ION ANTOLÍN LLORENTE | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 18:31

El Sol se pone en Atenas el día de Nochevieja. / Ion Antolín

Con todo lo que se ha publicado sobre Grecia, quizás no sea un destino que figure entre las ternas de la gran mayoría para  dar la bienvenida al nuevo año. Con su tecnócrata gobierno recién estrenado y una crisis de galopa y corta el viento, el país que nos pintan a los de fuera invita a verlo… por televisión. Sea como fuere, la decisión estaba tomada y este año las uvas se comerían en Atenas. Al final no fueron uvas, pero rompimos unos cuantos platos. Relaja una barbaridad.

Viajar a Grecia en estas fechas puede ser complicado. Más que los horarios de los vuelos, que los hay en abundancia, uno debe tener cuidado con las huelgas que se suceden tanto en nuestro país como en el heleno. Los controladores están delante de las pantallas este año, así que los pilotos de Iberia han decidido coger el testigo. Arriba los pobres del mundo y tal, no vaya a ser que, por una casualidad muy poco española, fuésemos a pasar una Navidad sin problemas en los aeropuertos. Antes hemos visto a la selección de fútbol ganar un Mundial, que unas vacaciones sin cirio en la terminal. Una vez comprobado que el día elegido no coincide con protestas de los colectivos de trabajadores implicados en el vuelo, tanto en España como en Grecia, puede uno prepararse para sobrevolar las penínsulas más azotadas por los mercados en la zona euro, echándose en brazos de cualquiera de los dioses helenos para que las turbulencias en ruta no sean del mismo calibre que las económicas.

El caos griego es marca de la casa. El que se queje de los atascos madrileños puede darse una vuelta por Atenas. Volverá a la capital del reino añorando ese par de horas que se pasa en la A-6 todas las mañanas antes de llegar al trabajo. Por no hablar de los taxis. Regresar al hotel tras la Nochevieja se convierte en algo parecido a una subasta, donde el taxista, convertido en subastero, detiene su vehículo ante una turba en la antesala de la resaca, para ponerlo a disposición de la mejor oferta trayecto-precio. Un consejo: paren a todo taxi que se mueva, aunque no lleve la luz de libre encendida. De hecho, a cierta hora ninguno la lleva. Poniendo la mejor cara de buena persona y con el billete en la mano, es posible que en menos de una hora consiga usted llegar a la cama. Viendo el panorama, a un servidor le pareció un tiempo más que razonable. Por lo demás, si de noche todos los gatos son pardos, cuando se encienden las luces y suena la música la mayoría de países vibran de la misma manera. Gentes  de todas las generaciones y condición y los abarrotados locales daban fe de que ni la furia de los mercados puede con las ganas de fiesta que emanan del Mediterráneo. A cierta hora, a más de uno ya le daba igual pagar en euros o volver al dracma. Si las agencias de calificación se guiasen por la euforia en las celebraciones, no sería difícil hacer una estimación de los países que conservarían la triple A de forma perpetua.

Otra cuestión es que los griegos hace tiempo que perdieron la confianza en sus líderes políticos. Se nota en el gesto que da comienzo a la conversación. Por ello nadie parece asombrarse por la llegada de eso que llaman un gobierno de tecnócratas. Aviso a navegantes. Son los cantos de sirena que suenan desde el Egeo, para que comencemos a pensar en gobernar nuestra propia nave no sólo con buen rumbo, sino presentando un buen perfil al viento. Dando lustre a la navegación en forma de ejemplos de buen gobierno en todas las instituciones que retratan la vida de un país. Los griegos, al menos nuestros anfitriones, recibieron el nuevo año a oscuras, como si fuese el homenaje a un tormentoso pasado reciente, que enseguida se ve iluminado por una gran variedad de luces, quién sabe si como metáfora de tiempos mejores para el futuro. En Grecia pueden pasar de sus políticos, pero su orgullo como nación se mantiene intacto. Saben de su poder, porque aquí nació la democracia y no se han olvidado de la noche a la mañana de lo útil que era el ágora para solucionar las cosas. Las plazas se ha quedado pequeñas. Son más, y no les gusta hablar mucho de política, pero la papeleta del voto planea como la espada de Damocles sobre las cabezas de los que manejan el timón del país. Sean técnicos, políticos o ambas cosas. Mientras en España estamos felicitando el nuevo año con un ¡Feliz 2011! porque el 2012 pinta peor, en un ejercicio de nuestra tradicional tendencia al catastrofismo patrio, nuestros mediterráneos amigos miran al futuro con el optimismo que necesita toda Europa, mientras el viejo continente unido en el euro les echa la culpa de todo sin encontrar soluciones a casi nada. “Jamás pensamos que éramos tan importantes”, comentaba un nativo mientras me servía una copa de garrafón con cola. Y no lo sois, pensaba el que firma para sus castigados adentros… sólo hacía falta alguien a quién echarle la culpa.

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