos va desde entonces. Menos mal que, como el primer purgatorio del que se tiene noticia, documentada y cierta, es del de San Brandán. Brandán, un santo gallego que fue a evangelizar irlandeses, concluyó que el único tormento disponible en el purgatorio que acababa de imaginar sería el de la lluvia eterna, algo que solo se le pude ocurrir a  un gallego y, desde entonces, desde tan lejana fecha, estamos acostumbrados a mantener el tipo cuando nos mean encima y afirmar, al mismo tiempo y sin inmutarnos los más mínimo, que está lloviendo. Un tormento que, por cierto, nadie nos agradece y aguantaremos. Solo Breogán, el dios de los druidas, sabrá hasta cuándo.

«El único tormento disponible en el purgatorio que acababa de imaginar sería el de la lluvia eterna, algo que solo se le puede ocurrir a un gallego»

El caso es que, quizá gracias a estas peculiaridades que aquí mínimamente se reflejan, los gallegos estamos acostumbrados a analizar con bastante solvencia, se diría que con mucha solvencia, la realidad española y menos bien la propia. Pongamos como ejemplo de esto que dice la presencia de Antón Losada en la tertulia de Las mañanas de la Cuatro o la constante de Fernando Ónega en innumerables medios. Confieso que escucho y veo con frecuencia al primero de los dos y que leo cada vez que me encuentro un artículo con su firma al segundo de los citados. Y aquí era a dónde se pretendía llegar.

Al oír a uno o al leer al otro es inevitable leer y escuchar lo que dicen quienes los acompañan en la página del periódico o en la pantalla del televisor y, al hacerlo, no se puede evitar el siempre frustrado intento de digerir lo que suelen aportar los comentaristas u opinantes a todas luces defensores de la actitud y del compromiso secesionista de los partidos que han generado ese estado de opinión, ese estado ambiente o esa conciencia colectiva que pretende explicar, defender y defender, todo lo que allí está sucediendo y nos confunde.

Cualquiera diría que la selección de este tipo de comentaristas haya sido hecha a propósito para que sus intervenciones sean las que son y no otras mejores de modo que quede tan nítidamente claro como ellos suelen dejarlo que la aventura secesionista catalana es una patochada carente del más mínimo seny exigible a una gente que se considera y proclama seria cuando es de suponer que alguna razón le asista y algún argumento los sostenga. ¿O es que la pobreza y miseria expositiva no se debe a ellos sino a la argumentación empleada con la que se pretende justificar, desde la respetable fe y el comprensible sentimiento de catalanidad, un modo de proceder absolutamente injustificable?