Los islamistas de Ennahda necesitarán el consenso para evitar la fractura de Túnez

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Un grupo de seguidoras del partido islamista Nahda, celebrando la victoria en las elecciones de Túnez. / Efe

No se le puede llamar, precisamente, un buen comienzo el que ha tenido el partido islamista Ennahda (Renacimiento) al celebrar sus victoria en las elecciones constituyentes de Túnez. Sus seguidores fueron abucheados en la capital tunecina cuando festejaban un triunfo que, finalmente, les ha otorgado 90 de los 217 escaños que tendrá la Asamblea Constituyente.

En otro hecho más que significativo, su sede en Sidi Bouzid, la localidad donde se inició la Revolución de los Jazmines al quemarse “a lo bonzo” el joven Mohamed Bouzizi, también ha quedado arrasada por el fuego. Una multitud de partidarios de Al Aridha Chaabia (Petición Popular) la asaltó al ser anulada en este y otros distritos esta lista electoral por la Junta  Electoral Suprema (el ISIE, en Túnez).

Aridha, con sus 19 parlamentarios, sin embargo será uno de los partidos con los que el movimiento islamista de Rachid Gannuchi tendrá que lidiar a la hora de redactar la nueva Carta Magna. También lo tendrá que hacer con los 30 parlamentarios del Congreso por la República, los 17 del Partido Demócrata Progresista y los 21 del Ettakatol, igual que los otros dos, de orientación laica y progresista.

Además, otras 23 formaciones, la mayoría también partidarias de la modernidad y el progreso, sumarán  30 parlamentarios más. La atomización política en Túnez es de tal calibre que a 15 listas electorales les ha correspondido un escaño a cada una de ellas; a otras cuatro les han correspondido dos; otro partido tiene tres; uno más, cuatro, y dos han alcanzado la cifra de cinco asientos en la Cámara constituyente.

Tal vez este radicalismo proporcional sea una de las principales lecciones de los primeros comicios libres de la mal llamada “primavera árabe”, ya que otros pueblos no árabes, como los bereberes, los persas o los kurdos, que también se han levantado contras sus respectivos tiranos, no están de acuerdo con esta denominación.

Esa es una de las razones por las que varios dirigentes progresistas, firmes partidarios de separar religión y política, defensores de las libertades individuales, ya han realizado un llamamiento para reagrupar a las fuerzas de la modernidad ante las elecciones legislativas que deben convocarse una vez que se apruebe la nueva Constitución.

Es cierto que Rachid Gannuchi se ha esforzado en repetir, hasta de forma incansable, que los valores religiosos y la democracia son compatibles, y que para su partido el modelo a seguir ya no son los Hermanos Musulmanes egipcios sino la línea reformista del AKP turco, el Partido de la Justicia y el Desarrollo.

En este sentido, se podría afirmar que, tanto en uno como en otro caso, estaríamos asistiendo a una evolución del integrismo musulmán hacia posiciones semejantes a los partidos democratacristianos europeos, de la misma forma que existe una “teología de la liberación” islámica muy similar a la “teología de la liberación” cristiana que tantas figuras de renombre revolucionario ha generado en América Latina.

Nadie sabe hasta qué punto el 41 por ciento de los votos conseguidos por Ennahda responden a circunstancias coyunturales asociadas al fin de la dictadura, a la infatigable combatividad de su militancia o a su reconocida implicación en los movimientos sociales de base. Pero, como ha afirmado la periodista tunecina Souhyr Belhasen, presidenta de la Federación Internacional de Derechos Humanos,  en Túnez hay unas líneas rojas que Ennahda no podrá rebasar.

Rachid Gannuchi tiene por delante el apasionante desafío de llevar a la práctica su islamismo democrático, un modelo deudor más de jóvenes como Lina Ben Mhenni, quien, con sus 27 años y su blog Una joven tunecina, movió las conciencias contra la dictadura, que de un Tayip Erdogán encorsetado en sus iniciativas por la cúpula militar kemalista.

Gannuchi sabe perfectamente que no puede tirar por la borda el sacrificio de los jóvenes que desencadenaron una revolución de la que su partido estuvo ausente; tampoco pude olvidar a la mitad de los electores que no se inscribieron en el censo electoral, teniendo derecho a hacerlo, o que, aun estando inscritos, prefirieron quedarse en casa en vez de ir a votar. Como tampoco puede tocar las conquistas sociales de la mujer tunecina ni olvidar esa mayoría de votos que, pese a su extrema atomización, representan a una sociedad formada en valores de tolerancia, pluralismo y modernidad.

Gannuchi y su Renacimiento necesitarán el apoyo de los demás partidos para elaborar una constitución de consenso que tenga en cuenta todos estos factores, a no ser que quiera deslizar al país por la peligrosa pendiente de la fractura social y el enfrentamiento civil. En este sentido, los incidentes ocurridos en Sidi Bouzid, cuna de la revolución que derribó a Ben Alí, debiera interpretarse como un aviso a tener en cuenta.

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