Eterna Italia

José María Mijangos *

 Los jugadores de Italia celebran su segundo gol ante España en el partido de octavos de final de la Eurocopa. / Juanjo Martín (Efe)
Los jugadores de Italia celebran su segundo gol ante España en el partido de octavos de final de la Eurocopa. / Juanjo Martín (Efe)

Italia siempre fue un verso suelto en esto del fútbol. Y se lo tomó muy en serio desde el primer minuto. Mientras los nuestros apelaban a la furia para disimular carencias, los italianos iban de frente y sin contemplaciones a ganar los títulos, que es de lo que se trata. Arañaron por las bravas dos de los tres primeros mundiales, si bien el primero, celebrado en su país, fue atribuido más a las mañas de Mussolini que de sus peloteros. En el siguiente, en Francia, volvieron a ganar, no fuese que el duce se enfadase, les quitase Córcega e invadiese París con el sofocón. Entonces, los dictadores ponían firmes a los miembros de la FIFA; todo lo contrario que hoy en día, que hasta el más sanguinario mandamás se postra de hinojos ante los jerifaltes de la FIFA por un par de entradas para la final del mundial y una semanita en un resort de lujo, con gastos pagados, faltaría más.

España tiene una relación competitiva con los italianos nacida en la cercanía y rayana en la admiración. Como tu vecino de apartamento, que pese a tener idéntico piso y compartir el mismo cubo de basura, celebra fiestones hasta la madrugada, con invitados llenos de glamur y de mundo, mientras tú cenas una pizza recalentada en tu zaquizamí, viendo el programa de teletienda y tapándote los oídos cada vez que en la casa vecina descorchan una botella de champán. Claro, ellos tenían a Mastroianni y a Gassman, y nosotros el landismo.

Los italianos celebraban los títulos, y mientras, aquí contemplábamos embobados a los elegantes transalpinos levantar Mundiales. Incluso en nuestra casa, en el malhadado año 82, cuando, a trompicones y como quien no quiere la cosa, dejaron de empatar en la fase previa y alguien les debió chivar que en el lado opuesto al que defendían existía una portería contraria.  Se plantaron en el partido decisivo ante Brasil y se sacaron un conejo de la chistera que atendía por Paolo Rossi, dejando para la posteridad, en la opinión de este humilde cronista, el partido más bello y emocionante de la historia reciente de los Mundiales.

Después de tal hito, decidieron tomarse un par de décadas sabáticas, eso sí, aderezadas con finales, semifinales y apuntándose a todo partido competitivo que en el mundo existiera. Eran peculiares; fiables a veces, desesperantes otras, pero siempre italianos y con un carácter único.

Jugadores de la selección española se llevan las manos a la cabeza tras su eliminación en los octavos de final de la Eurocopa. / Juanjo Martín (Efe)
Jugadores de la selección española se llevan las manos a la cabeza tras su eliminación en los octavos de final de la Eurocopa. / Juanjo Martín (Efe)

Hoy, nos hemos enfrentamos a un equipo trabado, duro, que ha hecho la Eurocopa que siempre hace Italia. Una sólida defensa juventina arropando al mito Buffon y con un desgaste físico que suple un talento más limitado que en otros campeonatos. Ya no está Pirlo para templar y mandar hasta en el contrario, los delanteros son rocosos como los de antes y la imaginación se suple con la fe, algo que los italianos ensayan de vez en cuando.

Los nuestros, con sus luces y sombras, encararon el partido con  incertidumbre. Si en vez de en el terreno de juego hubieran podido jugárselo a la güija, hubieran invocado al espíritu de Juanito y la victoria habría sido segura. Eso sí, con un par de costillas rotas y el defensa central con venda y quince puntos de sutura, como en la época de Camacho. Por lo que pudiera pasar, algunos jugadores, como en antañones tiempos felizmente idos, le echan la culpa a la prensa hasta del bufé del desayuno. Mala señal para un equipo ganador y síntoma de que la confianza en nuestras propias fuerzas sigue siendo parca.

En este campeonato, en el que el tapete no ha temblado salvo en contadas ocasiones con la fugaz España, la fiable Alemania y una Bélgica sobrada de talento, este era el partido de la confirmación, en el que había que decir: “¡Qué diablos, esto es la Eurocopa!”, y ha tenido que ser Italia la que nos coloque en el lugar que nos corresponde con un recital de De Rossi y un entrenador, Conte, que se pasaba el partido desgañitándose mientras el nuestro admiraba el color de su nueva guayabera. Salvo una queja de un posible penalti a Ramos en el minuto 22 y un arreón del propio Ramos en el área contraria, el primer tiempo fue italiano. Y a Italia, y eso nos lo enseñaban en los libros de historia, no se le puede dar ventaja. Chiellini marcó gol y la segunda parte a contemporizar, mientras que los nuestros, con la pólvora mojada y un Adúriz confundido, pensaban en la ducha y las vacaciones. Hasta hace cuatro años, España era fiable. Hoy, vuelve a ser España.

(*) José María Mijangos es escritor.

• La Eurocopa 2016, en directo.

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