Los auténticos pioneros de El Chaltén presenciaron la disputa fronteriza de 1965 entre Chile y Argentina

Juan Díaz, su hermana Silvia y la hija de ésta, Carlita, a la entrada de 'La Nativa', hostería que regentan en El Chaltén. / José Luis Vidal Coy

Justo a la falda inicial de los Andes, sobre la ribera del río Fitz Roy, El Chaltén aparece aún como territorio fronterizo en disputa entre Chile y Argentina, pues esta fue solucionada tan recientemente como 1998. Sigue, pues, guardando las apariencias de un poblado modesto, provisional y limítrofe por mucho que la inmensa mayoría de gentes que se ven en sus calles, muchas sin asfaltar, sean visitantes que no pueden ingresar al vecino país porque no hay paso fronterizo formal.

No lo hay, no, pero sí quedan pioneros que presenciaron con sus propios ojos la controversia fronteriza que solo causó un muerto en 1965 y terminó con el izado de la bandera argentina y la posterior fundación oficial de El Chaltén 20 años más tarde. Todo esto lo presenciaron en vivo y en directo Ismael Sepúlveda y Sara Cárdenas, que llegaron en 1920 huyendo de la violenta represión de una huelga de peones dirigida por anarquistas en las estancias de la Patagonia.

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«Vinieron de Lago Argentino (El Calafate) y se ubicaron en la punta norte de Laguna del Desierto», unos 50 kilómetros al norte del actual Chaltén, relata Silvia, nieta de la pareja. Tan pioneros fueron los abuelos que a ellos se debe, según Silvia, el nombre de ese estanque natural, que la toponimia oficial alteró a «Lago» años más tarde. En la cabaña cerca del agua desde la que vigilaron sus vacas y caballos, nació la hija Juana Sepúlveda casi nada más llegar. Ya crecida, juntó con Román Díaz -«aquí no llegaban ni los curas», dice Juan, hermano de Silvia-, que trabajaba para Ismael y Sara.

Román Díaz y Juana se asentaron en la otra punta, la sur, del lago, a 17 kilómetros de El Chaltén, y engendraron cuatro hijos: Román, Domingo, Juan y Silvia, que vivieron directamente la disputa chileno-argentina por esta zona de frontera entonces indefinida. Los dos menores, Juan (53 años) y Silvia (51) viven ahora en El Chaltén, donde recuerdan los largos inviernos de aislamiento por la nieve de su infancia, adolescencia y juventud en la punta sur del Lago del Desierto.

«Las ovejas no duraban por los leones (pumas) y los zorros coloraos, grandes como perros pastor alemán. Con las vacas y los caballos era distinto», ríe ahora Juan Díaz con, cómo no, su bombillo de mate en la mano, sentado en la cocina de la casa de su única  hermana. A ellos dos les cambió algo la vida cuando se fundo El Chaltén, donde ahora él regenta el camping El Refugio y ella la hospedería La Nativa, aunque mantienen la casa familiar paterna en la punta sur, como mantienen una disputa legal por las tierras que rodean la casa derruida de los abuelos en la punta norte, donde yace la abuela Sara.

«Vino una funcionaria y se adjudicó la tierra, pero allá está enterrada la abuela y más derechos que eso no creo que haya», protesta Silvia. Por esos terrenos que ahora reclaman ocurrieron los sucesos fronterizos. «No sabíamos si vivíamos en Chile o en Argentina, pero todos los trámites los hacíamos en Tres Lagos, yendo para El Calafate, porque allá había juez de paz y oficina agraria», habla Juan.

Silvia lo interrumpe para ir directamente al grano de la trifulca por la raya limítrofe: «Algunos chilenos fueron los que traicionaron a la gente que estaba acá». ¿Cómo? «Llevando información a los carabineros (chilenos)», añade. «Y fueron sobre todo Candelario Marcilla y Levicán, uno mapuche bien chiquitito, ¿te acordás, Juan?».

Y así, «entró el carabinero a asentarse y plantó bandera», prosigue, en 1965. Eran más de veinte los llegados, pero dejaron solo seis de puesto y posesión. La abuela Sara mandó, no saben muy bien cómo, recado a la Gendarmería (argentina) de lo que estaba ocurriendo. «Llegaron 150 gendarmes», retoma Juan el relato, «y los sorprendieron para que se entreguen. Pero resistieron y se tirotearon.» Resultado: un carabinero muerto en Puesto Arbilla, a mitad de camino de lo que hoy es El Chaltén y la punta sur del Lago del Desierto. «Que no te engañen», dice Juan. «El lugar donde fue no es donde han puesto el monumento junto al camino. Es más adentro de la tierra, pero lo ponen ahí par que la gente no entre a la propiedad».

Pero «el carabinero se llevó para Chile a Domingo y a Román», sus dos hermanos mayores que entonces tenían nueve y once años. La madre Juana se movilizó apenas se hubieron calmado mínimamente las aguas y por medio del cónsul chileno en Río Gallegos, capital provincial de Santa Cruz, los consiguió de vuelta seis meses después. Domingo, de 55 años, vive ahora cerca de El Calafate y Román falleció hace tiempo, a los 48 años. Ahora tendría 57.

Desde los sucesos fronterizos del 65, hubieron de pasar 20 años para que se fundara El Chaltén. «Vino el gobernador Arturo Antonio Purichelli y pusieron oficina agraria, comisaría de gendarmería y juzgado de paz», dice Juan con sorna. Pero no fue hasta 1998 cuando Argentina y Chile, o Chile y Argentina, firmaron el acuerdo de delimitación de fronteras en esta zona patagónica. El mismo año que Juan se vino de Lago del Desierto para montar su camping El Refugio muy cerca de la calle principal de El Chaltén, la avenida San Martín.

Silvia tardó seis más en instalarse en «la ciudad» para fundar su hospedería «La Nativa». Andan ahora tambén reparando la casa familiar en la punta sur del lago y se sienten cómodos en un poblado cuya escuela primaria tiene casi 150 alumnos a los que turistas, mochileros, montañeros y escaladores ven corretear por las calles en estas semanas vacacionales del verano austral. «Aquí no hay problema de natalidad», ríe Juan.