La resignada mueca de los iraníes

  • El gobierno les filtra Telegram y se conectan a un servidor en el extranjero, les niega altas cotas de libertad, pero se la buscan
  • Tampoco Apple podrá vender sus iPhone que también en Irán son muestra de estar a la última moda, ni la cadena de hoteles Meliá podrá seguir abriendo establecimientos

ISFAHAN (Irán).- El azucarillo se mete en la boca y no en el té. Es una de las primeras premisas que una aprende en Irán. Aquí el té no se perdona, se bebe para desayunar, a media mañana, a media tarde, antes de cenar, cuando llega el aburrimiento, cuando llega el hambre, cuando llega el sueño, cuando llegan los amigos o los clientes, los locales o los extranjeros. Y siempre con el terrón en la boca, no en el vaso, porque casi nunca hay cuchara para revolverlo. A los iraníes les gusta el azúcar, con este oro blanco cada vez más perseguido, rellenan pasteles, adornan pastas, aderezan el té y completan el rito. 

En Irán el azúcar y el té aún no faltan, al igual que no falta ningún alimento o elemento básico. Lo que sí podrían faltar dentro de poco son aviones o coches nuevos, así como tecnología o cualquier artilugio que se fabrique fuera de las fronteras de la República Islámica.

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A partir del miércoles pasado, día en el que Donald Trump decidió sacar a EEUU del pacto nuclear que costó más de dos años negociar con el Consejo de seguridad de Naciones Unidas y Alemania, cualquier empresa del mundo tiene como máximo 180 días para dejar de comerciar con Irán. 

Así, los acuerdos que Teherán había alcanzado ya con Airbus o Boeing, a quienes había comprado 200 y 80 aviones respectivamente, se verán interrumpidos cuando aún los aeroplanos no han sido entregados. Lo mismo sucederá con Renault que hasta el momento y desde la entrada en vigor del acuerdo en julio de 2015 exportaba un millón de coches al año a este pedazo de tierra.

Tampoco Apple podrá vender sus iPhone que también en Irán son muestra de estar a la última moda, ni la cadena de hoteles Meliá podrá seguir abriendo establecimientos en el pais, a menos que prefieran el mercado iraní al estadounidense, algo previsiblemente improbable.

 

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Las empresas pues se encontrarán en esa dicotomía en la que Teherán tiene poco que ganar frente al gran mercado estadounidense y lo que se presagia para los iraníes es más inestabilidad, más precariedad y más tensión con su gobierno.

Pero a pesar de ello, hoy por Teherán o Isfahan (primera y tercera ciudad en millones de habitantes) se camina tranquilo, con una calma inaudita, con la seguridad de que no habrá un robo, una pelea, una voz más alta que la otra.

Y es que los iraníes no parecieran querer gritan ni en estas ocasiones. Cobran unos 300 dólares al mes y consiguen llegar al día 31, las mujeres han de llevar velo y ya hay muchas que se rebelan, el gobierno les bloquea la BBC y la sintonizan con parabólicas, les filtra Telegram y se conectan a un servidor en el extranjero, les niega altas cotas de libertad, pero se la buscan.

No pueden hacer la revolución ahora pero será cuestión de tiempo que suceda. “Aún no estamos preparados, después de las protestas de diciembre -de 2017, que dejaron 25 muertos y 5000 detenidos- no hay quien se atreva”, contextualiza Moied, estudiante de ingeniería civil.  Este joven de 22 años explica que el país necesita un líder que guíe una nueva revolución: “el ser humano es como las ovejas, necesitamos a alguien que se adelante y el resto le seguimos”.

Para Moied falta al menos una década para que el pueblo iraní, con su generación al frente, se subleve contra la República Islámica que se instauró en 1979 tras deponer al sha Reza Pahlevi. Apunta al ex primer ministro Mir-Hosein Musavi como guía de la revolución que está por venir. Musaví se encuentra bajo arresto domiciliario desde 2009, tras ser acusado de fraude electoral en los comicios de ese año en los que se enfrentó a Mahmud Ahmadineyad y este último arrasó de manera como poco sospechosa.

“Él es un buen hombre, fue muy bueno para Irán y le robaron las elecciones la última vez que se presentó”, asegura Moied. Pero Moied, como tantos otros, no están seguros de querer esperar mucho más para poder vivir con más Libertad. “Por primera vez en mi vida estoy pensando en ir a vivir a otro país, sé que como ingeniero no tengo futuro aquí y con los 160 dólares que gano ahora como camarero no puedo hacer nada más que pagar facturas”, dice resignado.

Una tienda de ropa para fiestas y otra de chadores. En Irán la mujer está obligada por ley a llevar la cabeza tapada con un pañuelo, muchas de ellas eligen la opción del chador que les cubre todo el cuerpo con una tela negra. / M.S.

Él forma parte de una generación que pese a no conocer al sha Pahlevi, duramente criticado por su abuso de poder y enriquecimiento personal, volvería mañana mismo a un régimen similar o incluso se contentaría con una invasión de una nación extranjera.

“Si mañana llegan las tropas de Estados Unidos a la puerta del café en el que trabajo, les pongo barra libre a todos”, asegura entre la más seria de las risas. Sentado en una de las dos mesas que entorpecen el intenso paso de clientes del bazar de Isfahán (centro del país), se fuma un cigarro que apaga en restos de café usado.

