El velo, un arma cargada de deseos

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Viajé durante años por Marruecos, un país musulmán, ¡y doce años más he vivido allí! Y puedo asegurar que el asunto del velo no es baladí; de hecho, su uso en el país vecino, con no ser obligatorio, se ha extendido tanto en los últimos años que son muy pocas ya las mujeres que no lo utilizan. He discutido durante horas y horas con musulmanes sobre éste y otros temas y al final, creo haber llegado a comprender qué significado tiene el velo y por qué, en mi opinión, debería restringirse su uso en el espacio público de un país democrático.

Aunque está claro que éste, como otros muchos temas, en Occidente, invitan al debate y al equívoco. El relativismo cultural que tan a gala tiene y ha exhibido Europa en las últimas décadas a la hora de comprender, aceptar y justificar a todo el mundo —después de haber esquilmado, dicho sea de paso, a dos tercios del planeta y a mil pueblos con un discurso etnocentrista y unas políticas agresivas y colonialistas—, lleva ahora a los europeos a tratar de aceptar lo que en países como Holanda, Bélgica o Francia, parece que ya resulta inaceptable. En Francia llevan veinte años discutiendo sobre si el velo debería o no estar permitido en las aulas. En España, sin embargo, acaba de abrirse el debate hace unos años y no parece que vaya a servir de mucho el ejemplo de los países vecinos; se prefiere “aplicar método propio” a seguir su ejemplo. A ver qué sucede.

De ahí ese bandazo (y la sorpresa) del Gobierno, al pasar de defender a ultranza la ley de Educación para la Ciudadanía, por ejemplo, a colegir que “bueno, lo del velo no va mucho más allá de... Como en el caso de un cristiano, cuando lleva un crucifijo”. Más o menos. De pronto, una vez más, surge ese relativismo cultural a ultranza y la amenaza consiguiente sobre las conquistas individuales, sociales y democráticas de nuestra sociedad.

Y es que, discutir sobre el velo, significados e implicaciones del mismo, es como hacerlo sobre el sexo de los ángeles o sobre la Semana Santa... O sobre tantas otras cosas que, por ser poliédricas, cada cual, faltaría más, puede mirar desde un punto de vista particular y por el lado que más le interesa. Y así resulta que todo el mundo se aplica a defender “a muerte” su postura que, ¡cómo no!, le parece razonable, aceptable y, por qué no, también fácilmente asumible para el resto de mortales.

Dicho esto, y en lo tocante al velo, el problema, a mi entender, se asemeja a una cebolla: un núcleo con muchas capas. Y es a estas capas —cada cual elige la que más le conviene para armar sus argumentos— a las que la mayoría de la gente se adhiere: ¿por qué no puede ir a clase una alumna musulmana cubierta con el hiyab, se preguntan muchos, mientras argumentan de la mano de la libertad individual, igual que lo hace una niña cristiana que lleva al cuello su crucifijo, el niño la camiseta de su equipo de fútbol favorito o el alumno judío la kipá? Otros, en cambio, eligen la capa de la cebolla del “derecho a la educación” y desde ahí proclaman, también a favor o en contra según convenga y la ideología que profesan, sus razones y argumentos para defender o demonizar el velo. En fin, discutir sobre el velo por discutir, sin esforzarnos por llegar al fondo de la cuestión, puede que nos lleve a no resolver jamás este problema, salvo cuando la catástrofe que algunos ya presienten, precipite medidas drásticas que, a buen seguro, perjudicarán entonces a todos, sin distinción de razas ni culturas, y, en particular, a la paz y convivencia en Europa.

Lo primero que conviene dejar claro, creo yo, es que, si Europa, España, se han dotado de un sistema democrático, es para acatarlo. A él debe el ciudadano ajustar su comportamiento social. Nadie niega, pues, que las normas que establece la democracia son las que se han de cumplir, ni tampoco que éstas puedan variar con el tiempo en función de lo que propongan las mayorías y dentro de los cauces legales. En este marco, una de estas normas, para nosotros ya fundamental, es la igualdad entre los sexos. Y aquí es donde creo yo que cabe hacerse una primera reflexión a fondo sobre el velo. Porque esta prenda, se diga lo que se diga y se mire como se mire, es anterior a toda religión y su aparición se debe, casi con toda seguridad, a una decisión de no se sabe qué hombre u hombres, de obligar a una mujer, primero, y después al resto, a cubrirse lo más posible (cabeza, rostro, etc.), para no ser molestada o deseada por otros hombres. Es decir, el velo significa, antes que nada, opresión para la mujer; discriminación; es un arma que humilla y menoscaba su libertad. Por lo tanto, de entrada, debería suprimirse su uso en el espacio público, al menos hasta que ésta, la mujer, libre ya y consciente de su libertad y sus derechos, decida ponérselo, si así lo desea, como un adorno más o por los motivos que le dé la gana. “Como si decide ponerse una maceta en la cabeza”, argumenta, en este sentido, la escritora Ruth Toledano. Y estoy de acuerdo. Pero hasta que esto llegue, ¡y en el ámbito del mundo musulmán ni siquiera se vislumbra esa posibilidad! deberá ser eliminado del atuendo femenino, al menos en el espacio público que los sistemas democráticos amparan. Porque es en este contexto —en el del sometimiento y humillación de las mujeres, y que se remonta al origen de los tiempos, no se olvide— en el que debe abordarse el problema, insisto, y desde ahí intentar su solución.

