La sanidad no es un gasto, es una inversión

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Dirigentes de CCOO y UGT, al frente de la manifestación contra los recortes del Gobierno en Sanidad y Educación, celebrada el pasado 29 de abril en Madrid. / Efe

Cuando la revista The Lancet, la más prestigiosa del mundo en el terreno de la salud, preparaba su presente edición no estaría pensando en la retirada de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes irregulares en España, ni en la introducción del repago en las medicinas. Cuando, como hacen los periódicos deportivos ante un Real Madrid Barcelona, la publicación británica dedica casi todas sus páginas a la cobertura universal, no tendría en mente la reducción del dinero dedicado a la Ley de la Dependencia o el cierre de ambulatorios. Y sin embargo, esta publicación cuestiona indirectamente todas estas medidas tomadas por el Gobierno español.

En su último número, The Lancet dedica tres investigaciones y cuatro comentarios editoriales a la cobertura sanitaria universal. Definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como ese sistema en el que todos los miembros de una sociedad pueden acceder a los servicios sanitarios sin incurrir en su ruina económica, este es un derecho que no ha sido otorgado. Como explican los autores de uno de los trabajos, encabezados por el investigador William Savedoff, del Center for Global Development, con base en Estados Unidos, el camino hacia la sanidad para todos es una constante histórica. Un proceso histórico que España está desandando.

Antes que la transición hacia la cobertura universal, hubo otras dos transiciones que revolucionaron la salud de los humanos. Primero fue la transición demográfica. Desde el siglo XVIII, la difusión de un mínimo de medidas higiénicas y la revolución de la agricultura subvirtieron un escenario en el que morían demasiados niños y los adultos no tenían una esperanza de vida superior a los 45 años. La siguiente fue la transión epidémica. Desde el siglo pasado, enfermedades que diezmaban a la población mundial como la viruela o la polio han desaparecido o han sido controladas. Ahora estaríamos en la tercera gran transición, la de la extensión real del derecho a la salud a todo el planeta.

En esa transición, las sociedades, a medida que iban avanzando, fueron dejando atrás el modelo en que el gasto sanitario era bajo y casi siempre por cuenta propia en favor de un sistema en el que la financiación del gasto subía a la par que se hacía colectiva. En este escenario, ya sea mediante impuestos o por sistemas obligatorios de seguro, los sanos pagan por los enfermos y los ricos por los pobres.

"Ningún país ha alcanzado la cobertura sanitaria universal cuando su sistema ha descansado predominantemente en el pago por cuenta propia", escriben los autores. Para ellos, ha sido el crecimiento económico y la acción de las fuerzas sociales las que han impulsado u obligado a los gobiernos a aumentar el gasto  y a diversificar los servicios sanitarios. Salvo en Estados Unidos (la excepción que confirma la regla, como dicen los investigadores), el gasto en sanidad en los países de la OCDE ha crecido al 3,8% anual de media frente al 2,1% que lo ha hecho el PIB desde 1970.

Sin embargo, como destacan Julio Frenk y David de Ferranti, de la Harvard School of Public Health, en su comentario a las investigaciones, hay que dejar de ver el dinero destinado a la sanidad como un gasto y empezar a verlo como una inversión. "La buena salud no sólo es consecuencia del desarrollo económico, sino uno de sus motores". Con individuos sanos, hay un aumento de la productividad, mejora el espíritu emprendedor, sube el rendimiento educativo y se reduce la pobreza. Según datos de la OMS, una mejora de la esperanza de vida al nacer del 10% está asociada a un crecimiento económico anual de entre el 0,3% y el 0,4%. Además, la gente sin cobertura genera costes ocultos al país producto de su menor productividad o  el sobrecoste que supone el tratamiento frente a la prevención.

