BEATRIZ RÍOS | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 17:14

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La Cruz Roja habilitó una suerte de campamento en unas naves cercanas al aeropuerto para alojar a los pasajeros atrapados. / Teresa

BRUSELAS.– Miles de personas quedaron atrapadas en el Aeropuerto Internacional de Zaventem el pasado martes 22 de marzo, cuando tres terroristas hicieron explotar dos bombas en el hall de facturación. Aunque agradecen a la fortuna, el destino o un dios no haber estado al otro lado del aeropuerto, muchas de ellas vivieron las horas posteriores al ataque con miedo y no han podido volver a casa hasta 48 horas después del atentado. cuartopoder.es ha hablado con algunas de ellas.

Ocho de la mañana en Bruselas. A pesar de la llegada de la primavera, la capital amanece, como casi siempre, gris y fría. Julia y su novio ultiman su equipaje en el hotel Sheraton Brussels Airport de Bruselas, frente al aeropuerto. Hoy vuelan de vuelta a Nueva York y deben realizar el check in en el mostrador de Brussels Airlines. Se apresuran. Llegan tarde.

Cuando se disponen a salir, oyen una fuerte explosión y un temblor sacude el edificio. Se asoman a la ventana y ven la cristalera del hall de salidas del Aeropuerto de Bruselas completamente destrozada. Los cristales han reventado y toda la entrada está llena de escombros. Poco a poco, decenas de personas escapan del lugar, muchas de ellas, evidentemente heridas. Nadie entiende que está pasando y tardarán varias horas en averiguarlo. Tres hombres han entrado en el aeropuerto y han hecho estallar varios explosivos muy cerca del mostrador de Brussels Airlines. Es posible que esos 5 minutos de retraso hayan permitido a Julia y a su novio salvar la vida.

La Policía pide entonces a los huéspedes que desalojen el hotel y lo rastrean palmo a palmo para asegurarse de que no hay más explosivos o material relacionado con el atentado. Tras hacerlo, Julia y su novio vuelven al hotel y a pesar de las indicaciones de la policía, recogen sus cosas y se marchan a pie. Piden un coche y tratan de dirigirse a casa de unos familiares en Bruselas. Están en shock y no saben cuándo podrán volver.

Al otro lado del aeropuerto

Una enorme zona de controles, recientemente renovada, y varios cientos de metros cuadrados atestados de restaurantes, cafeterías y tiendas separan los mostradores de facturación del área de las puertas de embarque. Precisamente en la zona de tránsito se encuentra Teresa. Teresa es española y estaba de vacaciones en Delhi. Un cambio en las conexiones la ha llevado a Bruselas, camino de Madrid. Desde ese ala del aeropuerto no se escucha absolutamente nada, de modo que Teresa no tiene constancia de la explosión hasta que un grupo de personas se apresura hacia la zona en la que se encuentra con su marido. La información es escasa e imprecisa. Se ha escuchado una detonación en los mostradores de facturación y hay mucho humo. Los trabajadores del aeropuerto parecen nerviosos y algunos incluso, lloran, según relata Teresa. Sin embargo nadie parece saber a ciencia cierta qué pasa.

Por un lado, el personal aeroportuario les indica que deben evacuar. Por otro, la megafonía, que se queden dónde están. Finalmente, son conducidos hasta la puerta A30 donde salen ordenadamente a la pista. Varios centenares de personas caminan durante unos 20 o 30 minutos junto a los aviones y son conducidos en autobuses a un hangar en el que permanecerán las siguientes 6 o 7 horas.

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Durante 6 o 7 horas, los viajeros esperaron en un hangar del aeropuerto sin apenas información tras los atentados. / Teresa

John es colombiano, volaba de vuelta a Bilbao, donde reside actualmente y también sufrió un cambio en sus escalas. El destino quiso que estuviera aquel día en Bruselas. Recuerda ver entrar y salir bomberos, ambulancias, policía e incluso al ejército desde el hangar. Algunos viajeros, asustados, no podían contener las lágrimas. Aunque desconocían con precisión, como todos, lo sucedido, ya sabían que el aeropuerto había sido atacado. “Nunca llegas a imaginarte que te pueda pasar esto,” confiesa.

