La temible Yugoslavia

José María Mijangos *

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El portero español De Gea, en el primer gol croata. / Kai Försterling (Efe)

La partición de Yugoslavia significó un alivio para los aficionados españoles. Y es que era nuestro enemigo natural. Ya fuese en fútbol , baloncesto, petanca o mus, cada vez que había un sorteo para algún campeonato, allá que íbamos los dos en una guerra que siempre dejaba heridos.

Y en fútbol más. Fueron los yugoslavos los que nos dejaron fuera del Mundial del 74, con gol de Katalinski en el partido de desempate. España había jugado una pachanga cuatro días antes contra los jugadores del Atlético de Madrid vestidos de yugoslavos por eso de entonarse. Pero claro, no es lo mismo jugar en Madrid y pimplarse unas cañas con el enemigo después del partido, que acudir a Francfort a tenérselas con los fieros yugoslavos, que no confraternizaban ni en las bodas. Cuatro años más tarde, nos vengamos con un amago de gol de Rubén Cano en Belgrado, con el racial Juanito provocando a la grada y recibiendo un botellazo en el magín que aún nos escuece a todos los que lo vimos por televisión. Aquel día, todos los niños de España llegamos tarde a la clase vespertina inventándonos inverosímiles excusas: “Es que en el calendario de la cocina decía que hoy era domingo”, “el conductor del autobús, que se ha perdido…”, hasta que el zoquete de la clase relató la verdad: “He estado viendo el partido, ¿pasa algo?”. Y es que habíamos ganado a Yugoslavia, que fue durante décadas nuestro enemigo íntimo, nuestro par. Y entonces ir a Belgrado era como ir al frente.

Desgraciadamente, todo ello se cumplió sin que hiciese falta dar una patada al balón. La guerra fraticida hizo estallar al país en mil pedazos y los duelos deportivos quedaron en el disco duro de la memoria.

Pero son persistentes. En el mundial 90, perdimos los octavos de final contra una Yugoslavia ya agonizante, porque a Michel se le ocurrió agachar la cabeza para no despeinarse en un libre directo; luego, con la partición, en lugar de nuestra batalla anual contra los yugoslavos, teníamos dos o tres contra croatas, serbios o eslovenos. Parecía que al dividir a la bestia entre cinco bestezuelas, sería más asequible, pero quiá, llegan hoy los croatas y nos desbaratan el chiringuito, tan felices que nos las prometíamos.

Y para redondearlo, no hace falta ni que juegue Modric, su gran estrella. Con un puñado de voluntariosos bregadores, y algún talento como Rakitic, la selección croata fue subiéndose a las barbas hispanas, hasta gustándose y jugando bien, con buenos intentos de Kalinic o Perisic y una tarde de nuestro meta, De Gea, que no fue de las mejores. Cuando se dio cuenta de que no estaba en un entrenamiento sino en un partido oficial, el árbitro estaba a punto de pitar el final del partido e íbamos perdiendo por dos a uno. Tenía que haber aprendido del portero croata, que para detener un penalti a Ramos tuvo que recorrer el área entera hasta colocarse a la par del ejecutor. Casi fue el primer penalti en el que el lanzador y el portero compartían el espacio. Pero claro, los cinco árbitros de la UEFA, están en el campo para admirar la calidad del césped, y reservar energías para el minibar, ya que no para impartir justicia.

España mereció la derrota, por cierta desidia, por conformismo. En ocasiones parecíamos estar jugando el partido por el tercer puesto del Trofeo Carranza. Calor y pachanga. Y las consecuencias son graves. En lugar de sestear hasta la final, tendremos que llegar a ella a mordiscos, contra Italia, Alemania y Francia, y porque Argentina está jugando la Copa América, que si no, también nos la encontraríamos.

Esperemos que este haya sido el partido en el que siempre tenemos derecho al fallo. Y que los jugadores españoles no estén arreglando con el casero de la playa para poder ir quince días antes de lo previsto. Al fin y al cabo, es mejor llegar a la final dejando los cadáveres más bellos por el camino.

José María Mijangos es escritor.

La Eurocopa 2016, en directo.

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