El presidente Mursi se queda solo frente a la segunda parte de la revolución egipcia

Manifestantes egipcios muestran el símbolo de los Hermanos Musulmanes tras asaltar e incendiar su principal sede en El Cairo. / Khaled Elfiqi (Efe)

Todas las comparaciones son odiosas y en este caso en mayor medida porque la Rusia de 1917 nada tiene que ver con la actual situación de Egipto, pero como ocurrió con Kerenski y los mencheviques entre febrero y octubre de ese trascendental año, en solo unos meses Mohamed Mursi y los Hermanos Musulmanes se han quedado solos ante el impresionante impulso popular del movimiento Rebelión, al que ya se considera la segunda parte de la Revolución de la Plaza Tahrir.

Mursi, a su manera, también tuvo la oportunidad que le daba el triunfo en las elecciones presidenciales hace un año de recoger aquel espíritu revolucionario del 25 de enero de 2011, pero ha sido incapaz de aprovechar este precioso tiempo para encontrar una fórmula de Gobierno que responda a las aspiraciones mayoritarias de la población.

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Desde entonces, los sectores fundamentalmente juveniles que protagonizaron la primera fase de la revolución y que parecían haber sido neutralizados por el triunfo islamista, primero en las elecciones constitucionales y después en los comicios a la Presidencia, han ido acumulando fuerzas hasta imponerse de nuevo en la calle, ahora bajo el nombre de Rebelión, con las impresionantes concentraciones de masas del pasado domingo.

Más que el inicio de una nueva escalada en la crisis egipcia, las multitudinarias marchas del 30 de junio han supuesto la culminación de esa progresiva acumulación de fuerzas por parte de los “rebeldes” a lo largo y ancho de todo el país, a través de miles de pequeños actos y manifestaciones, hasta conseguir los 22 millones de firmas que les permiten cuestionar la legitimidad democrática del Gobierno islamista.

Mursi, empeñado en imponer unos esquemas ideológicos anclados en el pasado a una población compuesta mayoritariamente por jóvenes, solo ha conseguido situar a la Hermandad Musulmana como blanco de la ira popular. Ante la imparable fuerza de esta segunda Revolución de Tahrir, el constante deterioro de las condiciones de vida de la población y la incapacidad para resolver la profunda crisis institucional, los Hermanos Musulmanes han ido perdiendo todos los apoyos que les podían mantener en el poder, incluso el del Ejército y la Policía que, hasta ahora, los consideraban una garantía para frenar la descomposición social de Egipto.

Ni siquiera y pese a su incuestionable implantación social, sobre todo fuera de las grandes metrópolis del Delta, han podido los Hermanos Musulmanes responder, como han hecho en otras ocasiones, con contramanifestaciones más numerosas a las convocadas por los partidos de la oposición, aglutinados en el Frente de Salvación Nacional.

También resulta más que sorprendente que en numerosas ciudades las sedes de los Hermanos Musulmanes y de su marca política –el Partido de la Justicia y la Libertad- hayan sido asaltadas ante una notoria ausencia de las unidades policiales que debieran dar protección a la organización que dirige el Gobierno.

No menos significativo es el abandono del principal partido salafista –Al Nur-, que ha preferido negociar por su cuenta una salida a la crisis con la citada coalición de partidos democráticos y progresistas liderada por Hamdin Sabahi, Amer Musa y Al Baradei, contrincantes suyos en las Presidenciales, quienes, como los jóvenes de Rebelión, cuestionaron, desde el principio, la estrategia de imponer un sistema islamista con el que no está de acuerdo la mitad de la población.

Ahora, abandonado por todos y ante la amenaza de una intervención del Ejército, Mursi y su Hermandad Musulmana no tendrán más remedio que buscar el consenso con la oposición, a no ser que prefiera dirigir al país por la senda del enfrentamiento civil, como ya está ocurriendo en muchas zonas de Egipto, y, por lo tanto, hacia un inevitable golpe de Estado. Un Gobierno formado por técnicos hasta que se convoquen elecciones anticipadas parece ser la medida más razonable para ahuyentar el peligro de una guerra fraticida.

Lo que desde luego ya no podrá evitar Mursi es el desprestigio de su experimento islamista precisamente donde nació, hace casi un siglo, la organización política islámica que ha servido de modelo para los movimientos integristas de todo el mundo, un hecho que, junto con el semejante fracaso de la vía reformista intentada por Tayip Erdogán en Turquía, tendrá una indudable repercusión en el resurgimiento que el integrismo ha tenido en algunos países musulmanes al amparo de la denominada Primavera Árabe.