Cancelar una adopción: El caso de Netra Sommer

  • Durante diez años, Netra pidió insistentemente la firma de sus entonces padres adoptivos para cancelar su adopción. En 2020 lo consiguió
  • Espacios como InterCountry Adoptee Voices llevan desde 1998 denunciando que las personas adoptadas atraviesan una profunda crisis de identidad
  • Otro hito en los casos de adopción internacional es la denuncia de Patrick Noordoven, quien ha destapado adopciones ilegales en Brasil tras pasar diez años investigando su propio origen al ver que su certificado de nacimiento era falso

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Cuando Netra tenía dos años y medio, una pareja la hizo hija suya en un orfanato de Mumbai. Criada en Dinamarca, siempre supo que era distinta. Su piel morena contrastaba con los rostros pálidos del país escandinavo. Dentro de casa, la convivencia fue conflictiva. Hubo agresiones físicas. A los 14, la entonces adolescente intentó quitarse la vida. Cumplidos los 18, se fue de casa y denunció a su padre adoptivo. La causa fue desestimada por el tiempo transcurrido. Durante diez años, Netra pidió insistentemente la firma de sus entonces padres adoptivos para cancelar su adopción. En 2020 lo consiguió. “Tengo a mi familia elegida, que son quienes me apoyan”, nos cuenta a cuartopoder sin titubear.

Netra Sommer clava la mirada al otro lado de la pantalla. Habla sin tapujos de su situación. Con la cabeza rapada y tatuada, desafía cualquier convencionalismo. Romper cualquier prejuicio. “Soy muy danesa por dentro pero también soy muy india por mi aspecto”. Su vida, más allá de haberse desligado legalmente de su familia adoptiva, es completamente normal. Lo dice ella misma, con esas palabras, cuando iniciamos la entrevista. A sus 28 años, a falta de un mes de cumplir 29, estudia enfermería. Y hace malabarismos para organizar dos encuentros online. Uno será solo para personas adoptadas. Y otro estará abierto a padres adoptantes. “Hemos organizado grupos pequeños de diez personas donde trataremos asuntos de todo tipo”. Reconoce que hay situaciones muy distintas, y muestra alegría de que se tumbe el tabú. De que este año se hable y se escuchen voces como la suya.

Netra cuenta que no tiene relación con su hermana menor, también adoptada. Y advierte con honestidad a quien se plantee lo mismo que ella que valoren las consecuencias que tendrá en sus vínculos emocionales. En su caso, la medida la sentía inevitable: “Realmente hace tiempo que no tenía contacto con mis ahora ex padres, así que estoy bien”. De hecho, fue una de las personas de su círculo de confianza quien recogió sus cosas de la casa de sus ex padres, a pesar de que estos exigían verla. Móvil en mano, Sommer se prepara para salir y continúa la interacción pasando de casa a la calle. “Mi gran meta es buscar a mi madre en India”.

Netra Sommer, de pequeña. / Cedida

Su historia podría tomarse como una anécdota aislada. Un hecho extremo. Sin embargo, espacios como InterCountry Adoptee Voices llevan desde 1998 denunciando que las personas adoptadas atraviesan una profunda crisis de identidad. Y sufren racismo dentro y fuera de sus familias. Cuestionan las dinámicas políticas, sociales y económicas que permiten las adopciones internacionales. Hablamos con Lynelle Long, su fundadora, una de las primeras adoptadas de Vietnam en los años 70 en Australia. Long ha participado en un encuentro en La Haya en representación de las voces de adoptados. Y también se la ha tenido en cuenta en el Departamento de Estado de Estados Unidos, uno de los dos únicos países no suscritos al Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas.

