PANDEMIA COVID-19

Así vivimos la crisis por coronavirus en Italia

  • La cuarentena impuesta por el gobierno de Italia ha abierto un debate sobre la relación entre libertad, economía y democracia en tiempos de excepcionalidad
  • Ya ha habido casos, en la provincia de Crema, de tener que elegir las personas que habrían podido recibir el tratamiento en función de los criterios deontológicos
  • "La percepción del tiempo se estira, todo se vuelve más lento y pausado. Así es el estado de excepción en tiempos de paz"

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SALERNO (ITALIA).- A la mayor crisis sanitaria de las últimas décadas, el gobierno italiano respondió con medidas extremas de contención. Desde la medianoche del 10 de marzo, Italia entera está en cuarentena. Sólo 48 horas antes, el Gobierno aprobaba un decreto para limitar la movilidad de las zonas más afectadas por el Covid-19: la Lombardía entera y algunas provincias de Veneto y Emilia-Romagna. En ese caso, una filtración a la prensa del borrador de dicho decreto (que habría sido aprobado a las 3:21 de la mañana) hizo que cundiera el pánico y provocó la desesperada huida de miles de personas hacia el sur de Italia. Debido a la posibilidad de difusión de la epidemia en todo el territorio italiano, hasta en esas regiones con graves carencias hospitalarias, el Gobierno ha decidido por tomar medidas drásticas, que se quedarán en vigor por lo menos hasta el día 3 de abril:

  • Imposibilidad de salir o entrar del país y de la propia ciudad (a excepción de comprobados motivos de visitas médicas o compromisos laborales)
  • Obligatoriedad de quedarse en la ciudad elegida como domicilio
  • Se recomienda quedarse en casa, saliendo sólo para hacer la comprar, ir al trabajo o a la farmacia
  • Se impide la reunión de personas en lugares tanto públicos como privados
  • Horario limitado de apertura de bares y restaurantes, desde las 6:00 hasta las 18:00
  • Cierre de escuelas, universidades, museos y atracciones de interés turístico
  • Bloqueo de todas las competiciones deportivas, profesionales y no profesionales
  • Parálisis temporal del sistema judicial
  • Y finalmente se anunciaba el cierre de toda actividad comercial excepto supermercados y farmacias

La decisión tomada por el presidente del Consejo de los Ministros, Giuseppe Conte, afecta a 60 millones de italianos y muchos no-italianos que viven actualmente en el Belpaese (actualmente el segundo país más afectado en el mundo con más de 12.000 casos diagnosticados).

Italia ha sido uno de los primeros países europeos en sufrir casos de Covid-19. A pesar de las restricciones impuestas – que se han ido estrechando día tras día – el ritmo de propagación se seguía manteniendo a niveles demasiado altos (con incrementos aproximados del 20-25% por día). Por eso, tras largas reuniones en Palazzo Chigi, el Ejecutivo optó por poner en la mesa medidas drásticas de contención. En esta crisis, Conte ha dialogado también con la oposición. Tanto el histórico patriarca de la centroderecha italiana, Silvio Berlusconi, como la líder ultraderechista, Giorgia Meloni, han demostrado apoyo y capacidad de diálogo con las fuerzas de gobierno.

La aplicación de estas medidas ha desatado un debate infinito sobre el principio de proporcionalidad: ¿hacía falta cerrar el país para superar esta crisis? ¿No es un coste excesivo para todas esas pymes y trabajadores que podrían perder sus trabajos y ahorros? El Gobierno está preparando un imponente plan de ayuda para familias y empresas para evitar el desplome del sistema productivo italiano. En la mañana del 11 de marzo, Conte y el ministro de Economía, Roberto Gualtieri, anunciaron un plan de intervención extraordinaria valorado en 25.000 millones de euros.

