CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 16/5/2017 00:49

CUARTOPODER

[Mónica G. Prieto (Badajoz, 1974), colaboradora de cuartopoder.es entre otros medios, y Javier Espinosa (Málaga, 1964), corresponsal de El Mundo en Asia,  acaban de publicar Siria, el país de las almas rotas (Editoral Debate), un vibrante relato que desenmaraña las complejas dinámicas subyacentes en el conflicto sirio. Por cortesía de la editorial publicamos el prólogo de la obra]

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Antioquía (Turquía), enero de 2014

Cubierta-libro-Prieto-Espinosa
Portada del libro de Mónica García Prieto y Javier Espinosa. / Debate

Su imagen respondía fielmente a la descripción que había recibido y que podía resumirse en dos sencillas, casi pueriles, palabras: «da miedo» . Su rostro anguloso, ensombrecido por pequeños ojos hundidos, quedaba enmarcado por una profusa melena de pelo negro grasiento y recogido en una coleta; su constitución musculosa resultaba amplificada por una indumentaria estrictamente negra que respondía exactamente al prototi­po de combatiente islamista radical al que nos tenían acostumbrados los grupos próximos a Al Qaeda en Siria. Musab vestía como miraba y como se comportaba: de forma agresiva, bravucona, cruel y descreída. Personificando una hombría mal entendida, una completa ausencia de escrú­pulos y su larga experiencia —casi una década— torturando y asesinan­do a sueldo del Estado Islámico, primero en Irak y luego en Siria.

Hollywood no habría encontrado un físico mejor para representar a la demonizada organización, pero la última sensación que provocó nuestro encuentro fue temor. Agotada tras meses de infructuosas gestiones con todo tipo de bienintencionados activistas, líderes de milicias, señores de la guerra, jeques del Golfo, ideólogos salafistas, buscarre­compensas, políticos deseosos de hacerse la foto y dudosos espontáneos en busca de un papel estrella en la tragedia, Musab representaba la mejor opción para obtener resultados. No estaba dispuesta (*) a arruinar el encuentro y, además, podía detectar el remoto tufo que despedía su puesta en escena. Pretendía ser mucho más de lo que creía ser, especial­mente lejos del feudo psicópata donde se sentía seguro. Y creía tenerlo fácil con una mujer debilitada por un secuestro como audiencia: el fiero yihadista frente a una llorosa madre de familia que también sabía cuál era el papel que le correspondía en aquel absurdo drama.

Desde el inicio de la reunión —a la que había accedido a rega­ñadientes, tras dos días de ruegos, en lo que parecía otro gesto tea­tral—, su gesto era altivo, casi de fastidio. Transmitía indiferencia y rencor, pero también curiosidad.

— ¿Por qué vas velada? ¿Te has convertido al islam? —preguntó cuando tomé asiento, ataviada con hiyab y abaya, en la cafetería de Antioquía donde se celebraba el encuentro, a pocos kilómetros de la frontera siria.

— Por respeto —respondí empleando una estudiada fórmula que me había funcionado en innumerables ocasiones en el pasado—. Re­sido desde hace más de diez años en países musulmanes y agradezco ser vuestra invitada.

— Ajá —asintió—. Javier también es nuestro invitado, como sabes.

Fina ironía de un hombre acostumbrado a hacer daño.

— Claro, pero mantenerle como huésped de forma indefinida os va a salir caro. Y sus hijos preguntan por él —decidí apostar por uno de los escasos puntos fuertes de nuestra situación de debilidad—. Lo hacen en árabe, porque, como sabréis, han nacido en Oriente Próxi­mo y lo hablan tan bien como tú. La pequeña se llama Nur [«Luz»], y Nur llora cada día por su padre. Por eso quiero saber cómo deseáis resolver esta situación.

Su mueca rayó el desprecio .

— Hablas como si creyeses que sigue vivo. ¿Qué te hace pensar­lo? —insinuó con sonrisa burlona.

— Que no perderías el tiempo con una viuda. Estoy segura de que eres un hombre muy ocupado.

Musab arqueó la espalda columpiando la silla hacia atrás, antes de encender un cigarrillo que me rompió los esquemas. Llegué a dudar de la autenticidad del personaje, dado que el tabaco es un hábito que puede costar caro en su estado islámico. Conocí demasiados casos de amputación de dedos, desde Chechenia hasta Irak, por haber osado encender un pitillo, pero, obviamente, esa era una regla que no se aplicaba a los dirigentes del Dawla, como me esforzaba en llamarlo ante su presencia, sobre todo cuando estaban fuera de sus fronteras. Y decidí arriesgarme a pedirle una deferencia que en aquellos mo­mentos de tensión se antojaba perentoria.

