Cortadores de cabezas: Los militares occidentales mutilan a los caídos por racismo no por la locura de la guerra

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En la imagen de 1944, el marino E. V. McPherson expone su souvenir: el cráneo de un soldado japonés. / Australian War Memorial (Wikipedia)

Al profesor de Antropología Social de la Universidad del Ulster, Simon Harrison, no le sorprendió nada las imágenes de varios soldados de EEUU posando con restos de un talibán que sacudieron a la opinión pública en abril. "Lo que me sorprendería es que no pasara, al menos entre una minoría de soldados", dice. Harrison ya ha visto antes como algunos militares mutilaban los cuerpos de enemigos caídos como si fueran trofeos de caza o souvenirs. Lo ha visto entre el ejército colonial británico en África, entre el Séptimo de Caballería en los territorios indios o en las selvas de Guadalcanal o Vietnam. Para él, no se trata de episodios de locura o salvajismo, sino de simple racismo

A Harrison no le va a dar tiempo a incluir este último caso en su libro War trophies in the Western military (algo así como Trofeos de guerra en los ejércitos occidentales), que publica el mes que viene. En él sostiene que una visión mítica de la caza, un retorcido interés científico y el racismo explican mejor estas prácticas sacadas casi de Apocalypse Now.

En el imaginario colectivo, la mutilación de los enemigos muertos siempre la hemos asociado con los salvajes, con los pueblos más primitivos. Los casos en los que un soldado blanco cortaba la cabeza de un cadáver de un soldado japonés, la limpiaba concienzudamente y la acababa convirtiendo en una copa los explicábamos por la locura y el estrés de la guerra.

Pero Harrison no quiere que nuestras mentes bienpensantes se reconforten con esta explicación. Se ha pasado los últimos siete años investigando para el prestigioso Economic and Social Research Council del Reino Unido la mayor parte de las guerras protagonizadas por ejércitos occidentales en los dos últimos siglos buscando historias de cuerpos mutilados, de calaveras colgando de la mochila o huesos convertidos en un collar para alguna novia.

"El origen de esta conducta no descansa en desórdenes psicológicos individuales", explica Harrison. "Sino en una historia social del racismo y en las tradiciones militares que usan metáforas de la caza para la guerra", añade. En una serie de artículos que incluye en el libro y que hemos tenido la ocasión de leer, repasa la historia militar de los ejércitos occidentales. Desde las guerras coloniales de los británicos hasta la Guerra de Afganistán, pasando por la Guerra Civil Americana o la de Vietnam.

"Creo que hay un nexo común que subyace en todas ellas y es el uso de la imaginería de la caza en la representación de las relaciones con el enemigo", opina. En uno de los capítulos, relata los casos encontrados en las campañas militares del ejército colonial británico en lo que hoy es Sudáfrica. La práctica de cortar la cabeza y quedarse con la calavera de jefes de los pueblos xhosa o zulú era, como ahora, minoritaria pero no extraña. En la mayor parte de los casos, los coleccionistas de cráneos eran oficiales.

Para Harrison, estas decapitaciones se explican, al menos en parte, porque los soldados británicos equiparan las batallas con los africanos con una cacería de animales. Pero hay aún una segunda explicación casi tan espeluznante como esta y es que en muchas ocasiones se quedaban con las calaveras en interés y avance de la ciencia.

Militares de EEUU posan junto a cadáveres del Vietcong decapitados en una imagen tomada en 1968 en la Guerra de Vietnam. / Wikipedia

La práctica de la toma de trofeos humanos evolucionó de forma paralela al avance de la ciencia victoriana. Médicos del ejército, pero también científicos aficionados, estaban muy interesados en conseguir cráneos de los negros. Eran los tiempos del nacimiento de la ciencia racial, de la frenología, de la craneología o de la visión distorsionada de la evolución. En las diferencias fisiológicas, en particular las del esqueleto y la cabeza, explicaban las distintas razas y, en último término, el mayor desarrollo de unas sobre otras.

El fenómeno de los recolectores de cabezas no sólo era británico. Así, en 1860 el médico jefe del ejército de Estados Unidos encargó el estudio Indian Crania por el que personal militar debía de conseguir todas las calaveras y otros restos de los indios que pudieran para el Museo Médico del Ejército. A comienzos del siglo XX, durante una rebelión en la colonia del África Oriental Alemana, las autoridades militares montaron un campo de prisioneros. Apenas murieran, sus calaveras debían ser enviadas al Instituto de Patología de Berlín.

La explicación, y casi exculpación de estos actos, culpando al estrés de la guerra se cae también al comprobar como la primera orden del comandante en jefe de la Flota del Pacífico para combatir estas prácticas se emitió sólo semanas después de Guadalcanal, la primera batalla terrestre entre japoneses y estadounidenses en la II Guerra Mundial . No hubo tiempo para que la locura se instalara en las cabezas de los occidentales.

"Aunque esta desviación era muy rara, se ha mantenido con un patrón predecible desde la Ilustración europea", explica Harrison. En ese patrón, por debajo de las metáforas de la caza y del interés científico hay un sustrato que no es otra cosa que el racismo.

La película Tiempos de Gloria, que relata la entrada en combate del 54º Regimiento de Infantería de Voluntarios de Massachusetts, formado por negros, en la Guerra Civil Americana no cuenta toda la historia. Acaba con un épico final en el que la mayoría de sus miembros muere intentando tomar la fortaleza sudista. Pero la realidad es que ocho meses después, supervivientes de la unidad regresaron a aquella playa. Mientras los confederados habían dado cristiana sepultura a los oficiales blancos, los soldados negros no habían sido enterrados y a la mayoría les faltaban sus cabezas.

Harrison apenas ha encontrado casos en el que un soldado blanco se quedara con algún resto de un enemigo que fuera de su misma raza. La Segunda Guerra Mundial es paradigmática. Mientras que en suelo europeo no se conocen apenas historias de mutilaciones de los muertos, en el escenario del Pacífico, donde el enemigo eran los japos, hubo miles de casos. Aunque no hay estadísticas oficiales de un episodio tan vergonzoso, Harrison estima que desde 1960 se han conocido unos 200 casos al año. Y son solo aquellos en los que los veteranos de guerra o sus hijos han hecho público su deseo de devolver sus trofeos a los familiares del soldado japonés muerto.

Una norma muy importante de la conducta en tiempos de guerra, una de las leyes y costumbres de la guerra desde la Edad Media en la cultura europea, ha sido el honor y el tratamiento respetuoso de los enemigos muertos. "En las culturas europeas, esta era una de las características que permitía distinguir entre el nosotros (la gente civilizada) del ellos (los salvajes).", explica Harrison.

Sin embargo eso sólo vale con los iguales. Para este investigador, es el racismo y no la locura lo que explica casos como el de Afganistán, los de Irak, Vietnam... Como bien demuestra en su libro, algunas tribus primitivas también cortaban cabezas como parte de un ritual, pero los avanzados y civilizados occidentales ni siquiera lo han hecho por eso.

2 Comments
  1. mauricio says

    y durante la guerra de las malvinas los ingleses hacian lo mismo con los argentinos?

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