Con 20 años de recorrido en reivindicar a los adoptados, Long es clara: “Tenemos que reconocer mundialmente el derecho fundamental de conocer nuestra identidad, sea en adopciones o en sistemas alternativos de formación de familias como la gestación subrogada.” En realidad lo que comenta Long ya existe: el artículo 21 de la Convención de los Derechos de la Infancia prioriza las necesidades del niño y fija la adopción internacional como el último recurso una vez agotadas todas las vías del país doméstico. Y tal y como apunta Arun Dohle, director ejecutivo de la ONG Against Child Trafficking, habría que revisar por qué se automatiza la adopción de niños con necesidades especiales. “Que un niño tenga un labio leporino no significa que tengamos derecho a exportarlo sino que tiene que tener acceso a servicios sociales”, comentó Dohle en un debate celebrado en 2015. Esta idea de cierto trasfondo de mercantilización la respalda Anne O’Donogue, especialista en derecho de inmigración, quien admite que se dan fenómenos de exportación e importación.

El ocaso de la adopción internacional

Lynelle detecta además paralelismos entre la adopción y el auge de los vientres de alquiler. Una maternidad o paternidad a costa de los cuerpos y vulnerabilidad económica de otros. Casi a la carta. Lo cierto es que sí hay una cierta unión entre estos hechos. Por un lado ha habido una caída drástica en las adopciones entre países a nivel mundial. De 2004 a 2014 el país líder adoptante, Estados Unidos, ha pasado de 22.884 casos a 6.441, esto es, un 72% menos, mientras que en España el desplome ha sido del 85%. Un motivo son los escándalos por tráfico de niños, las agencias de adopción con gestiones turbias que quedan impunes, las prácticas de estafar a padres que firman sin saber realmente a qué renuncian y a todo ello se une el simbolismo de la infancia como mensaje político. China, por ejemplo, ha endurecido sus requisitos y ha priorizado la demanda doméstica para reafirmarse como potencia.

Por contraste, la adopción nacional no responde a la demanda de posibles padres, al haber una mejor prevención sexual y menor estigmatización de las madres solteras, así como niños de más edad a la preferida por los solicitantes. De ahí que se haya recurrido a países menos regulados en adopción en África o al llamado vientre de alquiler, nada regulado a nivel internacional y que deja casos que escuecen como Bridget, una bebé abandonada por sus padres biológicos en Ucrania al rechazarla por tener necesidades especiales.

Lynelle Long. / Cedida

Si Netra Sommer personifica tomar acciones legales a nivel individual, Lynelle Long ejemplifica la toma de acciones colectivas a nivel global. “Mi esperanza es que los niños del futuro no tengan que perder a sus madres, padres, familiares, cultura, país y lenguaje para estar a salvo”, afirma. “Emocionalmente el precio es demasiado alto y el mundo necesita prevenirlo”. Lo cierto es que salud mental y adopción son dos hechos que aún carecen de datos oficiales pero que, según Long, se dan. Desde su plataforma visibiliza que el 8 de enero hubo seis suicidios de adoptados internacionales. Por otro lado, también caben avances, como el hecho de que Suiza haya reconocido las adopciones ilegales en Sri Lanka en los 90. O cómo Bélgica facilitará un servicio de búsqueda a los adoptados, una opción que durante dos años Long consiguió que financiara el Estado y que ahora aspira a recuperar para la comunidad.

Otro hito en los casos de adopción internacional es la denuncia de Patrick Noordoven, quien ha destapado adopciones ilegales en Brasil tras pasar diez años investigando su propio origen al ver que su certificado de nacimiento era falso. Lo cierto es que no solo la adopción internacional ha ido perdiendo defensores institucionales y gubernamentales, sino que entre los propios padres adoptantes empieza a haber noción de lo que sus deseos desencadenan, sean ellos conscientes o no. Jessica Davis se dio cuenta de que la historia que le contó la agencia de adopción y la que compartía su hija adoptada no era la misma. De hecho, la pequeña no era huérfana ni venía de un hogar disfuncional. Su madre en Uganda la esperaba desesperada.

