Berlusconi sigue a Merkel en su caída del caballo atómico

Cientos de personas celebraron ayer en las calles de Roma los resultados del referéndum que, entre otras cosas, descarta cualquier proyecto de energía nuclear en Italia . / Eguido Montani (Efe)

Italia seguirá siendo un estado no nuclear, gracias a la participación registrada en el cuádruple referéndum acabado ayer y en el que el inefable primer ministro transalpino había mostrado sus credenciales de dirigente democrático asegurando que no iba a votar. Antes del cierre de las urnas, los sondeos indicaban que los votos emitidos llegaban al 58% del censo y el rechazo a las cuatro propuestas del Gobierno al 90% de ellos. Silvio Berlusconi, como hizo Angela Merkel, se tienta la ropa.

Lo ocurrido en Italia es simultáneamente una bofetada popular en la afeitada cara de Il Calvaliere, un triunfo de la participación directa de los ciudadanos en la democracia y, naturalmente, un rechazo sin ambages a los planes de Berlusconi de romper la tradición no nuclear italiana, formalizada tras Chernobil en 1986, y construir centrales.

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El guantazo al primer ministro lo dan los italianos rechazando con sus papeletas que sus dirigentes puedan eludir someterse a los tribunales “por razones de trabajo”. La victoria democrática viene de la superación holgada del 50% de participación por primera vez en un referéndum desde 1995, lo que convierte la consulta en vinculante. Y el repudio de la energía atómica pacífica lo muestra el tremendo porcentaje de votos negativos, contrarios a las propuestas gubernamentales, extensible a las otras tres cuestiones.

Con el cinismo de que solo él es capaz en Europa, Berlusconi expresaba ayer tarde que Italia “tendrá que apostar fuerte por las renovables”. Lo mismo que hace media Europa mientras sólo Francia continúa atada a un sistema nuclear por el que sigue apostando. En esta hora triste para quienes se aferran a esa energía supuestamente limpia, barata y segura –recordemos Fukushima–, no está de más acordarse de la conversa Merkel.

Porque en unas palabras recientes de la canciller conservadora alemana, que han pasado ciertamente casi inadvertidas, puede estar el quid de la cuestión. En su discurso del pasado día nueve ante el Parlamento que iba a aprobar el apagón nuclear para 2022, Merkel hizo observar que el consumo eléctrico actual deberá reducirse un diez por ciento antes de diez años en aras de la sostenibilidad del sistema alemán y de su competitividad.

Efectivamente, el asunto a plantear ya es la necesidad de disminuir el consumo total de energía, al margen de que venga preferiblemente de unas fuentes o de otras. Para ello, como explicó someramente la conversa Merkel y vienen reclamando detalladamente un sinfín de viejas voces ambientalistas, mejorar la eficiencia energética es ineludible, además de la sustitución progresiva de unas fuentes (combustibles fósiles, nuclear…) por otras (eólica, solar…).

Los últimos datos de que disponemos, y que ya vimos aquí, señalan que ni siquiera la caída de la actividad provocada por la tremenda crisis económica del capitalismo financiero en el mundo desarrollado ha podido hacer disminuir notablemente las emisiones de gases de efecto invernadero, puesto que el uso de las renovables no está suficientemente extendido. Es de resaltar que Merkel, por unas razones, y Berlusconi, por otras, se hayan caído por fin del caballo atómico. Pero no basta con eso.