ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:06

Las corbetas de Malaspina y Bustamante / CSIC

Todavía consternados por el exhaustivo informe de Greenpeace sobre el estado de las costas españolas (Destrucción a Toda Costa 2010), recogido diligentemente por cuartopoder, nos enteramos también de que – como para compensar los pesares- un nutrido grupo de científicos españoles y de todo el mundo se aventurará desde las costas de Cartagena hacia los océanos para estudiar en sus profundidades qué es lo que está pasando en lo que viene denominándose “calentamiento global”.

La Expedición Malaspina 2010 –que es como se llama este proyecto científico- emula aquella legendaria empresa liderada por el nombrado marino de origen italiano, y por su colega, José Bustamante, que zarparon de Cádiz en 1789, cuando los franceses andaban batiéndose el cobre o separando cabezas de aristocráticos cuerpos, en plena Revolución.

Eran aquellos tiempos en los que España dedicaba mucho más presupuesto que cualquier otra nación al desarrollo científico, según cuenta Felipe Fernández-Armesto, el historiador británico que anduvo por este cuartopoder en otra ocasión. Qué tiempos los de ese rey, Carlos III, el mejor alcalde de Madrid.

Aquellos hombres –porque, desde luego de mujeres nadie cuenta-, entre los que estaba el héroe Alcalá Galiano, y numerosos artistas que dibujaron incesantemente especies y paisajes, pasaron cinco años navegando por todos los rincones del mundo donde España tenía colonias, en América y en Asia, sobre todo.

Se dedicaron a investigar en biología, zoología, geología, se entregaron a las observaciones astronómicas, diseñaron cartas hidrográficas para utilidad de regiones perdidas de América a bordo de las corbetas Atrevida y Descubierta. En cada escala que hacían se entrevistaban con las autoridades y los sabios del lugar para indagar más y contrastar datos. Un trabajo soberbio, impresionante, ejemplar para el resto del mundo, como quedó recogido en un libro de 1885 por el teniente de navío Pedro Novo. Ahora se encuentran varias ediciones que contienen estudios e ilustraciones muy interesantes.

Tres siglos después, esta expedición al mando de la cual está el científico del CSIC, Carlos Duarte, a bordo del buque Hespérides que dirige Antonio Aguilar Cavanillas, quiere investigar las aguas y el aire, estudiar el calentamiento del océano, el efecto sumidero, el cambio de calidad del agua, los contaminantes sintéticos, la acción ultravioleta y el aumento detectado de organismos gelatinosos, muy inquietante todo esto, ¿no?

Ya veremos con qué película nos regalan a su vuelta, nueve meses después de que zarpen el próximo noviembre. A ver qué informe entregan al Rey, o a quien corresponda, y a ver cómo reaccionan nuestras autoridades en el asunto.

Al capitán Malaspina su celo científico y político le jugó una mala pasada. Claro que algo también influyó un elemento con mucha autoridad, Manuel Godoy, que tenía fama de ser algo paranoico, aunque no me hagan mucho caso que esto pueden ser cosas mías.

El caso es que Malaspina presentó su informe político-científico junto a otro, confidencial, en el que apuntaba críticas a las instituciones coloniales españolas, con toda la razón del mundo, como se ha podido saber cientos de años después.

Godoy lo acusó de revolucionario y, tal como se las estaban gastando en la vecina Francia, el bueno del capitán, el heroico y valeroso comandante de la expedición más importante del orbe hispano, acabó dando con sus huesos en el castillo de San Antón, en Galicia, que sonará romántico, pero no era más que un presidio con sus ratas y sus cucarachas.

Voto a Bríos para que a estos cuatrocientos científicos -avalados por unos cuantos millones que pone el Ministerio de Ciencia e Innovación- y a su capitán Duarte, les salga mejor el final de la aventura.

En cuanto a los depredadores de las costas españolas, su codicia no sé si se castigará algún día. Los roldanes y los condes bien que han recuperado la libertad y el dinerito depredado, escondido ahora en algún paraíso.

Lo malo es que el peso de la justicia lo impondrá la terca realidad y la realidad es que las costas españolas han dejado de ser bellas en buena parte, y esa falta de belleza acabará resultando en falta de turismo y en falta de riqueza. Aunque ese castigo no lo recibirán los que causaron el mal, que engordan en sus palacios de veraneo y ruedan en sus coches millonarios, sino sus descendientes. Eso a ellos no parece importarles mucho.

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