Operación Hostal

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Imagen del establecimiento donde están alojados los ex presos cubanos. / Fotos: Antonio Ballesteros

En el hostal Welcome se negocia contra reloj. El pasado viernes, Agustín Santos, mano derecha del ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, mantuvo una  intensa reunión con los once ex presos  de conciencia cubanos que, desde la semana pasada, residen en  nuestro país y, hoy lunes, acabará de atar los cabos que permitan que este hotel de transeúntes sin papeles reciba a más.

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Localizar el hostal Welcome no es tarea fácil. Situado en un polígono industrial en las afueras de Vallecas, su lejanía se acentúa cuando, por fin, logras acceder a él. El edificio, blanco y gris, se corona con un cartel que anuncia habitaciones por 13,90 euros, pero sus huéspedes –inmigrantes en situación irregular–, son, en su mayoría, “invitados del Gobierno” hasta que solucionen su situación jurídica. Lo rodea, a la derecha, una fábrica de carnes y a la izquierda, una de plásticos. Enfrente, una nave en construcción. Igual que el futuro de sus moradores. Este hostal ha sido el elegido por el Gobierno para alojar a los once ex presos de conciencia cubanos que llegaron la semana pasada a nuestro país junto a sus familias. En total, 77 personas a la espera de una nueva vida.

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Una nueva vida a expensas de las negociaciones con el Gobierno español. El pasado viernes, se produjo el primer encuentro. A las seis de la tarde, el coche de Agustín Santos aterrizaba en el paraje vallecano. La reunión se presentaba caldeada. En los ánimos de unos, firmeza. En los de otros, rebelión. “Están a punto del motín”, señala uno de los muchos cubanos que se han acercado al hostal para prestarles apoyo y los objetos básicos de los que carecen. “Vengo de comprar una bañerita para el bebé”, cuenta. Hasta ahora, lo bañaban en el lavabo público que comparten por igual hombres y mujeres en la planta baja. Pero no todas las voluntades están igual de fuertes. En otros presos predominan las miradas vacuas y ausentes de vida, fruto del calvario y sufrimiento que han dejado atrás. Pendientes de su futuro y rehuyendo su pasado. Un sentimiento flota en el ambiente; el de haber sustituido unas rejas por otras, aunque en mejores condiciones de salubridad e higiene, pero prisioneros al fin y al cabo.

Yarai (izda.) y Blanca Rosa, esposa y madre del ex preso de conciencia Normando Hernández, en la cafetería del hostal.

Su situación, dice Julio César Gálvez , otro de los presos, es un paso a la liberación de todos los presos políticos pero no es suficiente. Blanca Rosa González, madre de Normando Hernández, periodista condenado a 25 años de prisión por ejercer su libertad de expresión, y recién llegada de Miami para ver y abrazar a su hijo, por primera vez en siete años, asegura tajante que “no creen en el avance, ni en la apertura, sino en las elecciones libres”. La negociación no será fácil. Tanto ellos como sus familiares conocen sus derechos y están dispuestos a defenderlos.  “No somos inmigrantes ni delincuentes. Hemos sido deportados”, repiten uno a uno. “Todavía no sabemos en qué condiciones han venido. No han firmado nada: ni si les han levantado la condena o se les ha amnistiado. Ninguno ha firmado su libertad y el que no ha querido venir a España, se ha quedado en la cárcel”, añade Blanca. La mujer tiene un objetivo: llevarse a su familia a Miami, donde reside. Les han dicho que, de momento, el próximo viaje será a Cullera, Valencia. “Todos tienen visado; deberían ayudarme a agilizar los trámites y no llevárselos a otro sitio que tampoco conocen”, exige.

Normando fue uno del grupo de los 75 presos arrestado en la Primavera del 2003 por escribir y denunciar la violación de los derechos humanos. Su madre ha recorrido medio mundo para dar a conocer su historia y conseguir que abrieran su reja. “He tocado todas las puertas y me entrevistado con todo tipo de gente, algunos muy poderosos. Ya me quedaba poco por intentar, pero nunca claudiqué. Normando me lo decía desde la cárcel: tenemos que vencer o morir. No hay otra opción”, cuenta. Junto a ella se sienta, Yarai, su nuera, vestida de blanco como símbolo de su pertenencia al movimiento cívico Damas de Blanco. Se mueve enérgica, pero sus ojos, casi negros, reflejan cansancio. El viaje, las entrevistas, las reuniones…empiezan a hacer mella. Y Daniela, su nieta de 8 años. Yarai apenas ha tenido tiempo de conversar con su marido. Asegura que lo que él decida está bien. “Será una decisión bien tomada”. Como otras mujeres ha sostenido a la familia de un preso político en la lejanía, en la soledad y soportando el 'asesinato' lento, sutil y premeditado del encarcelado. "Lo único que logran es reafirmarme cada día más en mis convicciones y principios", dice.

