MEMORIA SELECTIVA

20 años de la Marcha del Color de la Tierra, que marcó “un antes y un después” en el zapatismo

  • Han pasado 20 años de la marcha que partió en febrero de 2001 de Chiapas (México) para exigir que se reconocieran los derechos de los pueblos indígenas
  • Un millón de personas abarrotó el Zócalo para ver y escuchar al encapuchado líder que encarnaba la imagen de la revolución en el siglo XXI, el subcomandante Marcos
  • “Hay que pensar en lo alucinante de que un Ejército rebelde sin armas tome la plaza más importante del país, la más grande de Latinoamérica”, rememora Tatiana

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“Para mí y para mucha gente La Marcha del Color de la Tierra supuso un antes y un después tanto en el zapatismo como en nuestras vidas”, rememora Tatiana Romero Reina. Tenía 16 años cuando tuvo lugar esta histórica caminata del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que partió del Estado del sur mexicano de Chiapas y recorrió más de 3.000 kilómetros hasta acabar en el Zócalo, en la Ciudad de México. Un millón de personas abarrotó la plaza más grande de América Latina para ver y escuchar al encapuchado líder que fumaba pipa y encarnaba la imagen de la revolución en el siglo XXI, el subcomandante Marcos.

Han pasado 20 años de la marcha que partió en febrero de 2001 de Chiapas (México) para exigir que se reconocieran constitucionalmente los derechos de los pueblos indígenas, marginados y maltratados por el poder durante siglos. Los zapatistas pusieron rumbo al Congreso mexicano, donde presionarían para que aprobara la Ley de cultura y derechos indígenas, la Ley Cocopa. Esta se basaba en los Acuerdos de San Andrés, los primeros que reconocían los derechos indígenas en México, firmados entre el Gobierno federal y el EZLN. Los guerrilleros prometían dejar las armas si los acuerdos se cumplían.

Un total de 24 delegados zapatistas, comandantes de la guerrilla, viajaron desde sus diferentes lugares de origen hasta San Cristóbal de las Casas (Chiapas). Su primer discurso decía así: “El día de hoy la dignidad es quien toma, con nuestra manos, estas bandera. Hasta ahora no hay lugar en ella para nosotros, los que somos el color de la tierra. Hasta ahora hemos esperado para que los otros que bajo ella se cobijan acepten que es nuestra también la historia que la ondea. Los indígenas mexicanos somos indígenas y somos mexicanos. Queremos ser indígenas y queremos ser mexicanos”. Al día siguiente, un 25 de febrero de 2001, comenzaron su viaje.

Era una ruta de guerrilleros desarmados y en son de paz acompañados de representantes de diversos grupos étnicos: tzotziles, tzeltales, choles, tojolabales, zoques, chinantecos, mixes, zapotecos, mazatecos, wixarikas, yaquis, rarrámuris, seris. También viaja con ellos una delegación extranjera. “Recuerdo que los esfuerzos organizativos fueron muy grandes. La gente se iba sumando. Cada vez había más y más gente”, narra Tatiana, miembro del grupo de apoyo al EZLN en Madrid. Entonces era una militante muy joven del Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN), el brazo civil del movimiento. Muchos jóvenes como ella se preparaban en Ciudad de México para recibir a la caravana.

Uno de los momentos más importantes de la marcha se produjo en Nurio (Michoacán) la semana antes de que la caravana llegara a Ciudad de México. Allí, en un congreso, 40 de las 56 etnias indígenas de México dieron su apoyo al movimiento zapatista, que trascendía las fronteras de Chiapas. El subcomandante Marcos encarnaba la lucha por la dignidad de la gran mayoría de indígenas, 10 millones de personas que habían sufrido la discriminación durante siglos. A su paso por el estado de Morelos, recuerda Tatiana, la caravana también realizó una ofrenda floral a Emiliano Zapata, el revolucionario que inspiraba sus pasos.

“Llegamos. Aquí estamos”

La caravana zapatista, que había sumado a unas 300 personas, llegó a la Ciudad de México el 11 de marzo de 2001. El inmenso Zócalo, desbordado con más de un millón de personas, esperaba a ver y escuchar a los hombres y mujeres de los pasamontañas. Entre ellos había personalidades de la talla de José Saramago, Daniell Miterrand, Manuel Vázquez Montalbán y Alain Rouraine. “Creo que nunca voy a ver a tanta gente en mi vida. Había partidos de izquierdas, las bases, gente de a pie, mayores, niños pequeños con pasamontañas. Estaba abarrotado y no podías moverte”, recuerda Tatiana.

Sobre la entrada triunfal de los zapatistas, Tatiana apunta: “Hay que pensar en lo alucinante de que un Ejército rebelde sin armas tome la plaza más importante del país, la más grande de Latinoamérica”. El primero en hablar fue el subcomandante Marcos: “Llegamos. Aquí estamos”, dijo. Pero le siguieron las palabras también emocionantes de la comandanta Esther. “No descansaremos nosotras las mujeres porque nadie más vendrá por nosotras. ¡Nunca más un México sin las mujeres!"

Los zapatistas siguieron en la selva de asfalto, Ciudad de México, varios días más, alojados en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Jóvenes de izquierdas del país y de todo el mundo se sumaban a aquel momento histórico. Veían en aquel movimiento popular la fuerza de la lucha organizada. Si bien los zapatistas no consiguieron su objetivo, habían mandado un mensaje que trascendía fronteras.

El 28 de marzo los zapatistas consiguieron ingresar en el Congreso mexicano, aunque el subcomandante Marcos decidió quedarse fuera. En esa histórica jornada tomaron la voz los pueblos indígenas: defendieron el proyecto de ley que daría una amplia autonomía a millones de personas. Sin embargo, todo quedó en el aire. Las autoridades mexicanas renunciaron a los tres gestos principales que pedía el movimiento: el cierre de las siete posiciones militares en Chiapas (solo se cerró una), la liberación de los presos zapatistas y la más importante, la aprobación de la Ley Cocopa.

Un mes después, se aprobó una reforma constitucional que no atendía a los Acuerdos de San Andrés. Y fue aceptada por unanimidad en el Congreso, incluso por la izquierda (el PRD). “Fue la traición de la clase política mexicana”, considera Tatiana. Los zapatistas “deciden que nunca más se va a hacer un encuentro con los de arriba, ya que ‘el mal Gobierno’ no está dispuesto a respetar”.

Entonces comenzó la renuncia al diálogo de los zapatistas con el Gobierno Federal y su apuesta por la autoorganización en sus territorios, en los “caracoles” zapatistas. Pero Tatiana subraya que eso no supuso una renuncia o repliegue de sus principios, sino que han seguido tejiendo alianzas con la sociedad civil. El movimiento zapatista, que dejó las armas en 2006, continúa y este año, además, prepara una visita histórica a España y otros lugares de Europa.

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