Cultura y media

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En bastardillas, media, esto es, medios de comunicación de masas y no “social”, como se vino a transformar en un giro eufemístico que no sé a quién trataba de salvar de la miseria espiritual.

Aguila roja es la portada de la sección de cultura del informativo matutino de RNE (31 agosto), la radio de todos (y de todas, imagino). Toy story 3, la de El Cultural (9/15 de julio), suplemento de cultura de El Mundo. Por poner dos ejemplos, uno de izquierdas y otro de derechas; pillen la ironía, por favor.

No se trata de criticar el hecho de que sean dos “productos” audiovisuales, o no solamente. Habíamos aspirado, hace lustros, a valernos de los medios para levantar el listón cultural de la sociedad española. Nos creímos dioses, valientes tontol’habas.

Hay que bajar el listón para estar a la altura del pueblo soberano, eso es lo que se nos ha dicho constantemente. Satisfacer lo que pide “el público”, “la audiencia”, “los espectadores”, “los lectores”. Pero, ¿de qué demonios están hablando? ¿Quizás de que conviene que el puto pueblo siga siendo soberanamente bruto y manejable como en la Edad Media, por ejemplo?

Los políticos del negocio cultural lo niegan. Hay más espectadores, dicen: ¿de Aguila roja? Por cierto, un producto muy parecido al engendro británico Los Tudor, que tienen en común, un bigotillo apenas disimulado y un desprecio al sexo femenino muy acorde con la moda vigente en nuestros días.

Hay muchos más lectores, gracias a las políticas de aliento de la lectura, afirman. ¿De bodrios pretendidamente históricos, carentes de toda actitud crítica al atropello? ¿De presuntos transgresores que en realidad esconden a delincuentes comunes sin talento?

Me gusta cómo lo dice el dramaturgo Ignacio García May: “A ver si nos aclaramos: el arte, en el sentido más excelso del término, está al margen de toda moda cultural. Por otra parte, el significado clásico de la palabra artista, alude a un profesional cuyo conocimiento puede objetivarse, lo cual serviría para echar de este circo a las tres cuartas partes de los enanos. Pero si de lo que se trata es de hacer propaganda, díganlo abiertamente. En ese aspecto, al menos los nazis y los soviéticos fueron más honestos que las socialdemocracias: llamaban a las cosas por su nombre” (El Cultural, 3/7/10).

Cuando se confunden cultura y modas culturales o propaganda se corre el riesgo de ignorar quién y por qué tiene interés en convertir a las personas en marionetas, en manejar los hilos que las mueven, y, por lo tanto, de no poder hacer nada por evitarlo.

Lo vio muy bien Albert Camus, a quien se ha estado recordando este año, y lo dejó escrito admirablemente. En un sentido más individual, Franz Kafka. Mucho mejor que yo, Manuel Rico lo ha expresado en un artículo de El país en el que relaciona la crisis que padecemos desde 2008 y las respuestas de Europa a esa crisis, con el eclecticismo cultural defendido no sólo por los medios sino también por otros responsables del conocimiento, producto del relativismo posmoderno y del aplaudido “fin de la historia” de Fukuyama. “…mucho antes de la quiebra de Lehman Brothers, -dice Rico- se ha cernido sobre ellas [la literatura de Camus con sus bases filosóficas y existenciales] un manto de olvido alentado por críticos, escritores y docentes cuyo  objetivo ha sido canonizar propuestas narrativas acordes con el nuevo paradigma: eclecticismo, negación de los imaginarios alternativos y de las utopías, descrédito del compromiso del escritor…”

Este manto de olvido es inmenso y abarca, no sólo a Camus sino a otros escritores que sí tienen ojos para ver –y lo dicen- la bola de basura creciente que se cierne sobre todos nosotros.

“La libertad es el derecho a no mentir”, dice Albert Camus. Es posible que los que influyen en la sociedad actual no se sientan muy libres que digamos, por falta de conocimiento o por falta de forja moral, que no da igual.

Con que a ver qué trae de bueno la llamada rentrée del otoño.

2 Comments
  1. krollian says

    Cultura donde te dicen qué ha de gustarte no es un concepto muy esperanzador…

  2. celine says

    Leí en una biografía de Hannah Arendt que, cuando escolar, leía y traducía del griego la Anábasis y discutía con sus compañeros en clase sobre la razón práctica en Kant. Puede que esa sí sea forma de que no tengan que decirte qué elegir. Tira millas y siglos. Habrá que arreglárselas sin Kant y Jenofonte en los programas escolares, pero siempre nos quedará la rebeldía del conocimiento.

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