La salida siria hacia el Líbano, en peligro

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Varios niños, con armas de juguete, en Quseir. / Mónica G. Prieto

QUSEIR (SIRIA).- “Venga por aquí, venga. Queremos que haga una foto. Es una foto con mensaje”. Al Malek conduce a la periodista hacia el exterior de su amplia vivienda, en dirección a una anónima calle de la ciudad siria de Quseir agujereada por los proyectiles de mortero, donde una docena de niños se aprestan a posar con sus más preciados juguetes. Uno lleva un trozo de madera asido como un fusil de asalto, otro se ha amarrado en la espalda un trozo de tubería que recuerda vagamente a un lanzagranadas.

Cada uno de los niños está armado para su particular juego, en el que unos son revolucionarios y otros shabiha, o milicianos adeptos al régimen. Ninguno quiere entrar en la segunda categoría. “Mírelos, a esto juegan. Enseñe al mundo cómo están los niños de Siria, donde las escuelas han cerrado a causa de la violencia. Los hombres no tenemos trabajo porque todos los negocios han cerrado. La sociedad se ha militarizado, porque la gente sólo piensa en cómo vencer al régimen de Bashar Assad”.

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Los hijos y vecinos de Al Malikel rey, en árabe, el apodo que el acaudalado empresario se ha asignado a sí mismo- son un reflejo del actual estado de Siria. Hombres y niños hacen la guerra, unos con armas de madera y otros con munición real. Las consignas pacíficas permanecen, pero cada vez son más minoritarias. Y cuantos más vidas se pierden, más ansias de venganza se generan. La revolución democrática siria se ha transformado en una guerra civil sin esperanza de solución, donde los civiles armados superan ya en número a los desertores, las exacciones se conocen por parte de ambos bandos y los odios religiosos resurgen con una fuerza desconocida en un país donde el Islam radical nunca tuvo lugar.

La mezquita Al Arbaeen, afectada por los bombardeos. / Mónica G. Prieto

Quseir es un buen ejemplo de esa involución. La ciudad, antaño un importante nucleo comercial, es hoy una localidad fantasma donde rara vez se ven varones en la calle que no estén armados. Al caer la tarde, todo rastro de vida desaparece de esta localidad siria fronteriza con el Líbano que facilita la salida de los refugiados que escapan del fuego contra la provincia de Homs. Con la excepción, claro, de los combatientes del Ejército Libre de Siria (ELS) y de los uniformados y milicianos leales al dictador Bashar Assad, que suelen cambiar sus posiciones para sorprender a los insurrectos.

El ELS conoce cada centímetro de las rutas de la provincia de Homs tras seis meses con relativo control de la zona. Del día a día, se hacen cargo las unidades de vigilancia que, a bordo de motos, observan los movimientos del Ejército de Assad y previenen su encuentro. Mientras, los hombres se entrenan y preparan su nueva estrategia militar contra un Ejército que le supera con creces. Cuentan con fe, voluntad y ninguna esperanza en el futuro más que la caída de la dictadura -si fracasan en su revuelta, alegan, serán arrestados y posiblemente asesinados- pero les faltan los medios. A cambio las fuerzas de Bashar Assad cuentan con carros de combate, aviones de guerra y munición ilimitada. Y sin embargo, los primeros tienen la convicción de que ganarán su particular guerra. Las pequeñas batallas, como las que han tenido lugar en Quseir, alimentan su convicción.

En pleno centro de la ciudad, una calle que hace esquina con el mercado yace en un estado penoso. “Esto era una posición de los shabiha”, confía Mohamed, uno de los activistas que suelen grabar en vídeo los ataques del Ejército para difundirlos mediante internet. “Como ves, el ELS se ocupó de ellos”. El edificio principal presenta graves daños, y las habitaciones superiores han sido quemadas. “Lo importante es que los francotiradores que disparaban desde aquí a la gente ya no están”, se encoje de hombros Mohamed.

El centro de Quseir, destruido por los combates. / Mónica G. Prieto

Pero sí existen posiciones de tiradores expertos en, al menos, otros cinco puntos más de la ciudad, rodeando la misma. Quseir, donde antes convivían miembros de las principales comunidades religiosas sirias, es hoy una ciudad cercada –si bien sólo la zona Este está completamente controlada por el Ejército de Assad, mientras que el resto de controles ya han sido esquivados por el ELS- y casi abandonada, donde se calcula que menos de 10.000 personas han decidido permanecer.