La histórica Operación Babylift fue una reacción de deber moral: salvar a miles de niños en Vietnam en 1975. Miles de ellos fueron evacuados y adoptados en Estados Unidos. Más tarde se supo que dejaron atrás a padres que no supieron nunca más de ellos. Lo cierto es que el debate en torno a la adopción se suele enrocar en un mismo asunto que mencionan ambas partes: el bien del niño. Hay quienes creen que el que los países más desarrollados con problemas de fertilidad, envejecidos, compartan recursos dando mejor educación y futuro a los niños es un acto solidario y generoso. Y hay quienes inciden en el coste emocional y cuestionan si es un acto libre de egoísmo. Y si no sería mejor posibilitar la crianza del niño en su propio entorno, con referentes de su misma piel y con allegados. Si por ejemplo esta buena intención ha podido tomar forma de otros modos como el apadrinamiento financiero de huérfanos españoles en los años 30 o el apoyo a niños japoneses nacidos de soldados australianos durante la ocupación británica, ¿por qué ahora se naturaliza la adopción como casi una única opción o la más correcta y práctica? En esto influye su popularización después de la Segunda Guerra Mundial y campañas como la de Eleanor Roosevelt, así como una idealización del concepto de familia, especialmente acentuada en los entornos adoptivos.

Una realidad múltiple y global

Se da además la situación de que al abordar adopción internacional y adopciones transraciales -padres adoptivos de una etnia distinta a la de la persona adoptada-, a nivel legal y global las situaciones son muy dispares. Mientras que Netra Sommer ha podido cancelar su vínculo legal, no en todos los países se puede. Esta falta de uniformidad tiene a veces efectos dramáticos. En países como Estados Unidos la nacionalidad no la da ser adoptado, sino que hay que nacionalizar al pequeño. A Adam Crapser su familia adoptiva, que le agredió junto a otros niños también adoptados, no rellenó bien el formulario H3, que le nacionalizaba estadounidense. Durante su juventud tuvo problemas con la justicia. Y a los 41 años, con su vida redireccionada y dos niñas a cargo, quiso realizar un trámite y supo de su irregularidad. Al tener un registro de delitos, su salida del país fue automática.

Otras personas, como Kara Bos, combaten en sus países de nacimiento. En su caso, reclamó a su padre biológico reconocerla con la idea de poder localizar a su madre biológica a través de él. Es decir, no solo la persona adoptada lidia con la situación en sus países de crianza sino también el reencuentro puede suponer otro momento de dolor y confusión.

David M. Smolin, experto en adopciones internacionales, bioética y biotecnología, está formado en Derecho Constitucional reproductivo, derecho de familia y juvenil y derecho y religión. Padre adoptante de un niño que fue víctima de una trama ilegal, aboga abiertamente por detener esta práctica: “Sé que es controvertido decir que paremos la adopción internacional, sobre si esto perjudicará a los niños”, comenta. “Mi respuesta es que más niños serán protegidos que dañados”. Y expone un paralelismo quizás más familiar al lector: “Una monja católica me dijo en una de las entrevistas que le había quitado el hijo a una mala madre. No es lo correcto aunque pensara que sí.” Pamela McRae, madre adoptiva estadounidense de un hijo mestizo en 1974, de ascendencia asiática y afroestadounidense, también rompe una lanza a favor de este mensaje. Y confiesa que era ingenua al pensar que el amor bastaría. “Mi hijo tuvo que decidir si ser negro o blanco”, dice, “ahora se ha unido a la comunidad afro y no está solo”. Otra madre adoptiva australiana, Coleen Clare, señala que hay rechazo en las familias adoptantes en admitir que se necesita apoyo y en que el niño ha sufrido un trauma al haber sido arrancado de su entorno y sufrir una pérdida irreparable. En España, madres adoptivas como Elena Elosegi comienzan a hacerse eco de estas preocupaciones. Consultada por este medio, insiste en que no le corresponde hablar sino ceder el espacio a las propias personas adoptadas.

