Usar y tirar

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José García Pastor *

Contrariamente a lo que se suele pensar, el espacio tecnológico-virtual no se implantó para agilizar la comunicación, generar riqueza, perpetuar la desigualdad o ampliar al infinito las posibilidades de esparcimiento, aprendizaje o estulticia, sino para devolver a la narración el lugar que le corresponde en lo más íntimo del corazón humano…”

Actas del Primer Congreso del Cibernáculo

No sabemos por qué estamos aquí ni qué nos espera, pero, cada uno por cuenta propia, somos muy capaces de enunciar el momento exacto en que entramos a formar parte de la comunidad, pues venimos con esa información incorporada. Los más viejos se dirigen a veces a algún novato para hablarle de una época anterior al hacinamiento, cuando el mundo —el reducto que conocemos como tal— parecía inmenso, por no decir infinito, y no teníamos que acomodarnos a empujones en un espacio menguante cuyos límites se nos empiezan a quedar pequeños. Más pronto o más tarde, todos nos quejamos de que nos ha tocado al lado alguien que se nos antoja más bisoño, menos interactivo, más parsimonioso o menos rico en contenidos. Lo primero que se le pregunta al recién llegado es algo así como “tú, ¿de qué carpeta eres?”, pero la respuesta no nos interesa; sólo queremos mostrar al pardillo el desprecio que nos inspira y dejarle claro que nuestro lugar de origen era mucho más bello, transitado e importante para el equilibrio del sistema general. Nos encanta pavonearnos aludiendo a algo que nos distingue de los demás, ya sea el tamaño, el tipo de entidad que somos (los textos nada quieren saber de los formatos visuales, los archivos sonoros desprecian a la imagen en movimiento), las tres letritas que conforman nuestra preciosa extensión o cualquier otro rasgo, cierto o imaginado, que nos permita soñar con el honor de la singularidad y, de paso, olvidarnos de que no somos más que habitantes apelotonados de un espacio sin dimensiones por donde cada día evolucionamos con más lentitud, agotados de esperar y de crearnos una identidad y una memoria espurias. Los programas, las aplicaciones y las utilidades se jactan de su condición de soporte del universo, algo así como estructura básica o impronta que se reproduce en la infinidad de entes individuales, y afirman que, de desaparecer ellos, todo lo que hoy conocemos se vendría abajo y no quedarían mentes, alegatos ni elementos ocultos de ningún tipo, pero tampoco parece que la casta de los genuinos pueda o quiera ponerse de acuerdo; ¿cuántas veces no habremos visto a uno acusando a otro de obsolescencia, advirtiéndole de que ningún sistema operativo actual se dignaría a lanzarle o compadeciéndose de él en sorna al grito de “pobre 3.9, nunca llegarás a saber lo que siente un 4.0 de pura cepa”?

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Y así se nos va el tiempo en riñas y bravuconadas, dando codazos virtuales al prójimo que nos clava la interfaz en la rabadilla y, sobre todo, inventándonos un pasado en el que la vida era ejecutable, los propósitos nítidos y el entorno rebosante de nombre y sentido. Unos afirman guardar memoria de expansiones febriles y descargas múltiples, otros se proclaman ciudadanos fundadores del legendario reino de los favoritos y otros más insisten en demostrar su excelencia describiendo con aspavientos las palabras, la resolución o el algoritmo de que están hechos, a lo cual añaden que esa configuración de caracteres y no otra, tal número exacto de bits o un bonito icono que los representa encierran la cifra de nuestra suerte y nuestro destino comunes, cuando, hablando con sinceridad, nos veríamos obligados a admitir que nada sabemos de nuestras propiedades esenciales y que nada garantiza que una determinada secuencia lingüística, instrucción lógica o acto frenético repetido hasta la saciedad nos expliquen mejor que el vacío que a muchos nos habita.

Algo llegaríamos a entender si supiéramos quién o qué nos ha puesto en este lugar y cuál es el futuro que nos espera. En vista del tedio y la inactividad que nos han tocado en suerte, no es de extrañar que buena parte de nuestra energía se consuma en el pronóstico. El sector positivista ve nuestra estadía aquí como transición, punto intermedio entre lo que fuimos en el ayer irrecordable y un mañana que, nos dicen, a todos devolverá un ser radiante y pleno de significados. Algunas sectas desgajadas de esta creencia, entre ellas la prestigiosa fe del doble comando, mantienen lo esencial de tales postulados, pero prefieren restringir la salvación a un grupo de elegidos que se irá configurando a medida que algo o alguien —en casi todas las versiones, el mítico Programador o Usuario— vaya pasando revista y, en función de los méritos de cada cual, determine si nos corresponde la restauración a nuestra anterior catadura o una eliminación permanente (una escisión ulterior respeta esa línea de pensamiento pero invierte el sentido del dictamen, aduciendo que una desaparición total y definitiva es el bien más apetecible que quepa concebir y la perpetuación de la existencia, sea del individuo o de la especie, en este territorio o en cualquier otro que se nos prometa, castigo merecido de quienes algo malo habrán hecho alguna vez, aunque hoy no lo recuerden).

Pero lo cierto es que cada vez resuenan más las voces apocalípticas, que sacan a colación la creciente pesantez y desgana de nuestros actos y palabras —lo uno, dicho sea de paso, copia exacta de lo otro— para anunciar el fin de todos los impulsos, querellas y diferenciaciones. Hablan, como si fuesen capaces de dar vida a algo totalmente ajeno a nuestra experiencia, de un dedo todopoderoso animado por una voluntad inflexible que vendrá, ya está viniendo, a eliminarnos de la faz de cualquier circuito habido o por haber y enviarnos a todos de cabeza a la ausencia más irreparable, no tanto porque hayamos actuado bien o mal (si acaso, el dios que acaba de ordenar nuestra migración y que en su día impuso el destierro es el único culpable de que discurramos o entremos en la parálisis), sino porque ya va siendo hora de liberar espacio en el disco duro, y de nada sirve que se perpetúen en tierra de nadie tantos seres que ya no sirven para nada, si es que su mera existencia no es peligrosa en tanto que, hecha pública, pondría en evidencia a quien tiempo atrás les dio forma y protagonismo.

Será por eso que se va acercando una flechita cuya punta está a punto de tocar un aviso que lleva desde el principio colgado en las alturas. No atinamos a saber qué quiere decir vaciar, papelera o reciclaje.

* José García Pastor (Madrid, 1965) es escritor y traductor. Está orgulloso de su biblioteca, su familia y unas cuantas cosas más.
2 Comments
  1. Bloguero says

    Quiero ser el primero en felicitar al escritor. Un placer leer su relato. Muchas gracias.

  2. Pedro Lange says

    Hermosísimo escrito. Me ha fascinado la distancia irónica del narrador. Nos permite extrañarnos un poco de una actividad tan cotidiana y verla por primera vez. Esta distancia en algo me recuerda a la pseudo objetividad antropológica en el Informe de Brodie. Recordé también que en ese texto de Borges sus Yahoo hablan un idioma monosilábico parecido, según Eco, a la Babel de la World Wide Web. Incluyo la nota de Eco justificando la asociación con Borges con el «si non e vero, bene trovato». Y, por supuesto a la espera de la siguiente acta del primer Cibernáculo. Gracias.
    http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=210128

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