Los investigadores también desmontan el mito de que los viejos son una carga para los sistemas de salud. Aunque tienden a necesitar más atención sanitaria, en realidad las personas mayores tienen hoy mejor salud que los ancianos de antes. En la práctica, el gasto sanitario está intimamente ligado a la proximidad de la muerte. Con el aumento de la esperanza de vida y los mejores tratamientos, se retrasa aquella y, por tanto, el coste agregado de la asistencia sanitaria se reduce. Para los investigadores, los culpables del aumento de la partida de sanidad son el propio crecimiento económico y la ampliación de los servicios prestados que lleva asociada.

En otro de los trabajos, realizado por miembros del Imperial College London, se pone el énfasis en la importancia de los sistemas colectivos de financiación en la expansión de la cobertura universal. Revisando buena parte de la literatura científica publicada hasta ahora, muestran como un aumento del gasto público en sanidad de un 10% por persona se traduce en un descenso de la mortalidad infantil del 7,9 por mil y de un 1,3 por mil en adultos. Sin embargo, un aumento similar de gasto en seguros privados no ha demostrado que tuviera esos efectos. Es más, los modelos de pago por cuenta propia llegan a provocar una subida de la tasa de fallecimientos. Si este sistema crece en un 10% en su gasto, conlleva de forma paralela una subida de la tasa de muerte en mujeres del 11,6 por mil.

"Las pruebas advierten contra el abandono del progreso hacia la cobertura universal en forma de reducción de la financiación colectiva de la sanidad", concluyen los autores. Una marcha atrás en este camino tendrá efectos negativos sobre la salud de las personas y, si los políticos no cambian el rumbo por razones éticas, deberían de hacerlo por interés, el suyo propio incluido.


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3 Comments
  1. Francisca says

    Elemental ,querido
    Siempre se nos dice que lo publico es caro ,si lo es, esta mal gestionado

  2. Juan says

    Creo que no hay, ni debe haber reglas o inecturcionss para tener un blog. Las personas que escribimos mal, bien, regular, pe9simo tenemos, todos, el derecho a decir cualquier cosa, siempre bajo los pare1metros del respeto que no alejan de los hijos de puta. Lo deme1s este1 permitido. Yo blogueas, tfa blogeas, nosotros blogueamos , creo que ese tendreda que ser el espedritu de la cosa.Por faltimo, no creo que el periodismo este en vedas de extincif3n, sino de transformacif3n; sin embargo, siempre este1n latentes los peligros de hacer periodismo sf3lo para satisfacer el deseo de una tribu masiva cuyo fanico intere9s es consumir cosas placenteras, laxas y, perdf3n por la palabra, medio boludas.Me gustf3 el post, saludos.

  3. SATÁN says

    ESO MISMO DICE HILLARY…MIEDO DA…¿SERÁ ESTE SU PLAN DE EXTERMINIO DE LOS CIUDADANOS QUE TANTO MOLESTAN A LAS ÉLITES?
    (HASTA AHORA HA FUNCIONADO)
    ttp://www.huffingtonpost.es/hillary-clinton/estamos-salvando-mas-vida_b_1932306.html?utm_hp_ref=spain
    Estamos salvando más vidas que nunca
    ————————————————————–
    Hillary Clinton

    Cuando tomé posesión como secretaria de Estado, pregunté a nuestros diplomáticos y expertos en desarrollo: “¿Cómo podemos mejorar?” Veía todas nuestras cualidades, entre ellas las decenas de miles de funcionarios públicos que se levantan cada día pensando en cómo defender los intereses de Estados Unidos y promover nuestros valores en el mundo. Al mismo tiempo, veía áreas en las que podíamos mejorar como socios y podíamos trabajar más para sacar el máximo partido a cada hora de esfuerzo y cada dólar. Lo veía en nuestra diplomacia, en nuestra labor de desarrollo… y en nuestro trabajo para promover la salud en todo el mundo.

    Estados Unidos llevaba decenios encabezando la lucha mundial en defensa de la salud. Durante el Gobierno de mi marido, empezamos a conseguir que los fármacos para tratar el VIH fueran más asequibles, intensificamos la lucha contra el sida en India y África y aumentamos las inversiones en investigación científica. Bajo el mandato del presidente Bush, firmamos compromisos históricos -en especial relacionados con el sida y la malaria- que salvaron millones de vidas.