Más allá de las medidas de restricción y limitación aplicadas en estos días, cabe señalar la delicada situación vivida en las cárceles. Tras la activación del plan de contención y el disparo de los casos registrados, en casi treinta cárceles italianas se han registrado motines que han causado decenas de muertos y heridos, además de huidas masivas (desde el cárcel de la ciudad de Foggia, en Puglia, han conseguido huir 30 detenidos, incluyendo personas sentenciadas por homicidio voluntario). A día de hoy, en Italia, toda relación política, social y económica está influenciada por el Covid-19. La cuarentena impuesta por el Gobierno ha abierto un debate sobre la relación entre libertad, economía y democracia en tiempos de excepcionalidad.

Toda la clase política y las caras más conocidas del país (científicos, cantantes, futbolistas, influencers) han arrancado una campaña de sensibilización para señalar la importancia del comportamiento individual frente a la responsabilidad colectiva. Por otro lado, algunos asumen que dichas medidas de excepcionalidad o son excesivas, o más bien se podrían aplazar indefinidamente en el tiempo. Por lo tanto, hay un debate sobre la legitimidad de la aplicación de dichas medidas en tiempos de paz. También la limitación a manifestarse abre ese terreno de conflicto caracterizado por el choque entre los derechos fundamentales de un sistema democrático y una de las funciones esenciales del Estado: garantizar la salud y la vida de sus ciudadanos.

Como se vive y se percibe la emergencia en Italia

Desde la noche del 7 de marzo, Italia se ha rendido ante la virulencia del Covid-19. Ese día, el que escribe este texto, aún estaba en Madrid, con un billete de avión en el bolsillo para Nápoles para el día siguiente. Cuando se filtraba a la prensa el borrador del decreto que cerraba las fronteras de la Lombardía, miles de personas intentaban huir hacia el sur, enlatándose en trenes que les habrían llevado a la ciudad natal y arriesgándose a llevar el virus en su tierra. El miedo al aislamiento ha ganado sobre la responsabilidad individual hacia el colectivo. La noticia del cierre de la zona ya estaba en el aire, debido al incremento exponencial de los contagios y el desborde de las estructuras hospitalarias en las zonas más ricas del país.

Ya ha habido casos, en la provincia de Crema, de tener que elegir las personas que podían recibir el tratamiento en función de los criterios deontológicos. Aún así, hasta el 7 de marzo los lombardos seguían de aperitivo en aperitivo, sin preocuparse de las recomendaciones tramitadas por el Ministerio de Salud. Aunque ya no fuese posible celebrar manifestaciones – no hubo ninguna marcha feminista por el 8 de marzo -, la gente, de norte a sur, seguía volcándose en bares, pubs, restaurantes. La vida seguía tranquila, a pesar de que desde el día 6 los casos detectados empezaban a dispararse.

El hashtag #Milanononsiferma (Milán no se para) funcionaba como un mantra para todas las personas – no solo de la capital financiera del país – que no querían ver sus libertades mermadas (aunque fuese por un limitado período de tiempo). Los mayores opositores han sido – y siguen siendo - los jóvenes. Parece que de poco haya servido el cierre de las escuelas y de las universidades, considerando que lo único que cambiaba era el espacio de agregación (desde el aula y el pasillo del colegio se pasa al bar y al pub). Pocos días antes, un colectivo universitario organizaba el "aperivirus", un evento lúdico en un pequeño local para desafiar el miedo al Covid-19. Probablemente, el momento en que los italianos nos enteramos de la gravedad de la situación ha coincidido con la difusión de muchos testimonios de médicos y enfermeros que trabajan a diario con esta enfermedad. Nos habíamos dejado vencer mayormente por el escépticismo.

La aprensión que se vive en Italia es palpable: se ve en las caras de las personas que se dan la vuelta al primer estornudo, al primer golpe de tos, tapándose la nariz con una bufanda o una sudadera. Las ciudades están más vacías, hay más silencio. Hay más temor también, y eso se manifiesta a través de una mascarilla puesta, de una mirada extremadamente atenta. En el primer día de cuarentena, aunque el reloj marcara las 18:30 de la tarde, ya parecían las 2:00 de la noche. La percepción del tiempo se estira, todo se vuelve más lento y pausado. Así es el estado de excepción en tiempos de paz. Una paz interrumpida por la megafonía de las camionetas del Ejército y de la Policía que invita a los ciudadanos a quedarse en la propia habitación.

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