“La mayoría ha huido de los combates”, prosigue Hussein, otro de los cámaras ciudadanos. “Tienen miedo, hay heridos entre sus familiares o no encuentran futuro”. Las pintadas tachadas, en las que aún hoy se adivinan consignas contra el régimen, dan fe de los tiempos en los que las fuerzas de Assad controlaban por completo la ciudad. También los daños en los edificios y los cráteres que se aprecian en el pavimento. Circular por Quseir es como aventurarse a subir en una atracción de feria. Los impactos de mortero en las carreteras obligan a sortear boquetes y restos de pavimento, aunque a veces resulta difícil esquivar los huecos o no atropellar los adoquines haciendo que el automóvil se ladee hacia ambos lados.

Los impactos de artillería también son visibles en mezquitas, escuelas como Omra al Qais (a unos 100 metros del Hospital Nacional, convertido en base militar), edificios privados y, especialmente, en la Plaza del Reloj, donde durante meses hubo, según los vecinos, una posición de los shabiha responsable de decenas de víctimas mortales. En un extremo de la avenida Omar bin al Khattab, donde se emplaza el simbólico reloj, se encuentra el Ayuntamiento, convertido en una base militar y donde los sacos terreros que ocultan las ventanas delatan la presencia de francotiradores. Nadie atraviesa la avenida a pie: quien debe hacerlo, lo hace en vehículos por si se abre fuego contra ellos. En el otro extremo de la avenida, la presencia de otro checkpoint  disuade a los vecinos de pasear por la zona.

Un colegio, quemado por los combates. / Mónica G. Prieto

Lo cierto es que son pocos quienes quedan en Quseir. Hace varios meses que la gran mayoría huyó al país vecino abandonando sus viviendas, coches y trabajos. “De unos 40.000 habitantes, sólo han quedado unos 10.000”, explica el doctor Abbas, miembro del Consejo Nacional, una suerte de órgano de Gobierno salido de una votación entre vecinos para suplir la ausencia del régimen en esta época de vacío político. Entre otras funciones, el consejo se encarga de reunir las ayudas económicas para pagar al personal médico y a otros empleados de la comunidad, así como repartir ayudas entre los más necesitados y los desplazados de guerra.

El doctor Abbas, así como otros responsables del municipio, explica que el éxodo comenzó con el cerco contra Homs. Al descubrir el régimen que Quseir era la ciudad fronteriza desde donde se saltaba al Líbano, intensificó la ofensiva contra ésta, llevando a huir no sólo a los desplazados y heridos sino también a todos los civiles que podían permitírselo y que temían ver su localidad de origen convertida en un segundo Homs. Sobre todo, dado que el número de ELS ascendía súbitamente al tiempo que los combatientes huían de Homs y encontraban refugio en la frontera con el Líbano.

Esas cifras explican la escasa afluencia a las manifestaciones. Se celebran dos diarias, una al mediodía y una nocturna en la que unos 200 hombres se dan cita para corear consignas contra el régimen y pedir al presidente Bashar Assad que abandone el poder. Sus voces se convierten en una para gritar “Bashar, no nos arrollidaremos” o “Sí, sí a la libertad”. Una salva de disparos responde desde la posición del Ayuntamiento, pero dado que no hay margen de tiro es una simple pataleta de los leales a Assad ante las voces de los insurrectos. Unos cuantos disparos del ELS, igualmente contra la nada, equivalen a una respuesta.

Hombres armados en la provincia de Homs. / Mónica G. Prieto

El alto el fuego que ambas partes acordaron para satisfacer las demandas de la ONU se cumple relativamente. Los bombardeos se han frenado, al menos en la provincia de Homs, y los miembros del ELS aprovechan para reorganizarse y rearmarse -si bien admiten a regañadientes estar logrando nuevo armamento- tras el fiasco militar de febrero, cuando los desertores y sus aliados civiles en Homs -tercera ciudad de Siria-, sometidos a un cerco numantino, se empeñaron en mantener sus posiciones pese a poner con ello en peligro la vida de la población civil.

“Eso no ocurrirá en Quseir”, confía Abu Omar, un responsable de la Brigada Al Farouk, que lideró a la misma durante el cerco de Baba Amr. “Ya lo intentaron: hace dos meses, los bombardeos fueron muy fuertes”, confía el doctor Qasem, uno de los médicos del hospital de campaña. “Antes, en 2011, nos llegaban a diario víctimas de francotiradores pero no caía más de un cohete al día. Todo cambió tras Homs: empezaron a caer diez por jornada”.  Los combatientes del ELS, sin embargo, insisten en haber aprendido la lección y estar preparados para repeler cualquier incursión del régimen que pretenda cerrar la vía de escape hacia el Líbano. “Es la única esperanza para los heridos y los refugiados”, explica Abu Omar. “Haremos lo imposible para mantenerla abierta”.

4 Comments
  1. Chino says

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