País sin gobierno, izquierda sin líderes

  • Que el independentismo tiene un componente etnicista, racista, es una obviedad, ayer y hoy, salvo para los interesados en hacerse los despistados
  • Cabe preguntarse cómo Pedro Sánchez, sin haber gobernado, haya logrado una desconfianza record de los electores

A dos minutos de que se inicie la descomposición total del PP, estampida incluida, la cuestión que más importa es qué llega ahora.

Pedro Sánchez, que hace un año ilusionó a los militantes socialistas con su “NoEsNo” contra Rajoy, en las últimas semanas ejerció de forofo del “SíEsSí” en compañía de Rajoy contra Rivera. Tanto que el PP le puso a su disposición la TVE durante un par de días, movilizado para intentar reflotar el viejo bipartidismo. En la otra izquierda, Iglesias, que logró apasionar a cinco millones de electores contra la casta, hoy demuestra no tener muy claro qué quiere decir cuando dice casta. El futuro de la izquierda española depende de ambos, y, de momento, las perspectivas no tienen buena pinta.

Sánchez, contra Rajoy o a su lado, sigue atascado en el “procés”. ¿Descubrió el racismo de los independentistas con Torra? Hace cuatro años, en 2014, Jurgen Habermas equiparó a los independentistas catalanes con la extrema derecha que representa Le Pen en Francia. Hace unos días, Pedro Sánchez calificó a Quim Torra como el “Le Pen de la política española”. Cuatro años tardó el líder del “NoEsNo” en dar la razón al influyente filósofo alemán, casi el tiempo necesario para lograr una licenciatura, salvo que te llames Pablo Casado.

Hace unos días, también Ada Colau identificaba a Torra como un representante del “nacionalismo más conservador y minoritario”. ¿Está segura? Cuando Oriol Junqueras escribía, en 2008, que los catalanes tienen más proximidad genética con los franceses que con los españoles, mientras estos “presentan más proximidad con los portugueses que con los catalanes”, ¿representaba al nacionalismo mayoritario? ¿Excluía de “esa raza” a los catalanes que se consideran españoles, entre ellos la inmensa mayoría de los que votan a la alcaldesa de Barcelona?

Se suele relacionar el carácter racista del recién elegido president con su admiración por los hermanos Badia, uno de ellos el Capita Collons, y por los “camisas verde” de Estat Catala, supremacistas y fascistas de libro, pero, como recordaba hace unos días La Vanguardia, en esa admiración también le acompañan los de Esquerra Republicana, incluido el jefe. Que el independentismo tiene un componente etnicista, racista, es una obviedad, ayer y hoy, salvo para los interesados en hacerse los despistados. Como en el bar de Bogart en Casablanca, “en este local se juega”, y lo sabe todo el mundo.

Se ha pretendido banalizar el racismo explícito del señor Torra como una antigualla del siglo XIX, una ideología común a todos los nacionalismos de aquella época, se dice. Olvidan que lo escandaloso es que esas “ideas” se repliquen hoy, que lo hagan quienes lideran el nacionalismo catalán del siglo XXI, que defiendan esas doctrinas desde la tribuna del Parlament. Y lo que me sigue inquietando es que la izquierda española les ría las gracias, que quite importancia a las declaraciones de independencia, que necesite a un tipo como Torra, para decir “bueno, esto, no”. ¿Lo otro, sí?

Inquieta, pero no sorprende. El complejo de las izquierdas españolas, que aún hoy califican las leyes de independencia del pasado septiembre como una simple “crisis constitucional”, viene de lejos: hay que dialogar, nación de naciones, es sólo una movilización. Ahora mismo, Iceta sigue diciendo que hay que cambiar la Constitución PARA resolver el problema independentista. El historiador Santos Juliá tiene bien documentado esta subordinación de la izquierda española a los nacionalismos soberanistas en “Transición”, de reciente publicación. Abruma tanta evidencia.