— ¿Puedo fumar?

Tras unos segundos, asintió.

Pausadamente, saqué un pitillo y lo encendí con su propio en­cendedor; tras inhalar una bocanada de humo, ordené mentalmente las preguntas que necesitaba hacer y las que me convenía hacer para ganarme su confianza y confirmar que era la persona que decía ser.

Sin duda, se trataba de la entrevista menos profesional y más complicada que hubiera mantenido jamás. Por primera vez no podía, no debía ser objetiva, porque la historia sobre la que versaba aquella primera conversación era el destino de mi pareja, y por tanto de mi propia vida. Debía calcular mi exposición emocional y, al mismo tiempo, exprimir al máximo la simpatía que podía generar en un su­jeto con el que no se podía tener nada en común. Contaba con mi mejor virtud profesional: una capacidad para empatizar con cualquie­ra que me había permitido mantener conversaciones —no meras entrevistas— con criminales de guerra, extremistas religiosos, mode­los de alta costura o miembros de la realeza, con víctimas y con ver­dugos, sin juicios de valor ni reproches. En este caso, generar cualquier tipo de simpatía hacia el tipo que, desde sus impenetrables ojos oscuros, personificaba la fuente de mis problemas era una posibilidad que mi organismo rechazaba. Negociar con el mal requiere un estó­mago del que creía carecer. Decidí apostar por terreno seguro.

— Me han dicho que eres iraquí. Conozco bien Irak, he estado una decena de veces a lo largo de los últimos diez años —aduje en un intento de romper el hielo .

— ¿Dónde has estado exactamente? —preguntó con un deje indiferente.

— Bagdad, Faluya, Samarra, Tikrit, Ramadi, Mosul . . . —enumeré evitando cuidadosamente cualquier mención a localidades chiíes o kurdas .

Levantó la mirada con cierto asombro y asintió satisfecho .

— ¿En  qué  fechas? — preguntó .

—Mi primera visita  fue  antes  de  la  invasión  estadounidense, en 2002 . Pasé toda la invasión en Bagdad. El último viaje fue en 2010 .

— No has ido en fechas buenas —adujo .

— No es un buen destino turístico, si te refieres a eso —respondí.

— ¿Conservas amigos?

— Sí, claro, aunque pocos siguen allí tras haber sido secuestrados y torturados en las prisiones —esgrimí.

El juego sectario que tan bien conocía comenzaba a funcionar. Hablaba a Musab en el lenguaje que deseaba oír, lanzándole una in­vitación tácita a que contara su historia.

— Yo también pasé por eso —dijo, fijando su mirada en la colilla que se disponía a apagar aplastándola concienzudamente contra el cenicero—. Allí te torturaban, ¿lo sabes? Terriblemente. El objetivo era convertirnos en animales. En ese sentido, tienes suerte de que tu marido esté con nosotros —dijo endureciendo de nuevo su mirada y recurriendo al sarcasmo de un mentiroso profesional.

Mientras desgranaba su historial de dolor —la muerte de familiares en bombardeos, estancias en prisiones norteamericanas, iraquíes y sirias donde fue sometido a violaciones con botellas, descargas eléctricas en los genitales, privación del sueño y falsos ahogamientos que justificaban, a sus ojos, el que se hubiera transformado en un monstruo—, me sor­prendí tomando notas mentales. Cuando abordó su militancia en el Estado Islámico de Irak, donde ascendió hasta convertirse en emir de dos sectores de Bagdad en los peores años de la guerra civil que emponzoñó Oriente Próximo, mi cerebro ató cabos. Musab era el responsable del Estado Islámico de Irak (iSi) en Ghazaliya en 2006, lo que lo con­vertía en el responsable del secuestro de Jalil, nuestro querido conduc­tor, el hombre que tantas veces nos salvó la vida con pericia, sangre fría y sentido común,y la fiel sombra que nunca se separaba de nuestro lado, ni en los peores momentos del conflicto, movido por sus sólidos prin­cipios y por la necesidad que, a su juicio, tenía Irak de preservar a los contados e inconscientes periodistas que, como nosotros, seguíamos acudiendo tozudamente a levantar acta de una sangría.

