Bachar al Asad juega con fuego

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Manifestación a favor de Bachar al Asad, celebrada el pasado día 25 en Damasco. / Youssef Badawi (Efe)

Es como si todos los dictadores árabes viniesen con un manual de instrucciones debajo del brazo. Ante la contestación popular, represión policial. Ante el levantamiento social que generará el uso de la fuerza contra el pueblo, promesas de reformas. Esa debilidad del poder es la victoria del pueblo, que volverá a salir a las calles para exigir hechos y no palabras. Acto seguido, nueva represión de cualquier otro movimiento de protesta. Cuando las cámaras internacionales enfoquen en la sangre que corre por las calles, nuevas promesas tan vanas como las anteriores. Pero para entonces el miedo a morir ya se ha perdido y lo que empezó como una protesta menor con unas tímidas exigencias se convierte en un serio desafío nacional hacia la mera existencia del régimen.

El presidente sirio, Bachar al Asad, sigue a rajatabla el último capítulo de mi imaginaria guía del dictador en apuros y abocado al fracaso. Por el momento ya ha prometido reformas sociales y económicas, ha reprimido el levantamiento, ha prometido que no volvería a reprimir para, acto seguido, volver a usar la fuerza contra los manifestantes. Hoy, siguiendo al pie de la letra el manual que obedecieron tanto el presidente tunecino Zine el Abidine Ben Ali como el egipcio Hosni Mubarak para acabar justamente derrocados, ha convocado su propia marcha de apoyo en Damasco, que congrega a miles de personas -cuentan en Twitter que los colegios y universidades han sido cerrados para permitir a los alumnos acudir a la marcha a declarar su amor por el presidente- para no sentirse tan solo. Y para lanzar un mensaje: el pueblo está dividido, la gente no está en mi contra: las manifestaciones no podrán conmigo. En Egipto o en Yemen, como en Libia, los participantes de esas marchas progubernamentales terminaban a tiros (o a golpes) con los pro demócratas. Y luego dicen eso de "o yo, o el caos".

Al Jazeera informa que esta noche podría ser destituido el Gobierno sirio, otra de las normas a seguir en el último capítulo de la guía tras la promesa de un aumento de los sueldos públicos -de un 25%, inasumible para la economía local según los analistas- y la liberación de tres centenares de presos. Ocurrió en Jordania, en Túnez, en Egipto y podría ocurrir en Yemen, solo que eso no coarta a una población harta de cambios estéticos y ansiosa de cambios reales. Lo más sorprendente de esta situación es que Bachar  al Asad ha tenido tiempo de hacerlo bien. De hacerlo muy bien, de hecho, pese a que su dictadura no tiene nada que envidiar al resto de regímenes árabes. Su postura internacional siempre le generó simpatías entre una población que valora la coherencia y el apego a las causas globales, como la palestina o la iraquí, y el rais sirio cuenta con el apoyo no sólo de la minoría alauí [una secta chií, a la que pertenece su clan y las principales figuras de su régimen] sino también, según los analistas, de la clase alta suní, que se ha favorecido de sus reformas económicas. A eso se suma que ha sido el último en ser cuestionado por su población, si bien parece no haber aprendido de los errores de sus colegas árabes.

Sólo tenía que haber emprendido reformas reales. Máxime desde que, hace dos semanas, saltó la protesta. Confirmar que no mentía cuando, en enero, se jactó ante la prensa internacional de que los dirigentes en apuros eran aquellos que no conectaban con sus pueblos. Hacer en lugar de prometer, comparecer ante la televisión para explicar en persona cuáles son sus compromisos y sus plazos para cambiar una realidad muy dura para los 22 millones de sirios: una ley de emergencia desde hace 48 años que anula sus libertades públicas y da cabida a los arrestos arbitrarios, las torturas y los juicios políticos, un 22% de paro y un 14% de la población por debajo del límite de la pobreza, la peor sequía en cuatro décadas con el movimiento de población agrícola que eso conlleva y, por encima de todo, una corrupción abrumadora gracias a la liberalización económica que emprendió hace 11 años y que sólo favoreció a unos pocos, cercanos a él.

Eso, en lugar de dejarse llevar por la tendencia de moda entre los sátrapas de la zona: acusar a los militantes islámicos y a las bandas armadas -algo semejante en la controladísima Siria es casi imposible sin el conocimiento de su todopoderosa Muhabarat- de organizar las protestas como si un pueblo que vive bajo el mismo régimen policial y bajo el mando de la misma familia desde 1963 no tuviera motivo de quejas. Cuando llegó al poder, hace 11 años, tras heredar el cargo de su padre -el primer caso de una republica heredada en la región-se dijo que Bachar, el oftalmólogo formado en Londres, no deseaba el poder. Que no gustaba de la política ni disfrutaba de sus entresijos. Luego se afirmó que era rehén del círculo de poder heredado de su padre, pero que él podría cambiar las cosas. No lo hizo en esta larga década y demuestra no tener voluntad de hacerlo.

Asad el joven no lo tenía todo el contra. Es un cosmopolita y dinámico dirigente de 45 años, no como los tiranos caídos tras una media de 30 años en el poder, o el yemení Abdulla Saleh, o la dinastía bahreiní de los Al Khalifa, dos siglos al frente del reino. Podría haber pasado a la Historia como el hombre que reformó Siria y que ayudó a la democracia a instalarse en su país de origen, pero ya parece demasiado tarde. Si no cambian las cosas, si no se produce el esperado discurso donde anuncie un levantamiento del estado de emergencia como se espera y desea en Siria -y se aplica de facto y sin condiciones-, será otro dictador abocado al fracaso. Aunque se mantenga en el poder mediante la fuerza.


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2 Comments
  1. mabu says

    A mi modo de ver, Siria es muy otra cosa que Túnez o Egipto. Hace parte de Eretz Israel, como el Líbano y Jordania. Es coto privado, con el apoyo del lobby judío internacional. Debe de pulular de agentes de todo pelo, provocando cualquier cosa para hacer caer a Asad quien está apoyado por Teherán, estado apestado como Siria. Hay además sus relaciones con Hezbollah y Hamas que lo hacen odioso!

    No digo que Asad no es un dictador según los modelos occidentales, pero igual este estado de emergencia tiene su razón de ser por el peligro que corre constantemente por parte de Israel y de EE.UU que está con su plan de modelación del Gran Oriente Medio.

    Es como Libia donde también hay que razonar con mucho cuidado para no caer en el lenguaje -luego el pensamiento- «políticamente correcto»…

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