Es también interesante conocer el trabajo de Patricia Fronek, doctora en Filosofía que ha investigado sobre el tema. Fronek señala los problemas sistémicos detrás de que los niños lleguen a la adopción. “Si los recursos los destinamos a la comunidad muchos cambios sucederían”. Y pone en valor no sólo los lazos sanguíneos, sino también las relaciones de amistad y pertenencia. “Muchos adoptados adultos lloran cuando ven vídeos de a quienes dejaron atrás”. En España el reencuentro de Sara y Alejandra, quienes estuvieron en el mismo orfanato 17 años después, ejemplifica lo que dice la también formada en trabajo social.

Inés y Ana, españolas con ojos rasgados

Netra Sommer, Lynelle Long y otros muchos más testimonios tienen un recorrido sostenido en el tiempo de reflexionar a nivel íntimo y social sobre quiénes son, qué papel ha tenido el ser adoptadas y exponerlo abiertamente para generar debate. En España iniciativas de pensarse como las suyas están empezando ahora. Un ejemplo es Antirracismo Asiático, que aborda desde un tono de diálogo el racismo que sufren las personas de origen chino.

Inés Haixun Herrero Gómez, de 22 años, es una de las impulsoras de esta cuenta de Instagram que nace con la meta de ser un espacio donde conectar con más adoptadas y también de concienciar a la sociedad española, explicando cómo expresiones aparentemente inocentes como “ir al chino” son racistas al alimentar el prejuicio y la otrerización. “Cargamos con problemas raciales que nadie nos avisó”, señala. “Es muy difícil señalar racismo intrafamiliar porque se sienten atacadas u ofendidas, creen que ‘exageramos’ y aunque están de acuerdo en que los insultos y las agresiones físicas son inadmisibles, cuando les señalas a ellos algunas actitudes o expresiones, no lo aceptan”. Cree que el camino en España es saber que nadie es consciente de esta realidad. Y matiza: “El problema es cuando se señala y hacen caso omiso o invalidan tus quejas.”

Muchos adoptados y testimonios consultados señalan que se vive una especie de duelo, el de la pérdida de una vida irrecuperable. Ello provoca que muchos no detecten o vocalicen sus experiencias por miedo a otro abandono, el de su familia adoptiva. El constante recordatorio de que son hijos buscados de países con menos recursos les limita a un solo rasgo emocional: el agradecimiento. Se da, además, un conflicto de lealtad: si una persona adoptada reclama sus orígenes su familia adoptiva puede sentirse traicionada. Todo ello silencia necesidades propias, sea que los propios sujetos se censuran o creen que hablar será mal recibido. Son menos aún quienes adoptan una postura no solo de resistencia, sino de lucha política. Esto es, de cuestionar qué países dan niños y cuáles reciben por herencia colonialista. De señalar si se replica con la infancia  un sistema de consumo capitalista y si hay cierta exotización de los niños al poder elegir raza. Una de las voces que reivindican verdad y reparación en España, que abre debate sobre las razones sistémicas, es Anne Cathe, criada en Francia y establecida desde hace años aquí, quien ve simplista y hasta cierta tutela en apelar a sentimientos o al escudo moral.

Ana Lin Juárez Turégano cree que para su familia adoptiva no hablar de ciertos temas hace que no existan. Se siente apoyada en su antirracismo pero que no suele ser un tema abordado proactivamente por sus allegados. “Solo lo viven a través de mí”. Resume su sentir en un continuo conflicto por la xenofobia interiorizada a lo largo de su crecimiento. Y lo expresa en esta frase: “Es un combate entre querer pertenecer a una comunidad y rechazar una parte de mí.” Para ella, su mensaje a otras personas que se sientan reflejadas en lo que dice es este: “Lo importante es sentirse bien con una misma y encajar no te va dar la felicidad siempre.”

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1 Comment
  1. Ángela says

    Magnífico artículo, Susana. Te felicito. Un saludo,

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