Antonio López, a mano

Antonio López posa, el pasado viernes, ante 'Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas', una de las obras de la retrospectiva del pintor manchego que se inaugurará mañana, día 28, en el Museo Thyssen-Bornemisza. / J. Martín (Efe)

Quienes pasen por Madrid este verano tienen la ocasión inexcusable de visitar hasta septiembre la exposición de pintura de Antonio López en el Museo Thyssen Bornemisza. Para convencer al pintor de su pertinencia los responsables del museo habrán recurrido a varios argumentos: que fue hace sesenta años cuando se estrenó, siendo un adolescente imberbe, exponiendo al público sus pinturas en Tomelloso, que hace casi 20 que no expone de manera retrospectiva en España, que hace calor y la contemplación de su pintura resulta refrescante, por ejemplo. Mejor hacer la visita en soledad; solamente sería aceptable la compañía del pintor, pero supongo que estará en otras ocupaciones.

AL es un artista que habla como un hombre sencillo pero no hay que dejarse engañar por las apariencias: precisamente de eso va su pintura. Puedo imaginar el ambiente de su infancia en Tomelloso, rodeado de campo y de gente corriente pero tutorizado por su tío pintorLópez Torres, que encauzó la vida del joven manchego desde su tierna infancia.

Con los años, el pastorcillo de La Mancha se ha ido convirtiendo en un fraile franciscano en cuyo rostro encierra una rara sabiduría, una mirada profunda. A fuerza de mirar, los ojos de Antonio López se han hundido en medio de arrugas que alegran su sonrisa. Habla mucho más que antes, hace 30 años, cuando no se interesaba en salir en los medios. “Si yo no soy capaz de hablar dos minutos seguidos, ¿cómo vamos a llenar una hora de conversación?”, me dijo entonces al invitarle a la radio. Aceptó y se sorprendió al acabar. Cómo vuela el tiempo, ese bandido asalteador de caminos.

Con la misma sencillez que conforma su personalidad, que nunca le abandona, AL se ofrece a quien quiera escucharle, observarle mientras pinta, incluso, como esa vez en la Puerta del Sol de Madrid, precisamente. No se enreda el pintor en palabrería conceptualmente compleja ni estructuralmente paradójica, sino que usa los nombres comunes del diccionario como lo haría un escolar bien educado. Así que la burda canalla cree poder despreciarle tildándole de “hiperrealista” o de “caspa madrileña” como hacen determinadas autoridades artísticas de Barcelona, oh, Dios mío, ya estamos. Esa es harina de otro costal y ahora no procede.

En AL vida y pintura se confunden por eso pinta lo que está más cerca, su familia, su casa, los árboles de su huerto, su Madrid. Más de una vez lo he visto en un vagón abarrotado del metro, afanado en la resolución de un sudocu, morral al costado, gafas montadas sobre la grupa de su nariz, casi en la punta. Garantizado el anonimato, en parte por la discreción de quienes le reconocemos, en parte, gracias a la ignorancia de la mayoría de los viajeros del subterráneo.

Como Francisco de Goya, AL no hace bocetos nunca: pinta y deja que la pintura se le aparezca como la Virgen de Lurdes. Una vez, a los 15 años, empezó a pintar una mujer que se encaramaba en un tranvía y aquello terminó en dos señoras sentadas en un cuarto. Cualquiera podría preocuparse ante tamaño cambiazo, sobre todo en la era de las planificaciones, pero él permite que la pintura se le imponga. Por eso, llega a coser más tela al lienzo en el que está trabajando, porque así lo exige el trabajo. El dice, “porque así me lo permite”. La pintura le da permiso y él procede.

Reflexivo, concienzudo, metódico, ha aprendido AL a proseguir a la velocidad de los caracoles las incidencias de la realidad que se ve, la que él contempla, de modo que se toma su tiempo para dar por terminado un cuadro, tanto tiempo que nunca lo termina. Un cuadro no se acaba, dice, siempre está respirando, sugiriendo otra pincelada, “un cuadro queda detenido en un momento pero nunca terminado”.

Quizás por eso, algunos de los cuadros de esta exposición –de su requetemirada Gran Vía madrileña- están por terminar de verdad, quiero decir, incluso para un pintor convencional, uno de esos que creen que los cuadros se acaban terminando de hacer. También tienen derecho, ¿eh?

Cuando le asaltan las dudas existenciales o como quieran llamarlas, AL se aferra al elemento estabilizador que, para él, es “la aventura de la pintura frente a la realidad”, reemplazar el mundo exterior por un doble –como dice André Bazin-, ese doble que ha pasado por los recovecos de la mente del pintor y se ha tintado de la sangre que bombea su corazón.

De la experiencia de El sol del membrillo, la película de Víctor Erice sobre el proceso de creación del pintor, le ha quedado al cineasta una idea clara y sencilla, tanto su trabajo como el del manchego, son “formas de llegar al conocimiento de una posible verdad”. En resto son los marchantes y el mercado, la vanidad y las cotizaciones, como en el juego capitalista de la Bolsa. A AL le repatea el recurso automático de invocar a Picasso, como si fuera de él ya no hubiera nada, como si su repercusión cotizadora sustituyera su arte. Eso ha hecho daño. Como García Lorca a la literatura española, afuera. Pero, claro, qué culpa tienen estos dos.

Los cuadros de esta exposición tienen la virtud de los muros de un monasterio cisterciense de propiciar el silencio y un tumulto de pensamientos, a los que hay que dejar pasar de largo, como en la meditación. El silencio y la alegría y la inquietud. También la admiración.

Contagiada por la humildad de este pintor, pido perdón a los críticos y conocedores de arte por las cosas que quedan aquí escritas y que puedan ofender su delicado saber. Me queda el placer de mi propia capacidad de emoción, una experiencia a la que invito a quien quiera aventurarse en esta exposición.