La mala ubicación y la inseguridad de la embajada española en Kabul

Mónica Bernabé *

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Militares españolan transportan el cuerpo de uno de los policías asesinados en el atentado contra la embajada española en Kabul del pasado 12 de diciembre. / Jawad Jalali (Efe)

La embajada española en Kabul ya tuvo un inicio accidentado. Su apertura se acordó por Real Decreto el 2 de diciembre de 2005, pero quien debía ser su representante diplomático, José Turpin, llegó a Kabul el 2 de abril de ese año y no fue nombrado oficialmente embajador hasta febrero del siguiente. Durante todo ese tiempo, Turpin fue de un lado para otro como un pedigüeño.

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Primero se alojó durante cuatro meses en Camp Warehouse, una base militar de las tropas internacionales a las afueras de Kabul. Después vivió tres meses en una casa que el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) tenía en el barrio de Wazir Akbar Khan, en la capital afgana, y finalmente se trasladó al hotel Serena, de cinco estrellas, también en Kabul. Allí estuvo alojado diez meses más hasta que finalmente España abrió una embajada física en Kabul a mediados de 2006, durante el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

Turpin eligió el barrio de Shirpur para el emplazamiento de la legación diplomática. Shirpur era un barrio de nueva construcción, donde comandantes militares habían edificado mansiones fastuosas y extravagantes, tras usurpar los terrenos en 2003 y expulsar a las humildes familias afganas que vivían allí. La operación fue tan expeditiva que los afganos rebautizaron el barrio con el nombre de Shirchur, que en persa significa ‘tomar a la fuerza’. O simplemente lo llaman ‘el barrio de los señores de la guerra’.

La mayoría de esos comandantes militares eran muyahidines, la facción fundamentalista que arrasó parte de Afganistán a principio de los años noventa y después se enfrentó a los talibán cuando éstos se hicieron con el poder en el país en 1996.

El barrio era tan nuevo que las calles ni tan siquiera estaban asfaltadas y aún menos existía iluminado público. Pero tenía una ventaja: las casas ya estaban construidas y entonces era una de las zonas más seguras de Kabul. Los muyahidines fueron la facción que ayudó a las tropas estadounidenses a derrotar el régimen talibán a final de 2001 y la que, de facto, se encargó de la invasión terrestre de la capital. Era, en definitiva, la facción ganadora y la nueva alidada de la comunidad internacional, a pesar de los crímenes cometidos en el pasado. Estar a su lado equivalía a estar seguro, después de que los talibán hubieran quedado completamente debilitados.

Así que el embajador consideró que aquélla era la mejor opción, tras más de un año de peregrinaje por diferentes lugares y ante un Gobierno en Madrid que le ponía pegas hasta con el coste de los generadores eléctricos que debía comprar para la nueva legación diplomática, en una época en la que el suministro eléctrico en la capital afgana se limitaba a tres o cuatro horas al día. La embajada se emplazó en una de esas mansiones horripilantes de los señores de la guerra, y un par de casas contiguas más de características similares se destinaron a residencia del personal diplomático.

Inicialmente Turpin vivió en la embajada, pero después España también alquiló una casa de dos plantas con jardín al lado del cuartel general de la OTAN en Kabul, para que fuera la residencia oficial del embajador. Esa casa quedaría ubicada más tarde en la denominada ‘zona verde’, es decir, la área de seguridad de la capital afgana donde está prohibida la circulación de vehículos y cuyos accesos son controlados por agentes de la policía afgana. En Kabul las calles se fueron cerrando al tráfico a golpe de atentado, y zonas que eran inicialmente transitables se convirtieron después en áreas restringidas y con grandes bloques de hormigón que sirven de protección a edificios oficiales y recintos militares o diplomáticos extranjeros.

La embajada española quedó fuera de esa zona, situada en un barrio alejado del lugar donde se concentraban las legaciones diplomáticas de Estados Unidos, Canadá y de los principales países de la Unión Europea. No obstante, algunas cosas mejoraron en Shirpur.

Su calle principal se asfaltó y se iluminó con farolas, pero entonces se convirtió en una de las vías más transitadas de Kabul, donde cada día se forman largas colas de vehículos a la hora de la salida del trabajo. Y la legación española estaba allí, al lado, y encajonada en un espacio minúsculo. Las tres casas que conforman el recinto se encuentran conectadas con un patio común, y situadas a tan sólo unos diez metros del muro que las separa de la calle. Paralelamente la seguridad en Afganistán se fue degradando de forma paulatina.

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Destrozos producidos en la embajada española en Kabul tras el ataque. / Jawad Jalali (Efe)

En 2009 Turpin ya era consciente de que aquel no era el mejor lugar para la embajada. El 28 de octubre de ese año los talibán asaltaron una vivienda de las Naciones Unidas situada a tan sólo 150 metros de la legación española, y en el intercambio de disparos entre los insurgentes y la policía afgana, la embajada sufrió hasta trece impactos de bala. Algunos proyectiles incluso entraron en las viviendas del personal diplomático.

Tras el susto, la embajada intentó mejorar la seguridad como pudo, dentro de las limitaciones de espacio. Tapiaron una de las puertas de entrada y todas las ventanas de la primera planta, dejando las estancias sin luz natural. También reforzaron el perímetro levantando una segunda pared exterior, y se construyeron dos garitas de vigilancia. Asimismo el sucesor de Turpin, Juan José Rubio de Urquía, protegió su residencia en la ‘zona verde’ con altos bloques de hormigón. Sin embargo, el traslado de la legación diplomática a otro lugar no se planteó. El Gobierno de Mariano Rajoy tampoco estaba dispuesto a hacer esa inversión.

Tras el asalto a la embajada española del pasado viernes, el Gobierno ha intentado generar confusión en la opinión pública asegurando que el ataque no iba dirigido a la sede diplomática, sino a una casa de huéspedes contigua. Eso, de hecho, es irrelevante. Lo primordial es que la puerta de entrada de la embajada y parte de su muro exterior se vinieron abajo con la explosión del coche bomba que los terroristas utilizaron para cometer el ataque, y que eso les permitió entrar después en las dependencias de la legación.

Algo así nunca hubiera ocurrido en otras embajadas extranjeras en Kabul, como la de Italia, Alemania, Francia o Reino Unido, y ya ni hablar de la de Estados Unidos. Todas están en zonas restringidas al tráfico y cuentan con altos y gruesos bloques de hormigón en el exterior, resistentes a una gran explosión −como ha quedado demostrado en diversos atentados− y que hacen imposible ver desde fuera el edificio de la embajada. En cambio, las casas de la legación española eran perfectamente visibles desde la calle y asimismo se podía apreciar la escasa distancia que las separaba del exterior.

Rajoy convocó el sábado una reunión de urgencia del Pacto Antiyihadista en la que informó a los partidos de la oposición sobre las medidas de seguridad de la embajada española en Kabul. En el encuentro, los partidos se quedaron satisfechos con las explicaciones del presidente, sin tener ni idea del contexto, y aún menos de cómo son los recintos de las embajadas de los otros países occidentales con presencia diplomática en Kabul.

(*) Mónica Bernabé es periodista y ha permaneeido durante 8 años en Kabul.