¿Acaso nadie sabía lo que pasaba en Túnez?

Manifestantes el pasado 14 de enero, en Túnez (Túnez), luego de que el presidente Zine El Abidine Ben Ali se dirigiera a la nación, antes de abandonar el país y el poder en medio de protestas violentas en las calles. / Lucas Dolega (Efe)

Un mes de revuelta. Huida a escape del dictador. Se anuncia una transición a la democracia. La comunidad internacional hace un llamamiento para que sea pacífica. La cadencia de acontecimientos deja en el aire preguntas sin respuesta.

¿Dónde estaba o en qué pensaba esa “comunidad internacional”, tan preocupada ahora por que la transición sea pacífica, cuando se sucedían las algaradas contra el poder dictatorial? Más: ¿Dónde estaba esa misma comunidad en los larguísimos años en que Túnez ha sido un estado autoritario, represor de las libertades y pozo de corrupción?

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A poco que miremos atrás constatamos que los países de esa “comunidad internacional” más próximos a Túnez han pasado décadas haciendo la vista gorda ante lo que allí se sabía que sucedía. En esos países (Francia, Italia, España y, cómo no, Estados Unidos) se ha apoyado y apuntalado con lo que hiciera falta al régimen tunecino desde hace décadas.

Y el caso tunecino no es único, sino solamente paradigmático de la cínica política exterior europea, estadounidense y de Naciones Unidas en relación con el Magreb. Durante años, el régimen de Habib Burguiba del que es heredero mimético el ahora caído de Ben Alí, fue mimado por Occidente como exponente de una cierta modernidad frente al nacionalismo autoritario socializante no alineado de Argelia y a la monarquía occidentalista igualmente autoritaria de Marruecos.

Era Túnez paradigma de lo aceptable por contraposición a los dos estados que se alineaban frente a frente en el Sahara Occidental y los bloques de la guerra fría por medio, y como mal menor ante los dislates ultranacionalistas del coronel libio Gadafi.

Así se mantuvo interesadamente y desde Occidente la buena imagen de Túnez, el “país árabe liberal”, incluso bastantes años después de que Zin el Abidin Ben Alí sustituyera por las malas a su mentor Habib Burguiba tras haber sido su escudero privilegiado.

Caído el Muro y acabada la división clásica de bloques, el surgimiento islamista argelino, una década antes del 11-S, sirvió de nueva coartada a esos mismos que abogan a toro pasado por una transición pacífica. Ben Alí, su señora y su cuadrilla, ya en el poder absoluto, representaban el ejemplo a seguir, el alumno aplicado de lo que la “comunidad internacional” creía que era el mal menor frente al temido y aparentemente nuevo extremismo islamista. Túnez era la cara más presentable del amigo árabomusulmán.

Tal ha sido la coartada del régimen tunecino desde hace décadas, a pesar de que la represión de las libertades y de los derechos humanos era flagrante y conocida suficientemente, sobre todo en los países de la ribera norte mediterránea que preferían seguir manteniendo la pantomima de que Túnez era la versión más aceptable de lo que podía ofrecer la orilla sur.

Ahora, cuando la población ha tenido el coraje suficiente para conseguir la huida del dictador, se sucederán interminables, prolijos y espantosos recuentos de todas y cada una de las violaciones de derechos humanos registradas en las últimas décadas en Túnez. ¿Pero acaso no sabía suficientemente la “comunidad internacional” lo que pasaba allí?