España, en cabeza en contaminación lumínica en Europa

  • Recientes estudios publicados inciden en los peligros para la salud pública de la luz azul del alumbrado público

España es el país con mayor gasto en alumbrado público por habitante de la Unión Europea, y el segundo en términos absolutos: mientras la media de gasto público es de 70 kilovatios por habitante, en España los ayuntamientos generan una media de 116 por español. Las imágenes tomadas desde el espacio hablan por si solas, pues pese a la gran “España vacía”, desde finales de los años 90 no existe ninguna zona del territorio español desprovista de luz artificial parásita en la atmósfera. El gasto es ingente; rondando los 1.000 millones de euros anuales en iluminación pública.

La desmedida contaminación lumínica es uno de los problemas ambientales que más se ha incrementado en los últimos años ante la pasividad de políticos, legisladores y la empresa privada, pese a su negativo impacto probado no sólo sobre el ecosistema y la contaminación del cielo nocturno (protegido por la UNESCO en la Declaración de los Derechos de las Generaciones Futuras desde 1994), sino también obviando el enorme gasto para el erario público que supone el superávit de alumbrado público superfluo. En el último lustro, además, estudios científicos y médicos han empezado a encontrar correlación entre la polución lumínica y problemas de salud humana, desde cambios en los patrones del sueño y el crecimiento, hasta aumento de las probabilidades de cáncer.

Aunque la contaminación lumínica se multiplica por todo el mundo de la mano al desarrollo, especialmente el industrial, y de las grandes ciudades, en el caso español se conjuga una “tormenta perfecta” que ha propiciado el crecimiento desmedido de la contaminación lumínica: al estilo de vida español (más nocturno que en otras zonas de Europa) se añade la relativa indiferencia de las Administraciones y el despilfarro que acompañó a la burbuja del ladrillo

“Madrid es la capital europea más brillante, fruto de un plan político que empezó en 1993, con el que se duplicaron prácticamente todas las farolas de la capital, que ya de por sí era famosa por tener una cantidad de luz importante”, explica a cuartopoder.es el astrofísico e investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía-CSIC y de la Universidad de Exeter (Reino Unido) Alejandro Sánchez de Miguel. En aquel entonces, el aumento del alumbrado público se identificaba con la seguridad en las calles y el desarrollo. Sin embargo, apunta por su parte Carlos Herranz, de la Cel Fosc, Asociación contra la Contaminación Lumínica, “el problema de la contaminación lumínica (y parte de sus consecuencias negativas) se conoce desde hace 15 años, por lo que se podría haber atajado. Ha habido mucha indiferencia desde las Administraciones”.

A nivel español, apenas hay regulación general (un par de Decretos Ley de 2007 y 2009, que limitan la cantidad de luz), aunque destacan las excepciones de Andalucía y Cataluña, con una regulación más desarrollada en el control de la contaminación lumínica. 

El alumbrado público no es el único emisor de contaminación lumínica: Francia acaba de aprobar una medida que obliga a los comercios a apagar escaparates y otras señales luminosas entre la 1 y las 6 de la mañana. En España, en cambio, no se ha tomado todavía una medida similar de restricción horaria, los escaparates alumbran las calles comerciales casi más intensamente que las farolas. 

Durante la etapa del ‘boom’ del ladrillo, por toda España se multiplicaron las urbanizaciones a las afueras, las construcciones: lo primero que se edificaba eran las calles con sus consabidas farolas, iluminadas por la noche en manzanas fantasma, hubiera o no todavía edificios, coches o habitantes. “Podría reducirse en más de un 30% el alumbrado actual que es superfluo, y son cifras conservadoras”, asevera Herranz, que pone de ejemplo el caso de Alemania: “gastamos (en alumbrado) casi tres veces más que en Alemania, que es un país desarrollado e industrializado”.

Para este experto, hasta hace relativamente poco desde las instituciones y el público se enfocaba la problemática de la contaminación lumínica como una “preocupación de nuevos ricos”, minusvalorándola. Y, sin embargo, estudios de la última década avalan las preocupaciones de los científicos y activistas: según un reporte de 2017 elaborado por una treintena de universidades de todo el mundo, entre ellos la Estación Biológica de Doñana (EBD), centro del CSIC en Sevilla, la contaminación lumínica elimina “miles de ejemplares” de aves al año. 

La ciencia ha investigado sobre todo el efecto de la luz en el ámbito del ecosistema, pero en los últimos años se están desarrollando nuevos análisis en el campo de sus efectos en la salud: un estudio publicado este año del Instituto de Salud Global de Barcelona con la participación del Instituto de Astrofísica de Andalucía ha observado una asociación entre niveles elevados de exposición a luz azul durante la noche y un mayor riesgo (entre 1,5 y 2 veces más) de padecer cáncer de mama y de próstata

“La Agencia Internacional de Investigación en Cáncer de la OMS (IARC) ha clasificado el trabajo en turno de noche como probable cancerígeno en humanos. Existen evidencias que apuntan a una relación entre el trabajo nocturno expuesto a la luz artificial, que implica disrupción del ritmo circadiano, y los cánceres de mama y de próstata” declaró tras la presentación del estudio en abril de este año Manolis Kogevinas, investigador de ISGlobal y coordinador del estudio. “Dada la ubicuidad de la luz artificial nocturna, determinar si incrementa o no el riesgo de cáncer es un asunto de salud pública”, concluyó Ariadna García, primera autora del estudio. 

La lista se amplía. Esta misma semana ha sido publicado el estudio “Posibles riesgos de la iluminación LED”, elaborado por el Comité Español de Iluminación y miembros de la Red Española de Estudios sobre la Contaminación Lumínica, que ahonda en los riesgos de salud asociados a la luz artificial tanto en la producción de melatonina (hormona del sueño) como para la vista o el cáncer

Los peligros de la luz azul de los LED acecha por ejemplo a Madrid: si bien el municipio comenzó en 2002 a retirar algunas de las farolas superfluas instaladas en la década anterior, el concurso de 2014 sobre alumbrado público llevó a la sustitución del 40% del alumbrado por LED, considerado más “sostenible”.

“Eso no tiene por qué ser así. Aunque (en el caso del alumbrado público) no envíen luz hacia arriba -desperdiciándola-, el color azul es más contaminante que otros colores como el rojo o naranja”, explica Sánchez de Miguel.

Precisamente, una iniciativa ciudadana ha solicitado al Ayuntamiento de Madrid una evaluación del impacto ambiental de esta medida. La iniciativa, que cifra en 120.000 euros el coste del análisis, ha superado los votos necesarios para incluirse en los presupuestos participativos de 2018 y está ya sobre la mesa del Ayuntamiento, que, según fuentes cercanas al proceso de negociación e implementación, parece “dispuesto” pese a “la novedad de este tipo de estudios”.

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