Polémica en torno al oscuro negocio del ‘santuario’ budista de los tigres

Un tigre dormita en el Templo de Kanchanaburi. (Mónica G. Prieto)
Un tigre dormita en el Templo de Kanchanaburi. / Mónica G. Prieto

KANCHANABURI (TAILANDIA).– Varias veces se anunció su final este año, y varias veces se evitó su cierre in extremis. El Templo de los Tigres, nombre popular del templo budista de Wat Pa Luang Ta Bua Yansampanno, situado en la provincia de Kanchanaburi, ha vuelto a ganar el pulso a las ONG de defensa de los animales manteniendo abiertas sus puertas al turismo -al que cobra cantidades astronómicas por acceder al recinto- y exhibiendo en su interior una población de 146 tigres que, adormecidos, pasean dócilmente e incluso se prestan a hacerse fotografías con aquellos visitantes dispuestos a pagar una entrada de 50 euros.

El templo es cuestionable desde diferentes puntos de vista: por un lado, los centros religiosos budistas tienen prohibido cobrar la entrada a sus instalaciones, por otro, el de Kanchanaburi se ha convertido en un sórdido circo de tigres y otras muchas criaturas, desde pájaros hasta osos, pese a carecer de los permisos necesarios para mantener fauna en su interior.

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Cuidadores con un tigre en el Templo de Kanchanaburi. (Mónica G. Prieto)
Cuidadores con un tigre en el Templo de Kanchanaburi. / Mónica G. Prieto

Todo comenzó en los años 90, cuando los monjes adoptaron una cría de tigre y comprobaron el fervor de sus visitantes hacia el animal: hoy en día, crían tigres en cautividad y ya tienen una reserva de 146 animales y a un millar de turistas diarios, en su mayoría occidentales, deseosos de desembolsar el precio de la entrada e innumerables extras en concepto de fotografías, acceso a los cachorros e incluso jornadas completas en las que pueden alimentar o bañar a los animales, además de “donaciones” al templo. Algo por otro lado normal en Tailandia, donde existe la tendencia de sacar a los animales de la jungla para domesticarlos y satisfacer así la demanda de un turismo que parece considerar que todo es lícito fuera de sus fronteras.

En el caso del Templo de los Tigres, la majestuosidad de los animales contrasta con su aspecto drogado. Los monjes aseguran que, gracias a sus cuidados y entrenamiento, se han convertido en animales tranquilos, pero los tigres permanecen encadenados en corto permanentemente adormilados, y sus cuidadores no dudan en golpearles con manos o pies para llamarles la atención o lograr una respuesta de cara a los ansiosos turistas.

Cuidadores con un tigre en el Templo de Kanchanaburi. (Mónica G. Prieto)
Cuidadores con un tigre en el Templo de Kanchanaburi. / Mónica G. Prieto

El pasado diciembre, la denuncia de un antiguo veterinario del Templo que delató la desaparición de tres tigres que habrían sido exportados a China para ser vendidos, según su testimonio, aprovechando la alta demanda de huesos y órganos sexuales con motivo de la festividad del Año Nuevo Chino, alimentaba la polémica que rodea al Templo. Las gravísimas acusaciones completaban años de denuncias de las ONG contra los religiosos budistas por tráfico de animales, abusos, cría ilegal de tigres y explotación de animales salvajes, siempre desatendidas por autoridades que se aprovechan de la laxitud de leyes para no intervenir en el lucrativo negocio desarrollado por los monjes budistas de Wat Pa Luang.

En abril, el Departamento de Parques Nacionales, Vida Animal y Conservación de Plantas decidía actuar enviando a funcionarios para supervisar el estado de los animales y escanear sus microchips, en busca de los tigres desaparecidos, y lanzaba un ultimátum: o el Templo entregaba los tigres a las autoridades o sus instalaciones quedarían clausuradas. Los monjes, a su vez, denunciaron al responsable del Departamento a la Asamblea Legislativa por actuar movido por intereses personales, y el rifirafe político finalmente terminó en tablas: las autoridades permitieron que el lugar permanezca abierto si obtiene los permisos necesarios, si se comprometen a registrar los 146 tigres como bienes del Estado y a dotar a todos ellos de microchips y si se adhieren con las leyes que prohíben la explotación comercial de las criaturas, seguramente el punto más polémico porque es lo que alimenta las arcas del templo.

Un religioso supervisa a los turistas en contacto con los tigres. (Mónica G. Prieto)
Un religioso supervisa a los turistas en contacto con los tigres. / Mónica G. Prieto

“El templo no debe obtener beneficios comerciales de los tigres sin permiso de este departamento”, podía leerse en un comunicado del citado departamento publicado como solución a la polémica. Cobrar dinero por entrar “genera dudas sobre si se trata de un santuario o una atracción turística”. Para Green Planet, una de las ONG más activas contra el lugar, el templo es un “frente de los abusos contra los animales”. Care For The Wild por su parte publicó en 2008 un informe sobre este lugar donde acusaba a los religiosos de criar ilegalmente tigres, alimentarles con dietas mediocres y poner en riesgo las vidas de los visitantes: recomendaba la confiscación de todos los animales y su acomodación “en instalaciones adecuadas donde se les pueda cuidar debidamente”.

Los abades no se plantean, sin embargo, entregar a los animales que han dado lugar a su emporio turístico ni dejar de cobrar entradas a los visitantes. “Con esas entradas costeamos la comida, las vacunas, las medicinas, los sueldos de nuestros empleados… todo”, justificaba el abad del templo, Phra Jakkit Sanhakitteko. “No podemos dejar de cobrar”, añadía en una entrevista concedida a Al Jazeera. Interrogado sobre el beneficio que sacan los tigres del Templo, el abad respondía: “Los tigres son felices aquí”.

Un monje, atacado por uno de los tigres. (Facebook)
Un monje, atacado por uno de los tigres. / Facebook

Sus palabras contrastan con el ataque, el pasado abril, de uno de los animales contra otro responsable religioso, Phra Wisutthisannen, que recibió un zarpazo en la cara y un mordisco en un brazo que derivó en una hospitalización urgente durante la cual su vida estuvo en peligro. Cuando se recuperó, rebajó el ataque a la categoría de un arañazo, consciente del mal momento en que se había producido la agresión.

“Los tigres son siempre tigres. Son peligrosos para los humanos”, argumentaba el responsable del Departamento de Parques Naturales Adisorn Noochdumrong en el mismo reportaje antes de lamentar que el templo se haya convertido en una “granja de tigres”. Pero las autoridades no terminan de actuar para clausurar el recinto pese a que tienen instrumentos legales. La Ley de Prevención de Crueldad y de Bienestar de los Animales, aprobada en 2014 en Tailandia, ilegalizaba y castigaba con hasta dos años de prisión el maltrato animal pero no definía exactamente qué es maltrato o tortura, dejando huecos interpretativos susceptibles de ser reinterpretados a voluntad. Según las ONG, el problema radica en que las autoridades no saben qué hacer con los 146 tigres del Templo de Kanchanaburi ni tienen interés por salvaguardar su fauna.