Argelia, entre un pasado insuperable y un futuro difícil de alcanzar

  • Desde el 22 de febrero, Argelia vive una nueva ola de protestas, esta vez en contra de una quinta candidatura del actual presidente Abdelaziz Bouteflika
  • Al igual que muchos de los países de la región, Argelia camina hacia un futuro difícil de desentrañar

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Yamani Eddoghmi, activista en la Asociación Marroquí de Derechos Humanos  

 

“Queremos un nuevo sillón de presidencia de marca Tefal, no queremos que el nuevo presidente se nos vuelva a pegar”: así rezaba una de las pancartas en una de las manifestaciones en Argel.

Desde el 22 de febrero Argelia vive una nueva ola de protestas, esta vez en contra de una quinta candidatura del actual presidente Abdelaziz Bouteflika que lleva en el poder desde 1999. Bouteflika que en 2013 sufrió un derrame cerebral, en la actualidad es incapaz de ejercer las tareas de la presidencia de la república. Desde ese mismo año, el mandatario se ve forzado a viajar a menudo a Suiza para recibir los tratamientos necesarios, lo que le obliga a ausentarse frecuentemente del país. Su estado de salud es de tal precariedad que ha sido incapaz de presentar su candidatura en el Consejo Constitucional contraviniendo así las reglas de dicho organismo.

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El país del millón y medio de mártires, en referencia a las víctimas mortales durante la larga lucha por la independencia, parece estar atrapado entre un pasado glorioso que se niega a dar paso a un futuro incierto. Argelia hoy está inmersa en una pugna entre una cúpula gobernante sin proyecto de país y un pueblo deseoso de libertad y democracia. Las protestas que en su impulso inicial exigían a Bouteflika abandonar su idea de presentarse a un nuevo mandato, en seguida se transformaron en demandas de caída del régimen y la recuperación de la soberanía nacional en clara alusión a Francia que, sin duda, sigue ejerciendo un enorme control sobre las élites gobernantes en Argel.

El pasado glorioso que ancla el presente

El actual Estado argelino surge de los acuerdos de Evian celebrados entre el 7 y el 18 de marzo de 1962. Cabe señalar también que la Argelia independiente fue resultado de una revolución. En 1954, el Gobierno Francés llegó a movilizar quinientos mil soldados para enfrentarse al Frente de Liberación Nacional (FLN), lo que indica la importancia de Argelia para la potencia colonial y la relevancia del brazo militar de la resistencia argelina representada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

El prolongado dominio colonial de 130 años condujo al debilitamiento de las élites locales y consecuentemente al acceso al poder del ELN ya que era la única organización capaz de hacer frente a los retos del nuevo Estado independiente. Apenas tres años después de la independencia en 1962, el ejército  logró hacerse con el poder. La nueva élite argelina, aunque se había comprometido a instaurar un Estado democrático, en seguida puso en marcha un sistema de partido único. Dicho régimen perdurará hasta octubre de 1988, año en que una profunda crisis social y política obliga a que en octubre de este mismo año se inicien una serie de procesos que desembocarían en la elaboración de una nueva constitución y en la abolición del mismo.

Volviendo a los primeros años de la conformación del actual Estado argelino, cabe señalar que liderado por Boumedien el ejército logra un discurso coherente basado casi exclusivamente en la economía, hecho que otorgaría un peso excesivo al sector de los hidrocarburos que si bien garantizaba un considerable flujo de recursos, también le hacía enormemente vulnerable a los vaivenes del mercado internacional. Dicha circunstancia conllevó a que la élite gobernante extendiera su control sobre la economía y la política, hecho que desembocaría irremediablemente en la monopolización del proyecto nacional por parte de los militares y sus aliados y un Estado de carácter rentista.

En la década de los noventa debido a una profunda crisis social, política y económica, Argelia intentó culminar un cambio desde arriba, la tentativa se truncó porque la oligarquía militar y sus aliados - principalmente liberales - no estaban dispuestos a compartir el poder con los islamistas, quienes se habían negado en rotundo a aliarse con la cúpula militar. La pugna acabará sumiendo el país en una cruenta guerra civil, comúnmente conocida como “la década negra”, y que dejó tras de sí decenas de miles de víctimas mortales. El proceso acabó de nuevo con el fortalecimiento del papel político del ejército y el consecuentemente retorno al periodo anterior caracterizado por el solapamiento del poder político, económico y militar.