Un segundo argumento que viene a echar más leña al fuego, y que, sospecho que para Occidente resulta muy difícil de aceptar porque aquí el cristianismo (cultura a la que pertenece mayoritariamente Europa) ya no es tan beligerante ni impone sus argumentos de conquista como antaño, es el que tiene mucho que ver con “el uso” del velo como arma político-religiosa. Después de haber vivido en un país musulmán, no me quedan dudas de que en un elevado porcentaje (no sé si cerca ya al 100%), la condición de musulmán en los hombres impone, impone sí, a las mujeres de esta religión el uso del pañuelo.

Y cabe recordar aquí unas palabras que leí hace unos días en un artículo de Sara López en El Diario de Sevilla, profesora del IES Camilo José Cela de Pozuelo de Alarcón,  hoy famoso en toda España por haber prohibido a Najwa Malha, 16 años, llevar el velo en clase. Escribe López: “S., que no llevaba pañuelo, vino un día a clase con él; a todos nos extrañó. Se mostraba a la defensiva e insistía, ante mis preguntas, que ‘se lo ponía porque quería’. Hasta que unos días después estalló y me confiesa, entre lágrimas, que se lo había tenido que poner ‘porque no soportaba más los insultos que recibía de sus compañeros marroquíes de instituto, ni el vacío que le hacían sus amigas, también marroquíes, por no llevar pañuelo”. Esta es la cuestión: llevar pañuelo o no en el instituto, no es como ponerse una cruz en el pecho e irse luego de fiesta, significa, entre otras cosas, no hacer teatro con los compañeros, evitar la gimnasia, no relacionarse con normalidad con los chicos, ir a la playa y bañarse con chilaba... Significa, ni más ni menos, que renunciar al mundo occidental en el que vives, e irse preparando, de paso, para no entenderlo nunca ni, probablemente, aceptarlo.

Que luego hay quien argumenta que a ella no la obliga nadie a ponerse pañuelo, no lo dudo. Que en el campo es una prenda recurrente y sencilla que resuelve no pocos problemas a la hora de salir a la calle, también lo acepto. Que hay mujeres musulmanas que lo utilizan como rechazo a lo occidental solamente, tampoco lo dudo. Que hay, asimismo, otras mujeres libres en el Islam que en un momento dado se lo ponen como un simple complemento de su atuendo, también lo reconozco y entiendo. Fátima Mernissi, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2003, sintetiza, sin duda, todos o parte de estos pensamientos. Pero ella es la excepción. Lo frecuente, lo que ningún observador puede negar es que hoy el velo, en el ámbito del Islam es un instrumento que da identidad religiosa, que identifica a quien lo lleva con un grupo determinado, que oprime y constriñe el comportamiento de miles de mujeres que no se atreven a salir a la calle sin él puesto por miedo a los insultos, amenazas y a otras coacciones, como escribe Sara López. Conozco ejemplos yo también; decenas de ellos. Ejemplos de mujeres profesionales, con formación universitaria, que han tenido que ceder a la presión del entorno y, en contra de su deseo, ponerse el velo.

La amenaza para la conquista de libertades individuales, derechos civiles y de igualdad en Occidente no es que una niña o adolescente musulmana lleve velo o no, sino que su uso vaya más allá del simple gesto de ponérselo, que es lo que está ocurriendo. Por eso no es lo mismo llevar un velo que un crucifijo, una camiseta de un equipo de fútbol, señalarse el rostro con un piercing o adornarse con una gorra de béisbol. No es lo mismo porque detrás del velo subyace una actitud beligerante hacia lo que no es musulmán y una estrategia de dominio, represión y sometimiento con quienes lo utilizan. Y si no que se lo pregunten a Fadela Amara, autora de Ni putas ni sumisas, o Ayaan Hrsi Ali, ex diputada holandesa (citadas con acierto por Carmen Gurruchaga en este mismo periódico). Estas dos mujeres, musulmanas, consideran el velo, entre otras cosas, un elemento represor, que debería estar prohibido.