    El pueblo estadounidense se enorgullece con razón de estas inversiones. Incluso durante la peor crisis económica en una generación, la Administración de Obama se ha comprometido a mantenerlas y ampliarlas. Pero sabíamos que, para que nuestro trabajo siguiera teniendo la misma repercusión, necesitábamos cambiar nuestra forma de trabajar.

    Por ejemplo, aunque nuestros organismos estaban haciendo una magnífica labor cada uno por separado, la colaboración entre ellos tenía todavía mucho que mejorar. Los equipos del PEPFAR (el Plan Presidencial de Emergencia para Aliviar el Sida) cooperaban con un país para elaborar un plan de lucha contra el VIH y el sida; luego, nuestro equipo dedicado a la malaria cooperaba aparte con ese mismo país en un plan para dicha enfermedad. Con frecuencia, no estábamos haciendo lo suficiente para coordinar nuestros esfuerzos con los de otros donantes ni con nuestros socios. Y tampoco estábamos contruyendo unas estructuras sostenibles que permitieran a los países socios, llegado el momento, administrar por su cuenta sus propias necesidades.

    ¿El resultado? Sin quererlo, estábamos poniendo un tope al número de vidas que podíamos salvar. No solo es que pudiéramos ser más eficaces y eficientes, sino que teníamos que serlo. Y debíamos pasar de la ayuda para la salud mundial a las inversiones para la salud mundial, utilizando nuestros fondos como catalizadores que pusieran en marcha un progreso autosostenible.

    Comenzamos por definir una serie de siete principios bajo la cobertura de la Global Health Initiative. Entre otras cosas, dimos más importancia a la responsabilidad del propio país, el ideal de que los esfuerzos de cada nación los dirijan, los pongan en práctica y acaben financiándolos su propio Gobierno, sus comunidades, su sociedad civil y su sector privado. Destacamos el papel de la mujer en todos nuestros programas, porque está demostrado que unas mujeres sanas generan familias y sociedades sanas. Y subrayamos la necesidad de reforzar los sistemas de salud para adquirir sostenibilidad y garantizar una mayor eficacia de la coordinación entre programas.

    Modificamos muchos de nuestros programas para que reflejaran estos principios. Hoy, cada uno de nuestros equipos sobre el terreno evalúa cómo encaja en una visión y un programa de conjunto, basándose en un plan de salud establecido por el país en el que estamos trabajando. Asimismo tomamos varias medidas prácticas para reducir los costes, como el cambio a los fármacos genéricos contra el sida, que supuso un ahorro de más de 380 millones de dólares solo en 2010.

    Además, convertimos la salud mundial en una de nuestras prioridades diplomáticas, porque la lucha contra la enfermedad necesita una autoridad política. Los donantes y los países socios deben hacer que la salud sea prioritaria en sus presupuestos. Sus políticas deben reflejar un compromiso duradero de mejorar el acceso a la atención sanitaria para todos, no solo unos cuantos privilegiados. Deben luchar contra la corrupción. Y todos estos son unos retos intrínsecamente políticos. Por eso ordené a nuestros embajadores en todo el mundo que destacaran la salud en sus conversaciones con presidentes, primeros ministros y líderes extragubernamentales.

    ¿Qué significa todo esto en la práctica?

    A través de nuestra diplomacia sanitaria mundial, hemos atraído a nuevos socios y hemos conservado a los viejos; si nosotros hemos asignado 4.000 millones de dólares al Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria desde 2009, otros donantes han asignado 7.000 millones de dólares.

    Estamos derribando los muros que antes separaban a nuestros equipos y, sobre todo, integrando los servicios sanitarios que necesitan los pacientes. Por ejemplo, estamos apoyando a un grupo de trabajadores de la sanidad en las áreas rurales de Malaui que van puerta a puerta para ofrecer diversos servicios como pruebas de sida y asesoramiento a los pacientes, evaluaciones en materia de nutrición, planificación familiar y pruebas de tuberculosis.

