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El club de los impunes

ANNA GRAU | Publicado: - Actualizado: 10:59

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Julian Assange, fundador de Wikileaks, durante una rueda de prensa, el pasado 23 de octubre. / Felipe Trueba (Efe)

¿Cogerán por fin a Julian Assange y lo juzgarán por violar a dos orcos de la CIA disfrazados de señoritas suecas? Ay no, perdón, que en realidad no acusan a Assange de violación sino de “sexo por sorpresa”: al final resulta que en Suecia no ponerse condón es delito. Y sobre todo es una gran imprudencia acostarse con horas de diferencia con dos señoras, una de las cuales es una feminista radical que encima te había puesto piso en Estocolmo, mientras que la otra se quejó a la policía de que le hacías más caso a tu laptop que a ella. Imperdonable.

A este paso Assange se nos va a convertir en el ciberPolanski, ni en la trena ni en libertad sino todo lo contrario: en el limbo. A ver si tendremos que acabar escondiéndole debajo de la cama los mismos y las mismas que desde el principio venimos advirtiendo que cuidadito con el personaje. ¿Tan difícil es ver a Assange ni como un dios ni como un demonio, ni en los altares ni en galeras? ¿Llegará un momento en que podamos analizar con calma y sin lipotimias las cosas buenas y malas de Wikileaks? De momento no parece.

Bien es verdad que es difícil sustraerse a la fascinación que irradian los impunes. Los que rompen las reglas y (de momento) no les pasa nada. Yo ya tenía pensado escribir de ello antes incluso de la explosión de la assangemanía, al hilo de la publicación casi simultánea en inglés de dos libros que han traído cola: “Life”, las memorias de Keith Richards, y “Decision Points”, las memorias de George W. Bush.

Ya sé que hay comparaciones que, más aún que odiosas, pueden parecer ofensivas. Y el caso es que a veces los extremos se tocan. Las memorias de Keith Richards (que le han sentado como un tiro a Mick Jagger) constituyen un monumento a la pasión musical pero casi nadie se las lee por eso. Huestes de lectores buscan más bien el secreto de la impunidad, casi inmortalidad. Como alguien que hace todo lo que está prohibido puede vivir para contarlo. Días antes de salir el libro al mercado saltó la noticia de que a otro satánico y casi de Carabanchel, Ozzy Osbourne, le habían detectado mutaciones genéticas que explicaban su sobrehumana resistencia a las drogas. Y declaró la esposa de Osbourne muy seria: “yo siempre he dicho que en el fin del mundo sólo van a quedar cucarachas, mi Ozzy y Keith Richards”.

Keith Richards

Pero, ¿y la disciplina que exige ser un monstruo? Las memorias de Richards son casi los diez mandamientos del yonqui: sólo meterse la droga de mejor calidad, seguir una estricta dieta que alterne excitantes y calmantes, no llegar nunca a la sobredosis. El gran Keith está muy orgulloso de su virtuosismo, para nada al alcance de cualquiera. John Lennon intentó seguirle el ritmo y casi priva a Mark Chapman de la fama mundial.

Entre esto y lo que cuenta de las tías (pues mujeres no salen en las memorias de Richards, sólo tías), se explica en parte cómo es posible que una banda de septuagenarios podridos de dinero y con su fortuna metida en paraísos fiscales siga encarnando para tanta gente el súmmum (retroactivo) de la rebeldía. En ese punto de satanismo vip es donde las memorias de Keith Richards recuerdan a las de George W. Bush. Ejemplo: si Keith Richards presume de haberle robado a Brian Jones una novia que nada más conocerle ya se abalanzó a hacerle una mamada, Bush no se corta al describir la impresión que le causó ver con sólo catorce años los restos de un hermanito suyo abortado (involuntariamente), que su mamá le mostró metidos dentro de un frasco. De ahí su firme oposición a investigar con células madre.

O como cuando se queja de que no hay cárcel más calumniada en el mundo que la de Guantánamo, donde según él dice “los presos comen tres veces al día, reciben la misma atención médica que los guardias, se les dan facilidades para rezar cinco veces al día y un ejemplar del Corán a cada uno, y además tienen acceso a una biblioteca con libros y DVD, siendo el más popular la versión en árabe de Harry Potter”.

