Tomarnos en serio a Obrador: por España y contra la victimización del Imperio

  • La iniciativa de López Obrador busca asumir responsabilidades del Estado mexicano con los pueblos originarios y construir una memoria más inclusiva para lo que necesita contar con instituciones que no le son propias
  • Esta demanda de los pueblos originarios, que López Obrador trata de canalizar, aterriza en España en un momento en el que los grandes consensos de la Transición se han roto

Alberto Tena y Rodrigo Amírola

En 2021 México conmemorará los 500 años de la caída de Tenochtitlán y los 200 años de su independencia, dos de los eventos más importante de su historia nacional. En principio, ambas conmemoraciones se producirán durante el mandato del recientemente elegido Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que ha bautizado como “cuarta transformación” a su plan de gobierno para este sexenio. Después de las tres transformaciones anteriores – la Independencia, la Reforma y la Revolución –, se trataría de marcar un nuevo hito histórico en la construcción nacional mexicana.

La filtración de las cartas enviadas por AMLO al Rey de España y al Papa para hacerles partícipes de esa celebración en un acto conjunto en 2021, pidiendo disculpas por los abusos ocurridos durante la conquista, ha generado una significativa cascada de reacciones en nuestro país.

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La derecha política saltó con especial virulencia en boca de algunos de sus líderes: desde la acusación de Abascal de que López Obrador estaría “contagiado de socialismo indigenista” hasta calificar esas palabras de “ofensa intolerable al pueblo español” de Rivera, pasando por la reivindicación de la conquista y la civilización de tribus bárbaras por parte del ex portavoz parlamentario del PP, Rafael Hernando. Algunos de sus intelectuales, como Arturo Pérez-Reverte o Elvira Roca Barea, la autora del bestseller Imperiofobia, se recrearon en la descalificación y el insulto – “imbécil”, “sinvergüenza”, “absurdo”, “de parvulario”. Una vez más la leyenda negra estaría operando para acusar injustamente al Imperio español de violencias y agravios, y hacer florecer los complejos de los españoles despistados.

Desde la izquierda en un sentido amplio, las reacciones tampoco se hicieron esperar. El Gobierno de Pedro Sánchez lamentó profundamente la publicación de la carta y “rechazó con firmeza” su argumento. Cabe destacar asimismo el rol del intelectual colectivo de la Transición, el País, con numerosas voces y artículos sobre el asunto. Mariam Martínez Bascuñan, su directora de opinión y politóloga, cargaba contra López Obrador y lo englobaba dentro de “los nuevos demagogos”, que como Trump, Putin, Farage o Torra hablan desde el resentimiento y el pasado, y sin capacidad de mirar hacia el futuro. En un sentido similar, aunque poniendo en juego mayor finneza argumentativa y más conocimientos históricos, José Álvarez Junco pedía a López Obrador mantenerse en el terreno de los principios, olvidarse de la revisión histórica y, en todo caso, le sugería evocar “recuerdos menos conflictivos, más provechosos para las relaciones entre nuestros pueblos”.

El populismo se empeñaría así en mirar al pasado y victimizarse para evadirse de los problemas del presente. Para el País el México de López Obrador y la Cataluña de Torra padecen la misma enfermedad, cuya única receta eficaz sería la racionalidad y la responsabilidad de sus élites. Por su parte, Podemos se entregó a una “solidaridad incondicional” con los pueblos originarios – los oprimidos – difícilmente reconciliable con un relato nacional propio, señalando que el presidente mexicano tenía razón y culpabilizando a la monarquía española. Se da la paradoja de que quienes reivindican lo que sucedió hace 500 años – mucho tiempo, sí, pero al fin y al cabo al comienzo de nuestro tiempo histórico moderno – como algo propio quieren eludir cualquier tipo de responsabilidad, mientras que quienes lo ven como algo ajeno y más bien asociado a “los poderosos”, quieren hacerse cargo de todo lo que pasó entonces.

Lo cierto es que muchas de estas respuestas, movidas por el escándalo y un nacionalismo hipersensible, se han quedado solo con los titulares y sus autores ni siquiera hicieron el ejercicio mínimo de escuchar las palabras originales de López Obrador. En el vídeo que generó la polémica, AMLO – junto a su mujer y experta en la materia Beatriz Gutiérrez Müller – rememoraba la batalla de Centla, donde Cortés combatió por primera vez a los Mayas-Chontales. Desde ese simbólico lugar, anunció que se habían enviado sendas cartas con el objetivo principal de generar una comisión mandatada para hacer un relato conjunto de “agravios” a los pueblos originarios, de cara a las celebraciones del 2021.