Los soberanistas vascos, catalanes, navarros o baleares, conocen esta falla de la izquierda, y la utilizan hasta la náusea, ayer y hoy. Tanto que alguien como el diputado Rufián, con un lenguaje tipo “caca-pis”, se pone las botas: España-Franco, españoles-fachas, bandera-extrema derecha, guardia civil-ocupantes (que se vayan, se vayan…), ¿hijos de guardia civil? Y, llegado el caso, una supuesta paliza a unos guardias civiles en las fiestas patronales, que nadie ignora en España qué significa, merece una manifestación en apoyo de los agresores, con los responsables institucionales nacionalistas de Navarra a la cabeza. Esta reiteración de agresiones supremacistas es la pura expresión de nacionalismos de base étnica; el otro, el de base cultural, no existe, es un camelo para incautos, como demuestra el filósofo francés F. Jullien en “La identidad cultural no existe”.

¿La izquierda española? En la inopia. El propio Juliá estudia cómo, en 1977, cuando se debatía la Ley de Amnistía, la izquierda impulsó que también se incluyera a los que habían asesinado a Javier de Ybarra días antes. Así se hizo, y salieron de la cárcel todos los que entonces se nombraban como “presos vascos”, incluidos los asesinos del último secuestrado. El agradecimiento de ETA fue un record de asesinatos, con 68 en 1978 y 80 en 1979. Como documenta Santos Juliá con abundancia, la respuesta de gran parte de la izquierda fue explicar la escalada terrorista por los graves defectos de la democracia, entonces abriéndose camino. Los terroristas siguieron matando, y fueron tratados como héroes por el mundo batasuno, que sigue hoy con los homenajes.

Cuando los nacionalistas vascos reinician estos días un nuevo proceso soberanista, en el que PNV y Bildu acuerdan volver a la vía de intentar cambiar la Constitución en un Parlamento autonómico, conviene recordar que las variantes Urkullu-Ibarretxe no se contradicen, representan dos caras de la misma moneda. Son intercambiables y, como se ve, Urkullu puede hacer de Ibarretxe cuando interese. No quieren diálogo, quieren la independencia, y le tienen cogida la medida a la izquierda española. Ahí están los socialistas vascos, de muleta del PNV para lo que les conviene, mientras estos pactan la construcción de Euskal Herría con Bildu. ¿Capacidad de diálogo o papel de pánfilos? Una trampa nacionalista que tiene premio. Mientras el euskobarómetro detecta un 28% de vascos partidarios de la secesión, los partidos independentistas consiguieron un 60% de votos en las últimas generales. No está mal.

Lo que las opciones obviamente supremacistas plantean como propuesta es “pueblo contra pueblo”; en el País Vasco, en Cataluña o en Baleares La opinión pública se ha hartado y las izquierdas españolas no son capaces de leer el nuevo marco político, que crece imparable. Los nacionalistas van a tener pocas opciones de chantaje en el futuro inmediato. Finalizan los días de gloria de Nueva Canarias. Esa va a ser la aportación del “procés” al nuevo ciclo político: una inmensa mayoría de electores ha descubierto que los soberanistas no son de fiar, que hacen trampas. Ayudan mucho también las chulerías del PNV que, por boca de su presidente Andoni Ortuzar, alardea de aprobarle los presupuestos al PP para “retrasar la llegada de Cs”.

En este contexto, el partido de Rivera y Arrimadas crece y crece, mientras la izquierda ignoró las lecciones de Shaskespeare en Julio César: “En las cosas humanas hay una marea que si se toma a tiempo conduce a la fortuna; para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas”. Lo veo como una mala noticia, porque es muy probable que en los próximos años la debilidad del centroizquierda en España, y la de los sindicatos, provoque una descompensación en políticas sociales necesarias frente a una apertura económica inevitable. Malos tiempos para la lírica socialdemócrata.

¿Y a dónde llevó al PSOE el “NoEsNo”? Pasado un año, cabe preguntarse cómo es posible que, como reitera el último CIS, Pedro Sánchez, sin haber gobernado y con un nivel insuperable de deterioro del PP en el gobierno, haya logrado una desconfianza record de los electores. Cuestión de carácter.

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