La batalla de Carrascal

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El periodista y escritor José María Carrascal en el Instituto Cervantes de Nueva York / Juan Manuel Benítez

NUEVA YORK.– "Yo no ceno", me contesta José María Carrascal cuando le digo que me encantaría invitarlo a cenar. "Yo no ceno", repite. Y me pregunto si es verdad, y ése es el secreto para conservarse como está, a los 82 años, o simplemente ha llegado a esa edad en la que uno ya no quiere perder el tiempo y se deja de cumplir con compromisos innecesarios.

Ha venido a los estudios de NY1 con paso veloz y un maletín lleno de libros. El último que ha publicado es "La batalla de Gibraltar", un relato bien documentado de la historia de esa piedra británica en el zapato español. Repasando sus notas de corresponsal en Naciones Unidas desde los años sesenta, Carrascal ha hecho un repaso de las victorias y las derrotas, de 1713 a la actualidad. Al final, siempre terminan ganando los ingleses. No sólo por su destreza, sino porque "los españoles hemos tenido más interés en pelearnos entre nosotros que pelearnos por nuestros intereses fuera".

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Cubierta del libro.

Días más tarde, durante la presentación del libro en el Instituto Cervantes de Nueva York, Carrascal va más allá: "Mientras España mantenga una colonia en su territorio -además, de un aliado- no puede ser considerada un estado moderno".

Carrascal no habla por hablar. A estas alturas lo ha visto todo. O casi todo. Desde la Europa de postguerra y la construcción del muro de Berlín, a la elección del primer presidente afroamericano de Estados Unidos, pasando por las audiencias del Watergate, el despacho oval del mítico Ronald Reagan y la caída del felipismo en España. Con más de medio siglo de vida dedicado al periodismo, añora la época dorada del corresponsal clásico, dueño de la información: "Ahora se enteran en tu periódico antes de que te enteres tú". 

En 1966, proveniente de Berlín, llegó a Nueva York, una metrópolis caótica y peligrosa que hoy, en muchos aspectos, vive su mejor momento. "Esta ciudad se ha convertido en la Roma de los tiempos de Augusto".

Unos años más tarde retrataría aquella sociedad estadounidense en la novela Groovy, con la que obtuvo el Premio Nadal en 1972 y el Premio Ciudad de Barcelona en 1973, y que le llevó a plantearse una vida dedicada exclusivamente a la literatura. Decidió no abandonar el periodismo. Y continuó escribiendo libros, hasta hoy. "Voy a un ritmo de uno cada dos años".

Es todo un experto en la jubilación; pero él continúa trabajando. Sigue escribiendo sus columnas en ABC, opinando de lo de aquí y de lo de allá. Ante el optimismo generado por la reelección de Barack Obama, su larga perspectiva no le permite esperar mucho de su segundo mandato. "Si nos atenemos a la experiencia histórica, más de lo mismo", dice. "Incluso puede empeorar".

Aquel presentador de telediario de medianoche que logró el reconocimiento de las masas a comienzos de los noventa gracias a su profesionalidad, su peculiar estilo y sus chillonas corbatas, no extraña la televisión. Ahora tiene tiempo para otras cosas. Entre ellas, paseos kilométricos por las calles de Nueva York con Helen, su mujer. Y presentaciones y charlas que terminan convirtiéndose en homenajes a su larga y fructífera carrera.

"Me he debido haber muerto porque todo el mundo habla bien de mí", dice en el Cervantes.

Todo lo contrario. Carrascal sigue dando guerra.

2 Comments
  1. Maíllo El Malo (el verdadero Maíllo El Malo, no el baboso de Bankia) says

    Arturo Fernández en periodista. No hay más donde rascar. Análisis banales, inglés macarrónico y corbatas ridículas, chochez… Hermida en malo, yo qué se…

  2. Josep González Ribera says

    Carrascal, aún con una experiencia internacional innegable, es de lo más carca del periodismo español. Es suficiente con echar un ojo de vez en cuando a sus columnas en ABC para darse cuenta de ello. Es por eso que no se entiende, en un medio independiente como Cuarto Poder, un artículo hagiográfico sobre dicho periodista.

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