“No estamos obligados por ley a ponerla pero si no la tenemos podemos tener problemas con la policía”, explica sobre la foto omnipresente en los locales que superpone las figuras de los lideres supremos Ali Jameini (actual) y Ruhollah Jomeini (anterior).

Una situación que también se da cuando alguna turista cansada de llevar el velo se atreve a dejárselo caer sobre los hombros: “hace unas semanas nos obligaron a ir a comisaría a dejar por escrito que no permitíamos esta clase de comportamientos por parte de las mujeres”.

Pero es que allá donde se vaya no hay más cabeza femenina que la tapada. Apenas nadie se atreve a desoír la ley iraní que obliga a las mujeres a llevar el hiyab pero también a taparse brazos y piernas.

Pese a ello, la aplastante presencia de las mezquitas y los centros de culto islámico, las mujeres ataviadas por el largo, negro y cerrado chador, en Iran ya se da un movimiento de valientes mujeres que a través de las redes sociales, en especial Instagram, protesta contra la imposición del hiyab.

Las mujeres del White Wednesday suben decenas de vídeos a internet soportando su pañuelo entre las manos, monstrándolo bien alto, fuera de su cabeza. A muchas de estas acciones le siguen represalias de la policía pero también de ciudadanos y ciudadanas que les increpan por desafiar las costumbres de la República Islámica.

Y es que Irán vive en una dualidad cada vez más visible, que convive con unas contradicciones fácilmente palpables. Bailar en público está prohibido pero lo primero que hacen los iraníes es poner la música a todo volumen en sus coches y bailar en los descampados. Las mujeres son consideradas el alma y guardián de la familia, el núcleo más sagrado de todos para este islamismo chiita, pero su palabra vale la mitad que la de un hombre en un juicio, no puede divorciarse sin el consentimiento del marido y ni siquiera le dejan cantar (y esto último es real).

También en la resistencia está una parte de la población más joven que asegura que Irán no es un país religioso. “Eso es lo quieren que veáis, es el país que quieren mostrar a los extranjeros”, promete Hafez, un joven break dancer que está a punto de acabar el servicio militar obligatorio iraní. Un servicio al país que tan solo quiere finalizar para conseguir su pasaporte y marcharse. “Voy a ir a Londres, allí podré bailar y hacer lo que se me venga en gana”, predice.

Pese a tenerlo muy claro y explicarlo sin tapujos, considera que en Irán la gente podría ejercer más libertad que la que el gobierno les permite. “Yo hago lo que quiero, a veces, un 10%, tienes problemas con la policía, es un aburrimiento, pero cada uno ha de vivir haciendo lo que desee”, insiste tapado con una gorra en la que solo puede leerse USA.

Hafez quiere bailar, quiere poder comprar una cerveza en un supermercado y no andar sumando alcohol casero a una cerveza 0,0 que en la mayor parte de las veces no sabe de donde procede.  Quiere dejar de cobrar 20 dólares al mes por una formación militar que le horroriza, pero que necesita para obtener múltiples beneficios sociales además del pasaporte. “Va en contra de todo lo que soy, jamas cogería un arma, pero aquí estoy, me mentalizo de que es solo para irme”, zanja.

Un vendedor de especias en el mercado de Shiraz (centro del país). / M.S.

Unos se van y otros se quedan. No hay una opción generalizada, depende de las condiciones que cada persona tenga en el pais, edad, familia, trabajo, estado de salud… Para Moha la vía para la felicidad sigue siendo Irán: “amo este país, no querría irme a otro, no quiero sentirme un refugiado en otro sitio”.

Moha tiene cerca de 50 años y dos hijos, su mujer se ocupa de la casa porque, según cuenta, ellas “cobran mucho menos que los hombres” en cualquier trabajo fuera del hogar. Justifica la aparente pasividad de los iraníes con el contexto en el que viven los países vecinos.

“Claro que estamos cansados de vivir en una dictadura, pero miramos alrededor y vemos a Siria, a Iraq o a Afganistán, al menos aquí aún vivimos en un país seguro”, espeta. Por otro lado, tiene claro la decisión de Trump es una “locura” que solo pagará la ciudadanía iraní.

“Qué va a pasar mañana no lo sabemos, pero este es un muy mal momento para Irán”, lamenta. Como muchos iraníes se aferra a la postura que la Unión Europea termine por adoptar frente a la salida de Estados Unidos y espera que las palabras de la Comisaría de asuntos exteriores, Federica Mogherini, sobre la permanencia de la UE se prolonguen en el tiempo.

“El Rial (moneda nacional) no ha caído mucho gracias a que Europa ha mostrado su rechazo a Trump, si no estaríamos perdidos”, vaticina en su tienda de alfombras. Unas alfombras que muestra sin cansancio a los pocos turistas que tiene un país cuna de la civilización, arrasado por los griegos, los romanos, los árabes. Un país que pese a todo, también a su propio sistema actual, consigue mantenerse quizá no en pie, pero si agazapado, esperando su momento.

Un momento que llegará de la mano de los jóvenes y de las mujeres, que quizá marque el signo del futuro de un país que está cansado de recibir la espalda del mundo.