    Asimismo estamos viendo que cada vez más países de rentas bajas y medias invierten más en la salud de su población. A principios de este año, USAID colaboró con India y Etiopía para conseguir que 80 países se pusieran de acuerdo sobre un plan para acabar con las muertes infantiles prevenibles. Juntos, llegamos a compromisos concretos sobre cinco estrategias específicas -desde concentrar nuestra financiación en las poblaciones más afectadas hasta estimular más investigación e innovación- que acelerarán nuestros progresos con el fin de que, un día, todos los niños puedan vivir para celebrar su quinto cumpleaños.

    Y nuestra labor para promover la responsabilidad de cada país está dando fruto. Por ejemplo, PEPFAR está dejando de dedicarse a emergencias para empezar a construir sistemas de salud sostenibles. Decir que eso ha supuesto un cambio trascendental no es exagerar nada. Hace unos meses visité Suráfrica, donde acordamos una serie de medidas que colocaron a los surafricanos en primera línea de la lucha contra el sida y comprometió a ambos países a extender la prevención, la asistencia y el tratamiento a más personas. Al tomar la iniciativa, el Gobierno surafricano garantiza que su estrategia nacional será sostenible e incluso más sensible a las necesidades concretas de las diferentes comunidades. Queremos que más de nuestros países socios asuman un papel similar en cuanto estén preparados para hacerlo.

    Todo este trabajo está permitiendo obtener frutos palpables. Estamos dando, en colaboración con nuestros socios, tratamiento contra el sida a 4,5 millones de personas, un incremento de más del 160% respecto a 2008. En ese mismo periodo, el número de personas que han recibido medidas de prevención de la malaria asciende a 58 millones, un aumento del 132%. El índice de mortalidad materna en nuestros países socios ha bajado un 15% en los últimos cuatro años, y va camino de descender un total del 26% de aquí al próximo año.

    Por supuesto, llevar estos principios a la práctica no siempre ha sido fácil. En el camino ha habido obstáculos. Hemos visto más progresos en unos lugares que en otros. Pero nuestra misión sigue siendo la misma: seguir consiguiendo victorias juntos y extendiéndolas a más personas en más sitios. De modo que seguiremos colaborando con nuestros socios en la elaboración de planes para cada país que permitan obtener el mejor resultado de nuestras inversiones.

    También estamos dando más importancia al papel fundamental que desempeña la diplomacia sanitaria mundial para garantizar que se sigue avanzando. El Departamento de Estado ha creado una nueva Oficina de Diplomacia Sanitaria Mundial, dirigida por un embajador especial, que utilizará todo el peso de la diplomacia estadounidense para promover nuestros objetivos de salud en todo el mundo. Es decir, para animar a otros donantes a mantener o ampliar sus aportaciones, colaborar con los países socios mientras tratan de cumplir sus responsabilidades y coordinarse con las organizaciones internacionales de la salud, la sociedad civil, el sector privado, organizaciones confesionales y fundaciones. La oficina ayudará además a nuestros embajadores con la información y las herramientas necesarias para causar más efecto sobre el terreno, donde se lleva a cabo la auténtica labor sanitaria.

    Por último, siguiendo el consejo de la vieja máxima “Lo que se mide se hace”, estamos probando un sistema de puntuación que nos permitirá a nosotros y a nuestros socios valorar los progresos en la construcción de programas de salud sostenibles y dirigidos por cada país. Estamos fijando objetivos y comprobaremos de forma periódica qué tal lo estamos haciendo. Queremos que nuestros progresos sean transparentes y que nuestros socios nos hagan preguntas difíciles. Pueden estar seguros de que nosotros también lo haremos.

    En resumen, las inversiones de Estados Unidos en salud mundial están salvando vidas. Hacen que estemos más seguros y promueven nuestros valores. Pero es una responsabilidad compartida. Todas las naciones -tanto los países socios como los donantes- deben invertir en salud. Es una de las formas más claras de construir ese mundo más seguro y justo que todos queremos.

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