Autores, libros, aventuras

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Elvira Huelbes

Portada del libro.

Para los amantes de la literatura en lengua alemana de los años que rodean la primera guerra mundial, este librito de Kurt Wolff, subtitulado: Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka, es una golosina. Es el editor de Kafka, Max BrodGeorg TraklRobert WalserFranz WerfelKarl Kraus… judíos de la actual Chequia, si exceptuamos a Trakl, que  nació en la capital del imperio, Viena, y a Walser, un suizo peculiar. Y de otros nombres, famosos en su época, que no han trascendido en español, como Karl Sternheim, autor del ciclo dramáticoDe la vida heroica burguesa.

También imagino el placer que habrá supuesto publicarlo para la ejemplar editorial Acantilado ya que supone un espaldarazo a  las editoriales pequeñas y genuinas en su lucha en favor de la literatura, en medio del marasmo editorial de “productos” lucrativos que invaden todo.

Como dice Wolff, “uno edita o bien los libros que piensa que la gente debería leer o bien los libros que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no?”; toda una declaración de principios.

Entre las cualidades que deben adornar a un editor para acertar en su tarea destaca, aparte de los vastos conocimientos literarios universales y un buen criterio que le haga distinguir el grano de la paja, el amor con que debe tratar a sus editores, según el también editor, Klaus Wagenbach, que prologa la obra. Ojo clínico y cabeza bien amueblada.

Aún quedan rescoldos de editores así en España, aunque luego la vida, los tiempos cambiantes y bla, bla, bla, circunstancias adversas, en fin, los hayan transformado un poco. Por eso saludamos a los nuevos editores que quieren emular a aquellos que eran buenos. En fin, que me pierdo.

Volvamos al amor que Wolff consideró esencial para tratar con sus autores y sus trabajos. Especialmente, con Franz Kafka a quien escribe en una temprana carta: “Con la más sentida sinceridad le aseguro que yo, personalmente, no guardo una relación tan apasionada e intensa como con usted y su obra sino, a lo sumo, con dos o tres autores que representamos y tenemos el honor de publicar”.

Seguramente, uno de esos otros autores era el cítrico Karl Kraus, con quien Wolff mantiene una relación algo tormentosa debido, en gran parte, a la personalidad excluyente y tajante del autor de Contra los periodistas, aquel volumen jugoso que publicó Taurus en la época de Jesús Aguirre. Muy interesante, por ser testimonio directo, lo que cuenta de la obsesión de Kraus por conocer a Stefan George, poeta adorado, individualista como el propio KK y reivindicado por los nazis, lo que contribuyó a cierto arrinconamiento.

El aroma que destila el libro es el de ese tiempo prebélico en que las formas resultaban tan elegantes como los comportamientos en personalidades como la del editor que nos ocupa. Cautivado por el tono de una carta de Robert Walser, Wolff comprende que los escritos que le envía no tienen más de cien lectores y aún así decide publicar “para esos cien lectores” tres tomos de relatos del gran escritor. Además, KW no tiene empacho en alabar el trabajo de la competencia: “La prosa de Walser, no obstante, seguiría siendo prácticamente desconocida en nuestros días de no haber sido por la bonita antología que publicó la editorial Suhrkamp en una tirada de mil ejemplares”.

En el verano de 1930, Wolff empieza a liquidar su editorial abrumado por las deudas. “Dinero no había, puesto que la mayor parte de los fondos no tenían ninguna salida a causa del cambio de gustos del público”, dice en una carta en la que admite que con autores como Joseph Roth había perdido mucho dinero. Wolff no quiere deudas con nadie ni terminar como "testaferro de mis acreedores, en mero impresor, encuadernador".

Este no es un libro para todo el mundo, como pueden imaginar. Es una lectura formidable para los amantes de las letras alemanas del periodo de entreguerras, como dije al principio, y, en general, para los curiosos de las aventuras editoriales. Para saber más de los modos de aquellos alemanes a los que pareció borrar del mapa la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.

De la traducción de Isabel García Adánez sólo objetaré el uso relativamente frecuente de expresiones de moda, un tanto irritantes, como por ejemplo “a día de hoy”.

2 Comments
  1. Rosa María de Torres says

    Elvira,parece un libro exquisito,¿recomendable,tal vez,para profesores de Historia?

  2. Elvira Huelbes says

    Ya lo creo, Rosa María. Es curioso leer las cartas entre Wolff y Kafka por los datos que ofrecen sobre cómo eran las formalidades de entonces pero también el respeto entre autor y editor. ¡Hablaban hasta de amor!

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