La orden de detención de Normando debía ejecutarse el 22 de marzo de 2003. El se sentía vigilado y días antes comentó a su familia que “debían estar preparados porque iban a ir por él”. Y lo hicieron. Agentes de la seguridad del Estado entraron en su casa, “la pusieron del revés”, pero él había huido. Escondido en el patio de una vecina, esperó a que llegara, dos días más tarde, el primer cumpleaños de su hija para celebrarlo. Y lo logró. Después, encargó a una persona de confianza que avisara a comisaría para que un solo agente fuera a detenerle. “Uno sólo y sin patrullas que  no soy ningún delincuente”, exigió. El inmenso despliegue puesto en marcha los días anteriores por su casa y alrededores, más propio de un delincuente peligroso, no había conseguido capturarle. Sin embargo, él sabía que ni tenía la infraestructura suficiente ni el dinero para permanecer huyendo mucho más tiempo. “No lo habría conseguido; en Cuba cualquier vecino es tu chivato”, afirma Blanca. El juicio estaba hecho. “Nos dijeron que no buscáramos abogados, porque ya estaba condenado”. Pero lo buscaron y saber lo que les esperaba fue peor. Cuando Yarai se reunió con él, y le expuso su problema y quién era su marido, el letrado bajó la cabeza y le contestó: “lo que hay de tu hijo para arriba es un mundo, pero haré lo que pueda”. A Normando le pedían cadena perpetua y se quedó reducido a 25 años. Toda una vida.

Sin embargo, en la prisión no le sangraban sus heridas, las físicas y las marcadas por el aislamiento, sino las de su hija. La presión y los ‘actos de repudio’ eran constantes. El gobierno utilizó de sus redes para que todos se volvieran contra ella. La insultaban y la aislaban en clase y en su barrio. “Una de las peores cosas que le dijeron era que su padre estaba en prisión porque iba a poner una bomba en una clase llena de niños”, cuenta su abuela. Ella no se lo creyó y mantuvo, durante años, su confianza fiel en su padre. A cambio, tuvo que recibir tratamiento psicológico y sufre una desnutrición severa. Mientras dura la conversación, Daniela, atenta, apenas logra terminar el zumo que agarra con sus manos. La conversación termina porque deben acudir a la reunión.Antes de entrar, algunos apuntan, firmes, que lo que tienen claro es que no quieren recibir el estatus jurídico de asilados porque eso no les permitiría, aún libres en otro país, criticar el régimen del gobierno de Castro y podrían ser, de nuevo, encarcelados. “Pediremos, además, que si el gobierno quiere demostrar voluntad de diálogo que abran la reja y dejen libres no sólo a los prisiones de la primavera sino a todos los presos políticos”. A ellos no les dejaron esa opción. Su liberación se produjo con rapidez y en la oscuridad de lo que les iba a ocurrir.

Una hora después, y con el representante del ministerio fuera del hostal, ya tienen todas las cartas sobre la mesa. Los argumentos han convencido a algunos, pero no a otros. “Nos han prometido otorgarnos una situación que llaman ‘protección internacional asistida’, que les permitirá realizar actividades políticas. También nos han dicho que el Gobierno se encargará de homologar todos nuestros títulos –la mayoría son universitarios–, para que podamos iniciar una nueva vida aquí, pero ahora debemos dejar vacías algunas habitaciones para los que lleguen la semana que viene. Es un paso. Dicen también que la Comunidad de Madrid es una de las comunidades que más paro soportan y deben derivarnos a otras, como a Valencia o Málaga”, explican. Al menos, una familia decidió y aceptó en la misma reunión ser uno de los primeros en irse y, a la mañana siguiente, ponían rumbo a Málaga.

Normando sale de la reunión esperanzado. Su salud está débil. Ha pasado los siete años de prisión prácticamente en la enfermería afrontando severos trastornos gastrointestinales y una tuberculosis. Como único alimento ingiere yoghourt, pero dice que no es momento de descansar ni de callar. Deben hacerse  visibles, para que no les olviden. Yarai y Blanca, a su lado, asienten haciendo suyas las palabras de Laura Pollán, principal voz de las Damas de Blanco: “no nos sacarán de la calle si no sueltan a los presos o nos matan. A mi hijo ya lo han liberado, pero quedan otros y, Cuba, hay que liberar a Cuba”, añade Blanca. Muchos de los presos no se conocían cuando los encarcelaron. Aún, hoy, en este viaje, se estrechan manos y se ponen rostros a las historias. Pero todos juntos representan la voz de la libertad en una isla convertida en cárcel.

3 Comments
  1. Beatriz Franquez says

    Ellos ahora son los mejores embajadores que tenemos los cubanos ante las comisiones de Derechos Humanos del Mundo, ante la Union Europea y ante la Opinion Mundial. Los hechos brutales que han soportado y vivido hablan por ellos!

  2. Maria Benjumea says

    Excelente relato, Mayka. Qué gran labor estáis haciendo.

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