Vacunas, miedos, creencias, fundamentalismo y negocio

Alonzo se reúne con ministro consejero de la embajada rusa.
El ministro de Sanidad, Alfonso Alonso (izda.), y el consejero de la Embajada rusa conversan la pasada semana en Madrid sobre el tratamiento con antitoxina diftérica, llegado desde Rusia, del menor ingresado en Barcelona. / J. J. Guillén (Efe)

El diagnóstico de difteria en un niño de seis años de Olot (Girona) —todavía ingresado en estado grave en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona—, al que sus padres no habían vacunado por creer que vacunar a los hijos les acarrea más perjuicios que beneficios, ha hecho saltar la alarma entre las autoridades sanitarias españolas, que entienden que “el derecho a la vacunación es de los niños, no de los padres”, explicaba, nada más conocerse el diagnóstico, el secretario general de Sanidad, Rubén Moreno, quien calificaba, además, a los padres que piensan así de ser unos irresponsables.

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En el mundo desarrollado, siempre que un niño enferma por una causa que podría haberse evitado si éste hubiese sido vacunado, surge la polémica. En otoño de 2010 —por citar sólo un caso— un juez de Granada se vio obligado a intervenir, a requerimiento de la Junta de Andalucía, para que se vacunase a un grupo de niños contra el sarampión con el fin de atajar un brote epidémico que había surgido en un centro escolar de esa ciudad; centro en el que, precisamente, muchos de los niños escolarizados no estaban vacunados contra esa ni contra otras enfermedades, por expreso deseo de sus padres. La realidad es que hoy, enfermedades como las paperas, varicela o el citado sarampión están aumentando.

Pero ¿qué razones esgrimen estos padres —¡para ellos tan poderosas!— que les llevan a rechazar las vacunas? Pues, podría decirse, que las mismas que los que las defienden… ¡Pero dándole la vuelta! El movimiento antivacunas argumenta que las vacunas pueden causar enfermedades mentales, o que vacunarse no significa evitar la enfermedad. Pueden darse casos en los que la vacuna cause la muerte, afirman. E inciden en que los daños, según ellos, que producen las vacunas serán ya de por vida. La salud, alegan, no puede mejorar por una inyección que contiene tantas sustancias tóxicas, que, además, añaden, permanecen en nuestro cuerpo para siempre, por lo que podrían aparecer las secuelas en cualquier momento… Y concluyen: “la salud no puede venir a través de una aguja”, dicen los más acérrimos críticos de las vacunas.

La síntesis del pensamiento de los antivacunas en España, con colectivos como la Liga por la libertad de vacunación, No a las vacunas o Libre vacunación, es la “defensa” de un ser humano natural, capaz de la autosanación o, en última instancia, capaz de curarse aprovechando los remedios y recursos naturales. Que nada ajeno a él —y menos una vacuna, que no es más que una dosis de química altamente tóxica, inoculada a través de una aguja— puede hacerle bien, afirman convencidos. Algo que, seguramente, tiene mucho que ver con los miedos atávicos, los fundamentalismos y esa ‘religiosidad’ que, en el sentido más amplio, atenaza al ser humano. De hecho, a pesar de la situación de extrema gravedad en la que se encuentra el niño de Olot, la Liga por la libertad de vacunación ha emitido un comunicado en el que anima, al final, a los que están de acuerdo con el principio de ‘no vacunar’ a que se mantengan firmes en su postura.

La impresión que se tiene, tras ahondar en la postura de los antivacunas, es que sus argumentos se reducen a la negación. Negarlo todo y a ver qué sucede. Para ellos, ni las estadísticas, ni el sentido común, ni siquiera el hecho de que prácticamente la totalidad de la comunidad científica —la mayoría de los profesionales de la salud, las sociedades científicas, la totalidad de los gobiernos del mundo o la OMS— argumente, razone y demuestre, con datos objetivos, los beneficios aportados a la humanidad por las vacunas desde que se empezó a vacunar masivamente a la población, son razones suficientes para hacerles cambiar de opinión.

Frente a estos detractores que, enrocados en su fundamentalismo, alegan que no hay pruebas fehacientes de la eficacia de ninguna vacuna, están los datos objetivos. En el año 1977, la OMS dio por erradicada la viruela. La vacuna que la combate, según este mismo organismo, salva cinco millones de vidas al año. Gracias a la vacuna contra el sarampión, la mortalidad en el mundo por esta causa ha descendido un 75%. La vacuna del tétanos salva más de dos millones anualmente… ¿Y de la difteria, qué? En España, una enfermedad que acaba de revivir en Olot, desaparecida desde hace 28, cuando se diagnosticó el último caso, los datos del Instituto de la Salud Carlos III indican que en los años 60 del siglo pasado, se daba una media de 1.000 casos anuales de difteria, de los que 195 acababan en muerte. La masiva vacunación de la población supuso que el número de casos fuera decreciendo de forma notable, hasta que, en 1987, se diagnosticó el último. Bueno, y ahora el de Olot.

De modo que no caben dudas acerca de qué ha de hacerse a la hora de cumplir con el calendario estatal de vacunación infantil. Por supuesto que a ningún profesional de la salud se le escapa que pueda haber reacciones adversas, incluso algún caso grave con resultado de muerte, pero de ahí a negar las vacunas en su totalidad, va un trecho grande. Las vacunas en España, y en todo el mundo desarrollado, han reducido la mortalidad infantil prácticamente a cifras insignificantes, y en los países más pobres salvan cada año millones de vidas. Son la mejor manera de prevenir ciertas enfermedades, y un cordón de seguridad en la salud familiar y de la comunidad.

Precios desorbitados

Otra cosa es el negocio. Todo el mundo conoce el poder de la industria farmacéutica, los precios desorbitados que imponen a sus fármacos y vacunas y las presiones que ejerce sobre los Gobiernos, demasiadas veces con éxito. Pero esto nada tiene que ver con las vacunas que están contrastadas y su eficacia probada. Aunque también hay vacunas, como la del virus papiloma humano (VPH), introducida en el calendario infantil de vacunación en 2007, y que, según el catedrático de Salud Pública de la Universidad de Alicante, Carlos Álvarez-Dardet, sus efectos adversos (con casos de muerte, incluso) son muy superiores a los beneficios que aporta. En un texto recientemente publicado, invita a la población a asumir su propuesta de solicitarle al Gobierno que revise el protocolo de aplicación de la vacuna contra el VPH. Álvaret-Dardet argumenta, con gran profusión de datos, los muchos inconvenientes que tiene la implantación de esta vacuna frente a su escasa eficacia.

Es decir, una vez más nos topamos con que la verdad no es absoluta; que algunas vacunas tienen efecto secundarios, sí; que el protocolo a seguir para la dispensación de otras habría que revisarlo, también; pero de ahí a negar las vacunas en su totalidad… parece más bien un postulado de fe o capricho que una acción meditada auspiciada por la razón.