Así pues, lo que procede es reforzar la democracia. Crear un marco sólido laico en el que ni una de las conquistas de igualdad logradas hasta ahora, insisto, se menoscabe. La igualdad entre hombres y mujeres debe ser un bien supremo a proteger. Como escribía hace unos días en El País, Fernando Savater, “las instituciones deben ser escrupulosamente laicas para que las personas puedan profesar la religión que prefieran o rechazarlas todas”.  En resumen, el velo, con toda seguridad, es un arma cargada de deseos... De deseos masculinos, sobre todo. Deseos de los hombres de someter a las mujeres, de ocultarlas, de utilizarlas, de exhibirlas como banderas de un proyecto político religioso que por ahora, no se sabe hasta dónde va a llegar. La Democracia, con mayúsculas, debería tomarse en serio estos argumentos. Entre tanto, el debate sigue.

10 Comments
  1. Eulalio says

    Me parecer muy lúcido su argumento en contra del hiyab y muy esclarecedor el análisis de las otras posturas.

  2. José María says

    Sólo un par de dudas sobre tu postura y sin ánimo de polemizar, Joaquín:

    ¿Sometimiento es igual que humillación? Porque está claro que existe una intención inicial de sometimiento en la existencia del velo, pero no tengo claro lo de la humillación. Todos los días nos sometemos (a las normas de nuestro trabajo, las leyes de tu país, etc.) pero no siempre debe de significar que existe una humillación.

    Y dos, trasladando el problema un poco más allá de la escuela, la Universidad también es un espacio público y allí las monjas, otra forma de sometimiento (¿y humillación?) pueden asistir con hábito y con su cabeza cubierta ¿Le importa a alguien?

  3. David says

    Para Jose María:

    Yo también llevo varios días haciéndome la misma pregunta: ¿Y las monjas? Es decir, si se prohíbe el uso del velo en espacios públicos, ¿se prohibiría también la indumentaria que llevan las monjas?
    A ellas también les cubre todo el cuerpo, excepto el óvalo de la cara y las manos.

    Y la ley se refiere a situaciones generales, no a particulares del tipo: se prohíbe el nyqab en zonas públicas. Estoy confuso a este respecto.

  4. Joaquín Mayordomo says

    Sin ir más allá de la mera disquisición filosófica, y sabiendo que no soy filósofo, pero reflexionando sobre los términos «sometimiento» y «humillación», es verdad que no significan lo mismo, pero creo que en todas aquellas mujeres que perciben el velo como una imposición…, sometimiento y humillación sí van de la mano.
    En cuanto a lo de las monjas, la Universidad y demás, hay un matiz importante que siempre insisto en destacar porque es en él dónde desde Occidente se ve más confuso. En la sociedad occidental creo que, aunque con dificultades, se ha desgajado ya, en cierto modo, lo que sería cultura religiosa de cultura laica, sociedad civil de sociedad religiosa, ámbito religioso de ámbito civil o ciudadano, en el sentido, esto último, que la Ilustración nos propone. Es decir, cuando me encuentro a las monjas por la calle que pueblan mi barrio (de dos en dos y con frecuencia) las miro y, aunque me chocan, no las temo porque sé que hoy ya no van a perseguirme con la cruz y la espada; se dedican a sus cuentos y asuntos varios (por supuesto, con afán de “catequizar”), pero sabiendo, ellas y yo, ellas y la sociedad, confío, que nuestros caminos pueden ir paralelos sin la necesidad de hacernos daño unos a otros.
    En cambio, cuando me encuentro a una adolescente, joven o mujer cubierta con un pañuelo, sé que frente a mi tengo a una persona que pertenece a un movimiento que rechaza esta cultura en la que vivo, es intransigente con ella, y la combatiría si llegara el caso… Y ese movimiento (en el que milita esa persona velada) se reafirma cada día que pasa en su credo. Por supuesto que pueden haber, como creo que queda claro en el artículo, mujeres YA LIBERADAS que utilizan esa prenda o ese uniforme, bien por estética, bien por necesidad, bien por “darle a Occidente en las narices”.
    Sé que en Occidente cuesta, con nuestro relativismo cultural y nuestro etnocentrismo de siglos, entender que hay sociedades diferentes a la nuestra, con otras escalas de valores y creencias. Y que, mientras aquí Dios y sus representantes existen casi a la carta… Allí Dios y Alá son principio y fin.

