«La esclavitud no está bien»

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La empleada doméstica indonesia Erwiana Sulistyaningsih, a las puertas del tribunal en Hong Kong. / Efe
La empleada doméstica indonesia Erwiana Sulistyaningsih (centro), a las puertas del tribunal en Hong Kong. / Efe

La Erwiana que regresó a su Indonesia natal ocho meses después de buscar fortuna como trabajadora doméstica en Hong Kong era una sombra de la mujer que había sido. Su empleadora le había embutido en seis capas de ropa para ocultar a la vista un cuerpo que era pura piel y huesos golpeados, y le había obligado a vestir un pañal para adultos dado que la debilidad de Erwiana, de 24 años, le impedía contener su esfinter. Una grotesca capa de maquillaje, aplicado por la empleadora –de profesión esteticien-, enmascaraba las magulladuras.

Sus imágenes postrada en una cama, con marcas de golpes y quemaduras infligidas por la mujer que la contrató, dieron la vuelta al mundo y lograron impulsar un juicio que, el pasado viernes, ha condenado a su patrona Law Wan-tung a seis años de cárcel. “No mostró compasión” por una persona a la que consideraba “por debajo de ella”, ha estimado la jueza Amanda Woodcock, responsable de un fallo que constata uno de los cánceres de Hong Kong y de buena parte de Asia: el trato denigrante a las empleadas domésticas.

Se trata de uno de los dramas de los que nadie habla: el Ejército de mujeres que atienden hogares de clase media y alta a menudo demasiado jóvenes, inexpertas e ignorantes de sus derechos como para denunciar los abusos. La explotación de las trabajadoras es común: en un informe elaborado en 2013 por Amnistía Internacional se constataba la amplitud del maltrato y, en ocasiones, los abusos sexuales contra las trabajadoras indonesias tanto en Hong Kong como en su país natal.

La pena aplicada por la jueza a Law Wan-tung, de 44 años, consiste en seis años de prisión y una compensación de apenas 2.000 dólares. Ha encontrado a la esteticista culpable de 18 de los 20 cargos presentados en su contra, incluidos lesiones graves e intimidación contra Erwiana Sulistyaningsih y contra otra antigua empleada, también indonesia, por los que se exponía a un máximo de siete años de cárcel. Para Erwiana, se trata de un fallo insuficiente y del principio de un largo camino. “Estoy contenta de que vaya a prisión, pero no completamente satisfecha”, afirmaba en un comunicado. “Seis años de prisión no compensan el inconmensurable daño que me ha hecho”.

En numerosas entrevistas, Erwiana había afirmado que perdona a su maltratadora y a su familia, compuesta por dos hijos adolescentes que asistieron a los abusos y cooperaron con su madre a la hora de preparar el viaje de regreso de Erwiana a Indonesia disfrazada de ser humano saludable. “Puedo perdonarla pero debe ser castigada porque eso dará un ejemplo a otros patrones en todos los sitios para que no abusen de sus empleados. Los trabajadores domésticos son tratados realmente como esclavos", recordaba en una reciente entrevista con New York Times en la que la joven relató la pesadilla de ocho meses que vivió en Hong Kong.

Desde que llegó a Hong Kong, en mayo de 2013, sólo pudo abandonar el apartamento de su patrona dos veces: el día que intentó huir tras comprender que nunca cobraría el sueldo prometido –su pasaporte lo tenía retenido la agencia con la que viajó , que la envió de nuevo a la casa de la esteticista- y el día en que Law Wan-tung la envió al aeropuerto. Nunca vio los 500 euros mensuales pactados y sólo se le permitía dormir, en un trastero, un máximo de cuatro horas diarias. El resto del día, 20 horas seguidas, las pasaba limpiando según una estricta agenda de trabajo que incluía, además de limpieza general, abrillantar cristales y limpiar puertas, ventanas e incluso colchones cada día.

Los primeros golpes llegaron tras regresar, después del intento de marcharse: le propinó un puñetazo en la cara por quedarse dormida mientras trabajaba. La lista de abusos es perturbadora. La maltratadora golpeó en numerosas ocasiones a Erwiana en la boca hasta romperle dos dientes, echó agua hirviendo sobre su cuerpo causándole quemaduras, retorció el tubo de una aspiradora en su boca hasta producirle cortes en los labios y llegó a exponerla desnuda a bajas temperaturas, entre una larga lista de abusos. Sólo le permitía dormir cuatro horas y le daba una comida, consistente en arroz y pan, al día; también racionaba la ingesta de agua a menos de medio litro al día para evitar que fuera al baño. En cualquier caso, le animaba a orinar en bolsas y cubos para evitar “ensuciar el baño”, al que sólo se le permitía entrar dos veces por día.

“Me golpeaba en la cabeza con las perchas”, recordó Erwiana en conversación con el New York Times. "Si trataba de impedirlo, me terminaba dando en la espalda". Erwiana recordaba el hambre padecida en la casa de la mujer, que sólo le daba una porción de arroz y seis tostadas de pan al día: tanto, que un día robó comida suscitando la ira de la patrona. En otra ocasión, salió de casa a las 02.30 de la mañana para llamar a la puerta de un vecino y pedirle comida: éste se la cerró en la cara.

La jueza decidió que la joven es “demasiado inocente” para inventar su relato, en cualquier caso probado por los partes médicos que han revelado quemaduras, contusiones y enfermedades de la piel causadas por la continua exposición a sustancias abrasivas. La patrona le impedía usar guantes “porque decía que con ellos no podía limpiar bien”.

La jueza Woodcock ha pedido a las autoridades de Hong Kong e Indonesia que investiguen las condiciones de trabajo de los empleados domésticos. El presidente de Indonesia Joko Widodo, en respuesta al fallo, ha pedido a sus nacionales que dejen de emplearse en el exterior. “La práctica de las mujeres indonesias viajado al extranjero como empleadas domésticas debe cesar inmediatamente”, ha afirmado. “He pedido al Ministerio de Trabajo que elaboren una hoja de ruta para asegurarnos de que dejamos de enviar trabajadores del hogar al exterior”.

Resultará difícil dada la promesa de sueldos en el exterior que no se pueden obtener en Indonesia. Sólo en Hong Kong, unas 330.000 mujeres –principalmente indonesias y filipinas- trabajan limpiando casas y asistiendo a niños de familias locales. No tienen derecho a alquilar una vivienda, lo cual les obliga a ser internas y eso propicia abusos como los sufridos por Erwiana, sin duda un ejemplo extremo de la crueldad que pueden llegar a exhibir los empleadores.

“Declararla culpable es una cosa, pero aplicarle una sentencia tan suave es otra”, lamentó la joven tras conocer la sentencia. “Envía a otros empleadores que maltratan un mensaje erróneo. Parece que, aunque reconocemos que el maltrato de los trabajadores domésticos es malo y que la esclavitud existe en Hong Kong, el Gobierno la tolera. Es como si la gente en el Gobierno considerara que es aceptable. Y no lo es. Violar los derechos humanos no está bien. La esclavitud no está bien”.

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