Alrededor de las 5 de la tarde son trasladados en autobuses, escoltados por la policía, a una zona de naves en la que la Cruz Roja ha habilitado un centro de acogida, a unos 30 minutos del aeropuerto. Centenares de camillas se extienden a lo largo de un espacio diáfano y frío. A la entrada, los pasajeros son identificados para permitir más tarde la reubicación por parte de las compañías. La organización reparte mantas y ofrece una cena escasa y fría. Facilitan también teléfonos para aquellos que no tengan modo de comunicarse con sus familiares y neceseres básicos para el aseo. La mayoría de los pasajeros no lleva consigo el equipaje que ha quedado facturado o en el avión. Algunos pocos afortunados conservan su maleta de mano. Quienes fueron desalojados de los aviones solo llevan su pasaporte. No saben cuánto tiempo pasarán allí ni por qué los retienen. Solo que las aerolíneas se harán cargo de ellos en algún momento.

Al día siguiente, por la mañana, el bloqueo se levanta y los pasajeros son libres de marcharse. La organización, sin embargo, les recomienda que se queden y las compañías empiezan lentamente a contactar a sus pasajeros. En un principio, la mayoría se niegan a pagar el viaje a sus clientes a los aeropuertos cercanos desde los que se están operando vuelos y además solo los reubican en aviones de la misma aerolínea. Alrededor de dos mil personas llevan más de 24 horas esperando una solución que no llega.

Algunos pasajeros, desesperados, comienzan a llamar taxis y pedir coches para buscar por sus propios medios la forma de volver a casa o llegar a sus destinos. Otros, como Teresa, esperan pacientemente una solución de la compañía que llegará pasada la media tarde. Un coche a París y un vuelo por la mañana. Para John, un autobús a Frakfurt y un vuelo a Bilbao por la mañana. John está triste por los que murieron, “es impactante pensar que has estado donde pasó todo”, pero tranquilo y feliz de estar de vuelta en casa.

Lo mejor de la experiencia, la solidaridad entre los viajeros, el apoyo en que se han convertido los unos para los otros en una difícil situación. Lo peor, las condiciones de alojamiento “a pesar de la buena voluntad de los trabajadores” y falta de información que fue extrema. Además, varias personas denuncia la dejadez de la Embajada Española en Bélgica que se desentendía de la situación e insistía en que los únicos responsables eran las compañías.

Un ángel caído del cielo

María Luisa es española aunque vive con su novio Dennis en Hamburgo. Ellos volvían a España a pasar la Semana Santa con la familia de ella. Hace un año que no se ven. La joven describe el caos que se vivió en el aeropuerto tras el ataque con detalle: la tensión de los trabajadores asustados, las informaciones contradictorias, la fuerte presencia policial, las ambulancias que entran y salen y también la total falta de información sobre lo sucedido. Todo esto, sumado a la sensación de inseguridad y al estrés, provoca en María Luisa una fuerte ansiedad y rompe a llorar desconsolada al llegar a la nave habilitada por la Cruz Roja.

Es allí donde ella y su novio conocen a George, un afable belga que se ha acercado a la zona a ofrecer ayuda, comida o alojamiento a los pasajeros que lo deseen. A pesar de que aún está asustada, María Luisa opta por ir a casa de George y su mujer An a pasar la noche. La pareja se abraza llorando aliviada en el coche. “Para nosotros fue como un ángel caído del cielo”, relata.

A la mañana siguiente, María Luisa y Dennis toman un tren de vuelta a Hamburgo. Solo quieren llegar a casa y descansar. Eso sí, no olvidarán jamás a George y An. “De repente estábamos en una casa con una entrañable familia a la que volveremos a visitar”, relata agradecida, “siempre estarán en mi corazón”.

A estas horas, aún unos pocos pasajeros esperan ser reubicados. La mayoría, que esquivaron el atentado en la terminal de salidas del Aeropuerto de Zaventem, han vuelto por fin a casa.

(*) Beatriz Ríos es periodista.

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