Agravios, de los que, como reconocía el propio López Obrador, el Estado mexicano es en buena medida responsable y ejecutor, por lo que el mandatario también quería disculparse. La coincidencia del aniversario de un acontecimiento que tuvo como protagonistas a los pueblos originarios, y el del nacimiento simbólico del Estado mexicano, constituye un auténtico nudo gordiano de su proceso de construcción nacional. Dos realidades constituyentes que se sitúan en el origen de una nación que se quiere mestiza, dos relatos con una relación conflictiva entre sí, que López Obrador quiere aunar. Solamente desde estas coordenadas puede comprenderse el debate suscitado en México y que en España apenas se ha podido ver. La iniciativa de López Obrador busca asumir responsabilidades del Estado mexicano con los pueblos originarios y construir una memoria más inclusiva para lo que necesita contar con instituciones que no le son propias.

Desde España parece que no se alcanza a ver que las comunidades a las que se quiere pedir perdón están aquí presentes. Se trata de pueblos que tienen una conciencia clara de su propia historia y una cultura diferenciada de la del Estado. Y además son plenamente conscientes de que su compleja y tormentosa relación con la construcción nacional mexicana no está resuelta de una vez y para siempre. Tanto es así que actualmente hay fuertes conflictos abiertos en diferentes zonas del país. Las palabras de López Obrador han abierto un debate acerca de cómo el presidente va a incluir a las comunidades indígenas en ese relato y con qué formas concretas de reparación.

Esta demanda de los pueblos originarios, que López Obrador trata de canalizar, aterriza en España en un momento en el que los grandes consensos de la Transición se han roto. Una crisis profunda que sigue teniendo varias dimensiones: desde la crisis del sistema de partidos tradicional hasta la crisis económica y social, pasando por la crisis territorial. Solo en momentos así emerge con fuerza el replanteamiento del pasado y la relación entre nuestra historia y el presente. Desde esta perspectiva, se explica que un partido ultraderechista, como Vox, esté reivindicando “sin complejos” la historia de España desde el Imperio hasta el franquismo. La izquierda evade el debate porque implica enfrentarse a una serie de cuestiones que no son sencillas: ¿nosotros somos la nación española? ¿Es posible una reconstrucción de nuestra propia historia con sus luces y sus sombras? ¿Es deseable? ¿Podemos hacernos cargo de un relato nacional complejo, pero con un hilo conductor que nos una con las luchas del presente?

Así la izquierda se mueve entre enmudecer ante la historia o una solidaridad absoluta con otro mitificado. Son los problemas propios de un país que fue un imperio único y que después ha tenido constantes problemas para fundar una nación moderna, igualitaria e inclusiva. Álvarez Junco, que conoce bien toda esta problemática, insistía en que los hechos de la conquista pasaron hace demasiado tiempo y que no tenía sentido juzgarlos con ojos del presente. También apuntaba a que haría bien López Obrador en recordar hechos compartidos que fueran más provechosos para la fraternidad de ambos pueblos. Sin embargo, hay un personaje histórico, que haríamos bien en recordar y que desmonta por sí solo muchos de los argumentos que se han repetido estos días: Bartolomé de las Casas.

En su obra Brevísima relación de la destrucción de las Indias encontramos un auténtico informe de derechos humanos sobre la conquista de América y sus abusos. Los españoles de entonces no eran barbaros desalmados, ni tampoco civilizadores puros. Ese texto muestra que al mismo tiempo que se producía la conquista de América y la destrucción de las formas de vida del continente preexistentes a la llegada de los españoles desde dentro del propio imperio se ejercía una autocrítica que se desarrolló en las llamadas Juntas de Valladolid y se concretó en las nuevas Leyes de Indias. Ahí se encuentra el germen del derecho internacional moderno y un hito fundamental en la historia del derecho natural que posteriormente desembocaría en la Revolución francesa y en la triada robespierriana de “Libertad, igualdad y fraternidad”. De hecho, la conquista de América fue un proceso complejo, lleno de dolores, heridas e intereses, que se alargó durante siglos y forjó nuestro mundo contemporáneo. ¿De verdad es absurdo y contraproducente un perdón que nos permita reencontrarnos con nuestra historia y reconciliarnos con nuestros hermanos americanos?

Quizás aproximarnos con otra perspectiva a estas preguntas nos pueda ayudar a reconciliarnos con nosotros mismos y dibujar un horizonte nuevo para nuestra comunidad. Pedir perdón no es solo el reconocimiento de una culpa abstracta con otros, sino una oportunidad para redescubrir nuestra historia. Para abandonar, por fin, una historia monolítica, falsaria y que esconde el anhelo por un imperio de un matón acomplejado y entrado en años, y abrirnos a una historia que nos permita proyectarnos hacia un futuro deseable como nación.