Bersani, condenado a entenderse con Grillo o con Berlusconi

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Lucía Magi *

El líder del centroizquierda italiano, Pier Luigi Bersani, en la rueda de prensa que dio ayer en Roma. / A. di Meo (Efe)

ROMA.– Italia se despierta aturdida y sin gobierno. La victoria incierta de la coalición de izquierdas dibuja una mayoría absoluta en el Congreso. Pero una ley electoral complicada y tramposa –tanto que en la jerga política se apoda Porcellum [cerdada]– deja el Senado en el aire, estancado en un empate técnico que hace muy complicada la formación de un nuevo gobierno.

El país resulta dividido en tres: el 29,54% confía en la izquierda tradicional, liderada por el Partido Democrático, fusión en frío de excomunistas y exdemocristianos que tras años de decepciones electorales parecía haber calentado el motor. El 29,18% sigue creyendo en las sonrisas de Silvio Berlusconi: le bastó con decir que devolvería parte de los impuestos pagados en 2012 para salirse otra vez con la suya, mientras todos los observadores le daban por quemado por la falta de credibilidad internacional, por los juicios abiertos por corrupción, estafa e inducción a la prostitución de menores y porque con tres gobiernos en 20 años no realizó su promesa de un milagro liberal. Sin embargo el voto no se polariza, como solía ocurrir en los últimos 20 años, entre izquierda y derecha sino que escoge una tercera vía: el 25,55% se entrega en las manos persuasoras de un nuevo líder carismático: Beppe Grillo. Su movimiento, que aspira a hacer borrón y cuenta nueva de la política tradicional, es la fuerza más votada. El verdadero ganador de los comicios.

Y si hay un vencedor, aunque no tan fuerte como para formar solo un gobierno, hay un perdedor: Mario Monti cosechó solo el 10% en el Congreso y en muchas regiones no consiguió elegir ni siquiera a un senador. Los resultados sellan de forma inequívoca el fracaso rotundo de su proyecto de resurrección del centro político. Desde principios de los noventa cuando la investigación anticorrupción Manos Limpias borró de cuajo la Democracia Cristiana, este área fue ocupada por un par de partiditos católicos que tenían poco peso electoral pero a veces mucho juego en determinar los equilibrios entre los dos bloques. El actual primer ministro, llamado a salvar la patria del barranco fiscal en noviembre de 2011, pensó que gozaba de consenso suficiente para seguir con sus reformas y llamó a católicos, banqueros, empresarios y mundo cívico. Pero no bastó. El profesor de Economía hizo mal sus cuentas. Sus impuestos y recortes han convencido a Bruselas y  a Berlín pero no a los italianos, que cuando se ha tratado de elegir una alternativa han puesto la cruz sobre las Cinco Estrellas, símbolo de un movimiento que irrumpe en los palacios romanos con 54 senadores y 108 diputados. Un movimiento que se propone como fuerza hecha por las bases, castigadora y redentora de los males crónicos del sistema italiano: según ellos, falta de mérito en la selección de la clase política, sueldos y privilegios desproporcionados, corrupción y codicia que impiden actuar para el bien común. Una fuerza que nace para estar en la oposición y poner a todos los otros de espaldas a la pared. Ahora están en el juego. Y el final del partido depende de ellos.

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El cómico Bepe Grillo, líder de Cinco Estrellas, en el mitin de cierre de esta formación, celebrado en Roma el día 22. / M. Percossi (Efe)

Escenarios

La jornada más larga de la política italiana parió un Parlamento que probablemente no sepa expresar un Ejecutivo. La palabra pasa ahora al Presidente de la República, Giorgio Napolitano. Es él quien tiene que tantear las fuerzas del hemiciclo parlamentario y decidir a quién entregarle el mandato de formar un Gobierno. Su viaje a Alemania, estos días, podría ayudarle a reflexionar. Todo necesita la zona euro menos la parálisis de un país grande y pesado como Italia.

La Constitución prevé el caso en el cual un Gobierno pierda el apoyo en una sola de las dos Cámaras, que según la Carta tienen exactamente el mismo peso y poder en el proceso de aprobación de las leyes. Si una de las dos ramas del Parlamento no tiene mayoría, el Jefe de Estado puede disolverla y convocar elecciones solo para elegir a los miembros de aquella Cámara. Sin embargo, los analistas parecen descartar que los ciudadanos puedan volver a votar solo para el Senado. La Constitución prohíbe al jefe de Estado disolver las Cámaras y convocar elecciones en los últimos seis meses de su mandato. Giorgio Napolitano termina sus siete años en la colina del Quirinal el 15 de mayo. Pudo convocar los comicios del 24 y 25 de febrero solo porque se agotaba la legislatura. Pero ya no tiene poder sobre el nuevo Parlamento. Solo puede intentar sacar de ese caos una mayoría.

Por la misma razón queda cerrado el camino hacia inmediatas nuevas elecciones. Hasta que no tenga un nuevo Jefe de Estado, Italia no puede volver a las urnas.

Este Parlamento, partido en tres y sin guía, deberá de alguna forma encontrarse a sí mismo, crear una mayoría, aunque sea solo para elegir el Presidente de la República, votar una nueva ley electoral y navegar hasta próximos comicios que deberán ser convocados en pocos meses. Hay que preguntarse entonces qué fuerzas pueden aliarse. Entre tres tampoco hay muchas combinaciones y todas parecen poco estables.

El Partido Democrático, como parece dejar entender su líder Pierluigi Bersani, está tanteando la disposición de ánimo de los grillinos. No tanto de Beppe Grillo, que se enorgullece de estar fuera de las partes, de no meterse en el mercado de los pactos poselectorales con tal de mantener el poder. Pero esta vez se trata de hundir el país en el desgobierno, lo que esperan los mercados para atacarle, o de intentar salvar lo salvable. Grillo, además, no estará en el Parlamento. Como él mismo dice: “Soy la mente, el megáfono de este movimiento popular hecho por la gente”. No se presentó ni al Congreso ni al Senado. Solo manda un tropel de personas, la mayoría seleccionadas con votaciones a vídeos electorales en YouTube, que en el momento de votar estarán solas. Puede que Bersani logre convencer a algunos –o al grupo entero– para que le dé un apoyo externo.  Se trataría de contar con la mayoría absoluta en el Congreso y la relativa en el Senado, vinculada al voto de las Cinco Estrellas. Un delirio en un momento tan delicado para el país, con los mercados acechando y la crisis mordiendo.

Otra opción, más amarga y humillante para Bersani, sería buscar a su eterno rival: Silvio Berlusconi. Un pacto poselectoral, en el modelo de la gran coalición alemana, podría incluir hasta a Monti (garantía internacional) y pactar sobre una figura que mandar al Quirinale y una ley electoral más lineal con la que volver a las urnas. Cebada por esta incertidumbre, la fiebre de la Bolsa de Milán crece. Pero en Roma, cientos de kilómetros más al Sur, cualquier medicina parece demasiado cara.

(*) Lucía Magi es periodista
1 Comment
  1. FB says

    Magnífico artículo

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