Mali celebra elecciones convertida en un foco de inestabilidad para el norte de África

  • En 2013, la operación militar francesa 'Barkhane' intervino en Mali. Los grupos terroristas islámicos han perdido ciudades, pero campan en las zonas rurales
  • “La gente tiene miedo de salir a votar, y aunque quisieran, en muchas zonas no se va a poder” relata la coordinadora de proyectos en el Sahel de MSF, María Carmen Viñoles

En 2013, la operación militar francesa ‘Barkhane’ intervino –a petición del Gobierno local– en un Mali al borde del desastre, con la amenaza separatista tuareg reconvertida al yihadismo que llegó a controlar gran parte del norte del país. Cinco años después, los grupos terroristas islámicos han perdido ciudades como Tombuctú o Gao, pero en las zonas rurales campan impunemente, sus atentados continúan desangrando la operación de mantenimiento de la paz de la ONU, ha aumentado la violencia interétnica, la población abandonada por el Gobierno se organiza en milicias rurales y las mafias de tráfico de drogas, armas y personas encuentran en la inestabilidad del país el mejor campo de cultivo para sus negocios ilegales.

En este escenario se celebran este domingo las elecciones a la Presidencia del país, que enfrentan al actual presidente Ibrahim Boubacar Keita contra otros 24 candidatos poco conocidos y muy divididos. El resultado es muy previsible: en medio de la inseguridad rampante en el país, que imposibilita una campaña efectiva, Keita será reelegido, pero con una bajísima participación, que se estima en menos del 20% según el último Afrobarometer.

A la falta de confianza de los malienses en el sistema democrático se añade el miedo de los votantes a los previsibles atentados durante el proceso electoral (grupos radicales afines a Al Qaida en la zona ya han llamado a boicotear las elecciones) y la imposibilidad de reparto de las tarjetas de votación en las zonas rurales del norte. “La gente tiene miedo de salir a votar, y aunque quisieran, en muchas zonas no se va a poder” relata a cuartopoder.es la coordinadora de proyectos en el Sahel de Médicos Sin Fronteras María Carmen Viñoles. Viñoles dirige los proyectos de esta organización humanitaria en cuatro países: Mali, Niger, Nigeria y Guinea Bissau. “Los conflictos en el Sahel son siempre regionales”, apunta.

Pese a la presencia de hasta cinco fuerzas militares sobre el terreno (la operación francesa Barkhane, la cooperación regional G5, el Ejército maliense, la operación de la ONU MINUSMA y la operación EUTM Mali de la Unión Europea, con contingente español), Mali se ha convertido en un foco de inestabilidad para la región del Sahel y, con ella, del propio norte de África.

En 2015 se firmó el Acuerdo de Argel para la Paz y Reconciliación entre las facciones que protagonizaron el conflicto en 2012, los rebeldes nacionalistas tuaregs y el Gobierno, pero no se está implementando, y en la práctica parece estancado y no ha logrado poner fin a la creciente inestabilidad en el país, afirma por su parte la analista del Centro Africano para Estudios Estratégicos, Dorina Bekoe.

Aunque las fuerzas malienses recuperaron en 2013 las ciudades tomadas por los grupos radicales, que llegaron a establecer su propio ‘califato’ con capital en Tombuctú, el Gobierno no ha logrado hacer efectivo el control sobre el territorio. “Si te vas a más de 50 kilómetros de estas ciudades el Gobierno no controla nada”, afirma la experta de MSF.

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En el último año, los atentados han aumentado su número de víctimas, especialmente en el centro del país, con hasta 900 muertos en el último año. Si bien las fuerzas de seguridad extranjeras son el principal objetivo de estos grupos radicales islamistas (la MINUSMA es la operación de la ONU con más víctimas del terrorismo), los civiles también sufren de esta inseguridad generalizada.

“Estos atentados se llevan a cabo en lugares donde hay una presencia estatal muy limitada, con algunas áreas en el centro en las que no hay ninguna. Hay una falta de servicios comunitarios básicos y una creciente inseguridad causada por los extremistas, los grupos armados y el crimen organizado, así como las operaciones antiterroristas que no respetan los estándares internacionales de Derechos Humanos”, señala un experto asociado a la ONU en Mali, Alioune Tine.

A la amenaza terrorista, más diversificada, y a los grupos criminales, se añade un nuevo elemento que desequilibria aún más el complicado balance de uno de los países claves en las rutas del tráfico de personas desde África Subsahariana a Europa: en el último año, al menos 289 civiles han sido asesinados víctimas de la violencia interétnica, según datos recopilados por la ONU.

Ante la ausencia del Estado en muchas zonas del país, algunas comunidades deben elegir entre colaborar con los islamistas o las milicias. En algunas áreas, pueblos enteros de la etnia fulani (o peuls, ganaderos) han sido masacrados por milicias de etnias rivales como dogon o bambara bajo la acusación de haber colaborado con grupos islamistas. El número de ejecuciones extrajudiciales por parte de las fuerzas de seguridad malienses también está creciendo, según ha llegado a admitir el propio gobierno local. En consecuencia, ha aumentado el poder de reclutamiento de los grupos islamistas entre los jóvenes fulani, mientras que otros pueblos de esta etnia optan por organizarse en sus propias milicias contra pueblos dogon y bambaras.

“Los diferentes actores en el conflicto están instrumentalizando a la población”, advierte Viñoles, una opinión compartida por Tine: “Los extremistas aprovechan la ausencia del Estado para explotar a las comunidades y enfrentarse unas con otras”.

“La gente de Mali, dependiendo de qué etnia y qué zona, no siente que las fuerzas de seguridad de Mali estén protegiéndoles”, continúa Viñoles. Tampoco les protege la MINUSMA ni Barkhane. “Barkhane es considerada como una fuerza de ocupación extranjera”.

En un país de dos veces el tamaño de Francia, con las fronteras muy porosas, y en una posición clave como país de tránsito de las redes de tráfico de drogas, personas y armas el negocio florece. “Esta situación de inestabilidad contribuye a las mafias de tráfico de personas: hay muchas rutas que se han diversificado, y muchos intentan ahora entrar por Mali. Pero no sólo es eso, también es narcotráfico y armas. En un entorno en el que hay menos control del Gobierno esta es una realidad”, admite Viñoles. Estas elecciones pueden ayudar en el proceso de estabilización del país, pero los malienses no son optimistas: la confianza en la efectividad del Gobierno apenas llega al 21%, según el último Afrobarometer.