En aquel verano de 2006, Jalil se había empeñado en tomar foto­grafías con su móvil de bombas ocultas entre cadáveres abandonados, una de las depuradas técnicas del iSi para provocar muertos entre los misericordiosos voluntarios que aún osaban pisar las calles para retirar los cuerpos y minimizar así las infecciones. Lo siguiente que supimos fue que había sido secuestrado por los mismos que sembraban su ba­rrio de despojos trampa. Torturado y vejado durante semanas en una mezquita, solo fue liberado mediante el pago de una enorme cantidad de dinero; recibido el rescate, el Estado Islámico se negó a cumplir su parte del trato, pero entró en razón tras amenazar la tribu de nuestro amigo con levantarse en armas contra los extremistas. Ojo por ojo, diente por diente. El único lenguaje que entiende el Estado Islámico.

Jalil es un suní orgulloso, un iraquí patriótico y ferviente musul­mán que cree en la democracia y en la tolerancia. Durante los prime­ros años de la invasión recorrimos juntos el Irak chií y suní, me hice pasar por su esposa kurda, visitamos mezquitas, nos protegimos de las balas en enfrentamientos contra los soldados extranjeros y comparti­mos con todos los bandos charlas, té y cigarrillos. Comprendíamos la insurgencia contra los ocupantes y compartíamos la frustración gene­rada por el enfrentamiento entre sectas del islam, hasta que la nueva realidad del odio religioso lo atrincheró en la suya.

Era uno de tantos amigos árabes cuya terrible experiencia repre­sentaba el pavoroso drama en el que se había sumido Oriente Próxi­mo, pero solo a medida que oía a Musab comprendí que el destino nos había reservado, irónicamente, el mismo papel que a las personas a las que dábamos voz. Nos había convertido en otra víctima más de la locura local, nos había hermanado dejándonos a merced de los mismos criminales —aquellos que invadieron Irak abriendo la espita del odio sectario o aquellos monstruos surgidos al calor de la ocupa­ción extranjera— que habían arruinado una región entera del mundo, condenando a generaciones a vivir en dictadura o en guerra. Y, como periodistas, ambos habíamos asistido en primera persona al proceso de descomposición que hizo de Oriente Próximo un infierno irre­conocible y que alumbró una de las más despiadadas organizaciones de la historia reciente. No hacía falta que Musab me lo contase por­que yo misma había sido testigo de la gestación del iSi, pero en un atisbo de lucidez me sacudí aquella indescriptible sensación de fami­liaridad . Él, como todos los que acceden a ser entrevistados, quería ser escuchado. Pretendía ser una víctima de sus circunstancias. Necesita­ba una audiencia a la que contarle que él era diferente.

Musab disertaba ahora sobre su prestigio en el iSi, como experi­mentado emir en Irak. Aseguraba que Al Baghdadi le había ofrecido el control del norte de Siria, incidiendo así en su caché entre los líde­res del Estado Islámico. Aproveché una de sus pausas para intervenir .

— ¿Tú podrías acompañarme a negociar su liberación? —pregunté .

— ¿A Raqqa? —preguntó antes de reprimir una carcajada—. Yo te puedo garantizar que llegarás, pero no que puedas volver —añadió .

— Entonces necesito que seas tú quien lleve mi mensaje.

Un nuevo y pesado silencio flotó entre ambos antes de extin­guirse con uno de sus exabruptos .

— ¿Qué quieres que haga con el cadáver si ya está muerto? —pre­guntó. Sabía que era un órdago.

—Muerto no os sirve de nada. Lo único que quiero es saber cómo resolver esta situación.

Tensó la cuerda un poco más.

— ¿Y si muere? Ya sabes lo peligrosa que es la guerra. ¿Qué quie­res que haga con su cuerpo?

— En ese caso, querré fotos que confirmen que ya no vive. Podéis enterrar su cuerpo donde queráis. Ese día, habréis matado a toda la familia con él.

Mantuvo su mirada fija en la mía por espacio de unos segundos.

— Inshallah (si dios quiere) no llegaremos a ese caso. Veré lo que puedo hacer por ti — se despidió.

El amable torturador de Jalil, el hombre que podía llevarme a la li­beración de mi marido, se levantó bruscamente de su silla con la vio­lenta autoridad de quien se cree impune. Mientras le observaba mar­charse, pensé que aquel hombre no se movía por principios políticos o religiosos: era un vulgar psicópata, un criminal venido a más que había encontrado el contexto perfecto para prosperar y enmascarar sus fe­chorías gracias a la cobertura que le proporcionaba el Estado Islámico de Irak y Levante, el cáncer que venía devorando silenciosamente Oriente Próximo desde que una jugada política en Washington libe­rase las células infectadas sobre un organismo enfermo.

(*) Si bien este libro está escrito a cuatro manos y se basa en las experiencias de los autores, no siempre coincidimos juntos en las historias que se relatan. Por eso variamos entre la primera persona del plural y la del singular . (N. de los AA.)

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