BALANCE DE SU AÑO EN EL PODER

Un año de gobierno de Bolsonaro: cada vez más solo y con la Amazonia en llamas

  • El 38% de los brasileños consideran el gobierno actual malo o pésimo (en abril eran 27%) contra 29% que lo consideran bueno (en abril eran 35%)
  • Ha sido un año de avance de los latifundios sobre tierras indígenas, aumento descontrolado de la deforestación y una región Amazónica en llamas

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Hace un año Brasil se levantaba con la resaca de la Nochevieja y con el trauma de tener que aguantar la toma de posesión del recién elegido presidente Jair Bolsonaro, al que habían votado 57,8 millones de personas. Ningún país se merece pasar por un trauma de este tamaño, pero a los brasileños no les quedó otra. Un año después Brasil sobrevive para contar lo que fue este primer ciclo de la gestión del presidente más a la derecha de su historia democrática.

Cada vez más solo

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Según datos de la última encuesta de popularidad del 20 de diciembre, hecha por el Instituto Ibope, el 38% de los brasileños consideran el gobierno actual malo o pésimo (en abril eran 27%) contra 29% que lo consideran bueno (en abril eran 35%). Su popularidad no para de disminuir. Muchos de sus votantes ya se arrepienten de haber depositado en él su confianza y admiten haber sido engañados por su demagogia.

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Si en la sociedad no goza del prestigio de la época electoral, mucho menos lo hace en la arena política. El estilo de gobernar de Bolsonaro, arisco, bruto y carente de cualquier habilidad negociadora, en un país con un Congreso de los Diputados que puede llegar a ser más poderoso que el propio presidente, le ha llevado a estancarse políticamente con frecuencia. Muchas de las reformas y proyectos de ley que quería implementar han tardado mucho en realizarse o no se han llegado a votar en las Cámaras por esta incapacidad de tejer alianzas con los 32 partidos presentes en el hemiciclo. La famosa reforma de las pensiones, su gran compromiso con el mercado, tardó un año en salir adelante, y solo lo hizo por el empeño del presidente de la Cámara de los diputados, Rodrigo Maia (partido DEM, Demócratas), el hombre que se está aprovechando de la debilidad política de Bolsonaro para acumular una enorme dosis de poder. Que se cuide Bolsonaro porque Dilma Rousseff también perdió el apoyo del Congreso y acabó en impeachment.

Además de la dificultad de establecer una base aliada sólida, dentro de su propio partido, el PSL (Partido Social Liberal), las cosas también han ido de mal en peor. El partido está siendo investigado por candidaturas fantasma durante la campaña electoral de 2018 y varios miembros fueron señalados por desvíos improcedentes del dinero del fondo electoral, entre ellos el Ministro de Turismo, Marcelo Álvaro Antonio. Resulta que el honrado partido de los cruzados contra la corrupción estaba hasta las cejas de escándalos. Esta crisis sirvió para que Bolsonaro y sus hijos abrieran, literalmente, el cajón de mierda y se dedicaran a poner finos al propio presidente del PSL, Luciano Bivar, del que dijeron públicamente que “estaba muy quemado”, y a diputados muy importantes del partido como la popular Joice Hasselmann a la que Eduardo Bolsonaro llenó de insultos machistas en las redes sociales. La crisis llegó a tanto que el presidente y sus hijos abandonaron el PSL, hecho inédito en la historia brasileña, y fundaron otro partidos, un “partido-clan”, llamado Alianza por Brasil, cuyo lema es, pasmen, "partido conservador, que respeta todas las religiones, respalda los valores familiares, apoya el derecho a la legítima defensa, el derecho a poseer un arma de fuego, el libre comercio con todo el mundo, sin ninguna agenda ideológica”. Muchos ya lo califican como el partido más conservador y fundamentalista de la democracia brasileña. Vamos, el partido-talibán de los trópicos.

Derechos inhumanos

Donde la actuación de Bolsonaro ha sido más perversa, sin duda, ha sido en el campo de la gestión medioambiental y de derechos humanos. El Ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, un negacionista del cambio climático, y para el que mantener áreas de preservación ambiental “dificulta el progreso”, desarticuló casi en su totalidad los aparatos de control y fiscalización medioambiental de su Ministerio. Como resultado, el avance de los latifundios sobre tierras indígenas, el aumento descontrolado de la deforestación y una región Amazónica en llamas. Según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, el número de focos de incendio en esta zona sufrió un alza de 83% respecto al año pasado. También ha aumentado el número de asesinatos de líderes indígenas y campesinos. La Comisión Pastoral de la Tierra, que monitora estos crímenes, concluyó que 2019 fue un año récord de violencia contra indígenas. Nueve líderes indígenas han sido víctimas de homicidio. El campo, con Bolsonaro, es cada vez más violento para los que tienen el coraje de enfrentarse a los señores feudales y luchar por la tierra en un país que nunca realizó la reforma agraria (1% de los propietarios rurales concentran el 45% de las tierras productivas del país)