Pero lo más stoniano es cuando Bush no sólo no disimula que estaba al tanto del waterboarding o ahogamiento simulado sino que admite de plano haberlo autorizado él en persona. Y hasta da detalles, el tío: cuando le preguntaron si se le podía hacer explícitamente el waterboarding a Khalid Sheik Mohammed, autoproclamado cerebro de los atentados del 11-S y del secuestro y decapitación del periodista norteamericano Daniel Pearl, él, Bush, se acordó de la viuda de Pearl, embarazada cuando a él lo mataron. “¡Faltaría más!”, fue su entusiasta respuesta.

La única concesión que hace Bush a la galería, a la ley y a la prudencia es negar como gato panza arriba que el waterboarding constituya tortura. Eso no lo acepta nunca. Y para que veamos que no es por estrechez de corazón nos informa de que cuando autorizó esta “técnica” rechazó otras dos que le parecieron demasiado bestias (no detalla cuáles).

Hay que reconocer que para bien o para mal siempre nos fascinan un poco los impunes. A todos nos gustaría haber roto las reglas alguna vez y que no nos pase nada, sentirnos por encima de los demás. Y es cierto que en la mayoría de los casos la impunidad se explica más por demérito ajeno que por mérito propio. Es más un tema de contexto.

Por ejemplo el director de The New Yorker, David Remnick, escribe certeramente de Keith Richards que este no ha sido tanto un superhombre como un habitante del vicioso Versalles de los Stones, protegido “por capa tras capa de dinero, abogados y privilegios” de las consecuencias que tendrían esas mismas acciones para el común de los mortales. Del desamparo y la vulnerabilidad del verdadero yonqui.

En el caso de Bush es interesante leer cómo cuenta que en su día representantes de los dos partidos en el Congreso de Estados Unidos fueron cumplidamente informados de las técnicas de “interrogatorio” de la CIA, y según él no sólo estaban todos de acuerdo sino que incluso acusaban al gobierno de ser demasiado blando, hasta que “cambió el viento”. Es el mundo el que ha mutado, no él.

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Antes de llamarle mentiroso conviene preguntarse: y puestos a mentir, ¿no era más fácil echarle toda la culpa a alguien, por ejemplo a Cheney, y decir que él estaba en Babia? Es lo que han hecho desde tiempo inmemorial todos los presidentes en estos casos. No olvidemos que Bush volvió a ganar las elecciones después de ir a la guerra de Irak. Nunca se enfrentó a un rechazo de su opinión pública de la magnitud del que experimentó Aznar. Nunca estuvo tan solo tomando sus decisiones como a muchos les gusta dar a entender. Si algo ha caracterizado y singularizado su mandato ha sido precisamente esta franqueza brutal, este empeño de hacer explícito lo que en general tiende a mantenerse implícito. A su manera Bush fue un presidente muy transparente, un presidente Wikileaks.

Y volviendo a Assange, su propia impunidad, ¿de qué está hecha? ¿Por qué todos le cercan y nadie acaba de hincarle el diente? Supongo que a estas alturas nadie creerá en serio que le hagan intocable ni la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos ni el humor inglés ni el tierno corazón de la Interpol. ¿Será de verdad un superhombre?

¿O será que está simplemente mercadeando, usando los secretos que aún tiene en la manga como un escudo humano? ¿Y nuestra curiosidad como rehén?

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Categoría | internacional

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Dwayne Sewade | Jueves, 7 07Europe/Madrid Julio 07Europe/Madrid 2016 || puntuación:0
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Hay vida más allá de Wikileaks | Para que todo encaje | Miércoles, 5 05Europe/Madrid Febrero 05Europe/Madrid 2014 || puntuación:0
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[…] de medio mundo, mientras pasan miles de cosas ahí fuera. Pero claro, no tienen el embrujo deAssange, esa cara que aspira a convertirse en símbolo de la lucha del nuevo siglo, el sucesor del Ché […]

celine | Domingo, 19 19Europe/Madrid Diciembre 19Europe/Madrid 2010 || puntuación:0
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Creo que tanto croquetiforme como bertenebros dibujan un esquema simplista de los corresponsales y periodistas. Claro que habrá individuos que se comporten como dicen, pero también hay quienes trabajan por dar a conocer las injusticias del mundo. Con el articulo de Anna Grau se puede estar o no conforme, pero ése es el juego. Esa, la libertad.

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