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Agentes judiciales argelinos protestan contra el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika. /EFE

Un futuro difícil de vislumbrar

Objetivamente Abdelaziz Bouteflika, hoy por hoy, no es más que una fachada y un cadáver político cuyo único objetivo es alargar la vida de un régimen en descomposición e incapaz de ofrecer soluciones reales a los problemas del país. La determinación de alargar, ad infinitum, la vida del régimen ha quedado patente en el momento en que el propio Bouteflika ha anunciado la retirada de su candidatura por un lado y ha pospuesto las elecciones un año por otro. Si tenemos en cuenta que ya se preveía su retirada dentro de un año, queda claro que lo que pretende la oligarquía dominante y sus aliados no es otra que ganar tiempo para poder así reorganizarse y posicionarse mejor de cara a las futuras pugnas que se prevén complicadas, entre ellas la lucha por la presidencia de la república y la posible reforma constitucional.  

No podemos prever en qué acabarían las actuales protestas, no solo porque es muy difícil sostener unas movilizaciones el tiempo suficiente para forzar cambios drásticos, sobre todo cuando uno se enfrenta a un enemigo dispuesto a todo y con una trayectoria de crueldad más que demostrada. En el caso específico de Argelia, las heridas del pasado reciente aún siguen en carne viva. Parece improbable que tras una guerra civil tan traumática y que ha dejado un saldo de 200.000 víctimas mortales el pueblo argelino se arriesgue a una nueva aventura con unas consecuencias inciertas. Aun con todo y reconociendo que la situación actual en apariencia favorece los intereses de la oligarquía en el poder, también existen elementos que inducen a pensar que nada es descartable y sobre todo a intuir un futuro no muy halagüeño. Argelia atraviesa hoy serios problemas, tanto en lo político como en lo económico y social. El país necesita cambios profundos y los necesita con urgencia, hecho que no parece vislumbrarse en lo inmediato.

En el plano político, Argelia necesita renovar una cúpula excesivamente envejecida y un sistema anquilosado que excluye de la participación política a mucha gente con medidas como las del artículo 87 de la actual constitución, que obliga al candidato o candidata a la presidencia a demostrar que cuyo cónyuge es de “nacionalidad argelina pura” o la obligación de demostrar la participación en la revolución de noviembre para aquellos que han nacido antes de 1945 y, en caso contrario, el candidato o candidata debe demostrar que sus padres no han tenido actividad contraria a la revolución. Es evidente que el objetivo es limitar el acceso al poder y limitarlo a un grupo concreto además de una visión patrimonial del mismo.  

Mientras tanto en lo económico, a pesar de las promesas de diversificación de la economía, Argel sigue dependiendo casi en exclusiva del sector de los hidrocarburos cuyos precios sufren una caída libre desde 2014. Un hecho que ha obligado al gobierno a implantar de forma gradual la política de ayudas económicas que hasta ahora había sido la única medida realmente eficaz para calmar los ánimos tras la “década negra”. Por otro lado, Argelia no es distinta a muchos de los países de la región donde prácticamente no existen élites económicas al margen del Estado, hecho que disminuye por completo su capacidad y la hace muy vulnerable y por lo tanto dócil ante las élites gobernantes y sobre todo defensora del status quo.

En el plano social las cosas no van mejor, Argelia supera los 41 millones de habitantes, cuyas dos terceras partes son jóvenes de menos de 40 años mientras tanto la tasa de paro ronda el 11%. La juventud se ve forzada a emigrar y los que no lo logran se ven atrapados en una situación de ausencia de horizontes. Hay que recordar que estos elementos fueron el caldo de cultivo de la primavera árabe que se inició en Túnez el 17 de diciembre de 2010 y sus efectos aún perduran en varios países de la región.

Hoy por hoy es difícil adivinar hacia donde se dirige Argelia. En el pasado cercano las cosas no han funcionado demasiado bien, la población aún retiene en la memoria días oscuros y el temor al revanchismo puede ejercer las veces de factor de estabilidad, aunque sea muy frágil. Cabe la posibilidad de que el miedo al pasado reciente y el trauma de la “década negra” pueda funcionar como revulsivo para no repetir los mismos errores y avanzar hacia un cambio más tranquilo, poniendo el foco en el entendimiento como motor de toda acción política. Al menos la población argelina parece haberlo comprendido. Las manifestaciones que se han ido sucediendo todos los viernes, desde febrero, así lo demuestran: Contra el régimen no se lucha con armas, de esas tiene muchas. Hay que luchar contra él con las ideas, que no tiene ninguna”.

Los actores a vigilar, sin duda, van a ser por un lado los islamistas y por otro el ejército, ambos parecen haber llegado a un impasse, una situación de difícil solución en la cual ambos se vigilan mutuamente. Es cierto que el ejército parece haberse hecho con el poder pero no es descartable que los islamistas resurjan de nuevo y planten cara como lo han hecho en los inicios de la última década del siglo pasado. De lo que no hay duda es que al igual que muchos de los países de la región, Argelia camina hacia un futuro difícil de desentrañar.

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