IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

Obama se retira tras anunciar la muerte de Bin Laden, el pasado 1 de mayo, en la Casa Blanca. / Brendan Smialowski (Efe)

El asesinato de Bin Laden ha desatado, como no podía ser menos, toda suerte de reacciones y comentarios, y un buen puñado de artículos excelentes. Entre ellos, uno de Enric González en El País del pasado lunes día 2, en el que traza paralelismos entre la caza del líder de Al Qaeda y la obsesiva persecución de Moby Dick por el Capitán Ahab. “Cada sociedad se siente reflejada en algún relato que, de forma misteriosa, contiene el código de las pulsiones colectivas. Estados Unidos rinde culto a una extraña historia de terror, obsesión, pureza, venganza y catarsis escrita por Herman Melville en 1851”, escribe González. Su comentario me ha traído el recuerdo de un artículo que escribí yo mismo hace algo más de dos años, al poco de concluir una relectura de la novela. Se titulaba “Puritanismo y democracia” y fue publicado en El Mercurio de Chile. No he conseguido linkearlo, así que me resuelvo a autocitarme libremente, con el propósito de ampliar los comentarios de González.

En la actualidad –decía allí, entre otras cosas–, la genialidad de Moby Dick queda enaltecida por el mérito que supone, en estos tiempos de catastrofismo ecológico, conquistar la admiración del lector hacia lo que no deja de constituir, entre muchas otras cosas, una minuciosa y encendida apología de la masacre de ballenas; y, lo que es todavía peor, una exaltación del barco ballenero como agente fundamental de la “evangelización” democrática del planeta entero.

Escandaliza leer, ya bien entrada la novela, un afirmación de este fuste, relativa a las antiguas colonias de Hispanoamérica: “Fue el ballenero quien primero irrumpió a través de la celosa política de la corona española, tocando en esas colonias; y si lo permitiera el espacio, se podría demostrar detalladamente cómo gracias a esos balleneros tuvo lugar por fin la liberación de Perú, Chile y Bolivia del yugo de la vieja España, estableciéndose la eterna democracia en esas partes” (capítulo XXIV). Vaya por dónde.

Pero estas y otras no menos peregrinas y sugerentes hipótesis deben encuadrarse, como ya se ha apuntado, en el marco de la ideología puritana, acerca de la cual nunca se destacará con énfasis bastante cómo fecundó la concepción de la democracia americana y su celo expansionista, que bebe mucho antes en los profetas del Antiguo Testamento y en Calvino que en Grecia y la Ilustración.

Por detestables que puedan parecerle los hombres “en cuanto sociedades anónimas y naciones”, a los ojos el narrador de Moby Dick prevalece inalienable la dignidad del individuo aislado, que no precisa de ropajes ni de mantos, por cuanto “es esa dignidad democrática que, en todas las manos, irradia sin fin desde Dios, desde Él mismo, el gran Dios absoluto, el centro y circunferencia de toda democracia” (capítulo XXVI).

Esa sustancial igualdad de los hombres, subyacente –y, por demás, indiferente– a las jerarquías de poder y a la desigualdades de riqueza, es la que, conforme a sus propias palabras, autoriza al narrador de Moby Dick a atribuir “cualidades elevadas, aunque oscuras, a los más bajos marineros, renegados y proscritos”. Previniendo las censuras de que ha de hacerse objeto por proceder así, el narrador de Moby Dick no duda en invocar el sostén del “Espíritu de la Igualdad”, del “Gran Dios Democrático”, de quien dice que ha extendido “un único manto real de humanidad sobre toda mi especie”.

Esta asociación entre Dios y Democracia permanece profundamente arraigada en la Norteamérica de hoy y, exacerbada por los intereses neocolonialistas, contribuye a explicar muchos de sus comportamientos. Desde este punto de vista, el afán democratizador de Estados Unidos se revela en una especie de Yihad judeocristiana y capitalista. Este democratismo teocrático da lugar a su propio fundamentalismo; y da cuerpo y justificación al imperialismo.

Es propio de los clásicos generar incesantes interpretaciones y, a través de los tiempos, constituirse sin solución de continuidad en prefiguración o metáfora del presente. Esta condición se cumple abrumadoramente en el caso de Moby Dick, monumento nacional de la literatura de Estados Unidos que, en la perspectiva de la actualidad mundial, invita, más que nunca, a ser leída como epopeya trágica de Norteamérica, de su expansionismo depredador, de sus pretensiones evangelizadoras, de su fanático empeño liberador. El trasnochado heroísmo de los balleneros vagabundos por todos los océanos resulta perfectamente trasladable al de los amenazantes buques de guerra que patrullan por todo el planeta, al mando de un capitán sospechosamente empeñado en aniquilar a la ballena blanca, cifra de todo mal (aparte de precioso botín al que arrancar pingües beneficios).

El poderoso y escurridizo simbolismo de Moby Dick ampara toda suerte de lecturas, en todos los niveles del texto. A comienzos del siglo XXI, la que se impone más directamente –aunque más superficialmente, también– es la que reconoce en la ballena blanca una convincente metáfora de Al Qaeda, fantasmal y ubicuo paradigma de toda malignidad, y en el capitán Ahab una favorecedora y cojeante versión de George Bush y sus meteduras de pata, empeñado en vengar con el petróleo de la ballena la mordedura que ésta le infligió, dándole igual si para ello lleva a toda la tripulación hasta el mismísimo infierno.

Hasta aquí, con sólo unos pocos cortes, la parte final del ya viejo artículo, al que habría muchas cosas que añadir. Entre ellas, el penoso relevo de Bush por Obama, de quien será difícil olvidar –y, por lo tanto, perdonar– el discurso que dirigió a la nación para anunciar la muerte de la ballena.

Pero el final de la novela no es así. Al final de Moby Dick, recuérdese, Ahab se enreda en la cuerda del arpón clavado en la ballena y ésta lo arrastra consigo a las profundidades, después de hundir el Pequod, el barco ballenero.

“…y así el pájaro del cielo [un halcón marino enredado a su vez en los aparejos del barco, aunque bien podríamos imaginarlo como un águila de cabeza blanca], con gritos arcangélicos, y con su pico imperial vuelto hacia arriba, y toda su forma cautiva envuelta en la bandera de Ahab, se hundió con el barco, que, como Satán, no quiso bajar al infierno hasta haber arrastrado consigo una parte viva del cielo, poniéndosela por casco”.

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  • ariadna

    Gracias por la alusión al artículo “La Caza de la Ballena Blanca”, que es bastante interesante. Sorprende, sin embargo, que Enric González no aluda a Edward Said, el intelectual palestino y profesor de literatura comparada que, analizando a Conrad, concluía que la obra de una civilización es al mismo tiempo la obra de la barbarie. Edward Said establecía esa analogía entre Moby Dick y Bin Laden en un artículo que trataba sobre la demonización del otro y que aparecía publicado el 16 de septiembre de 2001 en The Observer, cinco días despues del atentado de las Torres Gemelas (http://www.guardian.co.uk/world/2001/sep/16/september11.terrorism3). La comparación ha sido desarrollada después por diferentes académicos, como el profesor Sammuel Otter de la Universidad de Berkeley, quien nunca olvida citar a Said. Lástima que González no haga lo mismo. ¿Falta de rigor? ¿O desconocimiento sobre Said por parte del corresponsal de El País en Jerusalén? Qué triste.

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