  5. celine says

    Creo que en Marruecos -corríjanme si yerro- las mujeres nunca han llevado «hiyab» sino otro tipo de tapujos tradicionales. Desde hace muchos años, las jóvenes han conseguido zafarse de esos tapujos con mucho esfuerzo frente a sus compatriotas masculinos que siguen siendo muy «moros» (como algunos de los nuestros). Pero, sobre todo, el velo islámico es una imposición que viene directamente de Arabia Saudí y de los poderosos «wahabíes», que no son monjitas precisamente. ¿Me equivoco, Joaquín?

  6. Bauer says

    Respecto a las monjas, el velo, y demás, personalmente, si yo estuviera en el 1430 (como estan los musulmanes ahora) también me darían miedo las monjas de la epoca…si nadie hace nada, a lo mejor en 600 años problema resuelto… (irónico) Saludos

  7. jabravo says

    Un país que obliga al 90% de los niños a inscribirse en la secta católica no puede ir dando lecciones de libertad religiosa a nadie. Cuando nos quitemos de encima la pesada losa del nacionalcatolicismo (la religión más genocida que ha habido en la Historia de la Humanidad) seremos libres para decirle a los demás lo que deben o no hacer con sus símbolos religiosos. Mientras sigamos financiando con 6.800.000.000 euros a la iglesia genocida y pederasta de Ratzinger, debemos tragar con velos, kipás y lo que venga o seremos unos hipócritas. O tolerantes o radicalmente laicos: las medias tintas son signo de una sociedad abiertamente xenófoba.

  8. Paco says

    Aparte de mil matizaciones, para mi las Monjas son un caso distinto:
    Una monja es monja VOLUNTARIAMENTE.

  9. celine says

    ¡Pero, hombre-mujer jabravo! ¿De dónde sacas que la católica es la religión más genocida de la humanidad? Sería buena cosa que contuviéramos algo el verbo: el estilo mejora.

  10. Nora says

    Creo que hay un grave error desde el comienzo de este análisis que se hace sobre el uso del Hiyab; Marruecos es un país que lleva siglos confundiendo y mezclando cultura y tradición con religión y aquí es donde está el problema, los motivos que llevan a esa mujer a ponerse un velo. Si lo hace por motivos religiosos citados en el Corán porque realmente cree que Allah así lo ha querido, y está dispuesta a asumir esa responsabilidad estaría actuando exactamente como una monja, en cambio si lo hace por la presión de fulanito o menganito estamos ante una situación completamente diferente e inaceptable. El islam no obliga, sino que da opciones que tu puedes elegir o no según tu fe. No es tan complicado pero hay ciertos ignorantes por ahí que confunden como ya dije antes tradición con religión e incorporan nuevas tendencias e ideas a una religión y se dan por buenas cuando lo cierto es que no se puede obligar a nadie a hacer nada. Yo soy musulmana europea así que me parece absurdo combatir la tierra en la que he nacido, crecido y en la que hoy día sigo viviendo. Llevo el hiyab desde hace un año y medio aproximadamente y no es para molestar a nada ni sueño con la destrucción de occidente. Respecto al hiyab la mayoría sucumbe en un grave error que es el de creer que todas las mujeres que llevamos hiyab somos iguales lo cual es imposible somos mujeres diferentes con personalidades diferentes, metas, deseos, objetivos e incluso ideales políticos distintos. No somos autómatas creados a partir de una misma maqueta. En cuanto a niñas con hiyab pues estoy en contra, el propio islam no dice nada de que una niña deba llevarlo, es más se recomienda su uso después de la pubertad es decir cuando ya eres «mujer» pero si no crees no te lo pones nadie puede ni debe obligarte es como si no eres musulmana, cómo vas a obligar a una no-musulmana a llevarlo si no cree en el hiyab. Pasa lo mismo con chicas musulmanas que a lo mejor su fe no es lo bastante fuerte como para ponerse hiyab o no se lo ponen por otros motivos personales (porque consideren que para ellas no es necesario llevarlo…¿quién soy yo para juzar a nadie?) Lo que hay que combatir es el machismo y esas ideas erróneas sobre el hiyab en el mismo colectivo «musulmán» y lo pongo así porque muchos de ellos dejan mucho que desear como musulmanes que dicen ser.

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