Por otro lado, del laicismo que aparece en la Constitución, queda muy poco. Bolsonaro promueve cotidianamente actos religiosos en el Palacio de Gobierno y su agenda social está plagada de referencias conservadoras y con un fuerte tono de fundamentalismo cristiano. La lucha contra la “ideología de género” y la preservación de la familia cristiana heteronormativa es una de las apuestas de su legislatura y de la Ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos, Damares Alves, una evangélica fundamentalista. Todo esto ha tenido como consecuencias directas el desmonte de las políticas públicas para la población LGBT y el retroceso estruendoso de pautas esenciales para el feminismo, como, por ejemplo, el debate sobre el aborto, cuya descriminalización está cada vez más lejos, en un país donde una mujer muere cada dos días por aborto inseguro, según datos del Ministerio de Salud. Como consecuencias indirectas, el aumento de crímenes de LGBTfobia, por ejemplo, con una subida de 14% respecto al año anterior, según datos del Grupo Gay de Bahía que se encarga de este recuento dramático.

Y por terminar este capítulo trágico, tenemos que hablar de otra población que es víctima prioritaria del odio bolsonarista, la población negra. En Brasil, la seguridad pública depende fundamentalmente de los gobernadores de los Estados. El exponente de esta necropolítica es el gobernador del Estado de Río de Janeiro, Wilson Witzel, partidario de la lógica bolsonarista de que como mejor se resuelve la violencia es matando al bandido, y, por bandido se refiere a cualquier joven negro de las favelas, básicamente. Un dato del Fórum Brasileño de Seguridad Pública: la policía de Río de Janeiro mató, desde enero de 2019 hasta octubre, a 1546 personas, o sea, el 31% de todos los homicidios de Rio de Janeiro son causados por policías. En 2014 era solo el 10,2%

Oposición y futuro

Ante este panorama desalentador, lo que muchos brasileños se preguntan cuál es la alternativa. El gran partido de la oposición continúa siendo el PT. La salida de Lula de la cárcel en noviembre de este año, dio un gran alivio para los simpatizantes petistas. Siendo Lula como es, un animal político, no perdió ni un día en comenzar a recorrer el país y organizar conversaciones para tejer alianzas que fortalezcan a la oposición de cara a las elecciones municipales de 2020 que serán un gran test tanto para el bolsonarismo como para el petismo. Como gran baza, el carisma y el alcance político de Lula. Según la última encuesta electoral de diciembre de 2019, si las elecciones fueran ahora, y Lula pudiera ser candidato, Bolsonaro tendría el 32% de los votos y el Lula 29%. Los problemas son varios. Lula puede volver a prisión porque todavía tiene varios juicios pendientes. Por otro lado, aunque permanezca libre, ha perdido su derecho a ser candidato al ser condenado en segunda instancia. Lo que piden ahora sus abogados es la anulación de la Operación Lava Jato, con base en las filtraciones del periódico The Intercept que demuestran la supuesta parcialidad de Sergio Moro y su abuso de poder. Si consiguieran esta anulación, Lula podría volver a recuperar sus derechos políticos, pero no es nada fácil porque la Lava Jato se ha trasformado en la gran estrella del país. El tercer problema es que todo gira en torno de Lula, una figura tan omnipresente que no deja que otros candidatos puedan florecer.

Bolsonaro se enfrenta a un 2020 complicado. El único respiro que está teniendo es que, una vez aprobada la reforma de las pensiones, el mercado le ha dado una palmadita en la espalda y las voces neoliberales ya auguran un tímido crecimiento del PIB para este año. La economía puede ser la tabla de salvación de Bolsonaro. Si se recupera ligeramente puede tener margen para aguantar en el gobierno, a pesar de su aislamiento y de sus enormes problemas de gobernabilidad. Si Brasil no logra superar la crisis económica… Yo, si fuera él, me andaría con ojo.

1 Comment
  1. Eloy Boán says

    No me sorprende.

    No se puede gobernar co «ordeno y mando» hoy día.

    No se puede gobernar, Abascal, Olona, Espinosa de los Monteros, gobernar cabreado.

    Como se ve no se llega a ningún sitio.

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