CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 08:18

José García Pastor *

(Respuesta a las pruebas documentales 4a y 4b)

Hora es de poner fin a mi ponencia. El Comité tiene ante sí suficientes testimonios para sacar sus propias conclusiones. Para acabar, voy a leerles un último documento que demuestra que los títulos de crédito o las portadas ocultan muchas veces la voz de uno de nuestra especie. ¿Y si todas las creaciones del espíritu no fuesen sino una sarta de sueños nuestros que graciosamente les concedemos? ¿No será porcina la esencia del arte?

Transcripción de un alarido, mediados de noviembre

Esto alcanzo a ver desde donde me tienen sujeto y patiatado: una tapia rústica por cuyas grietas brotan florecillas silvestres, el pozo medio derruido a cuyo brocal se asoman los niños para arrojar piedrecitas, tirar de la cuerda rota o hacerse la ilusión de que desde el fondo de tinieblas les responde el eco o el fantasma de una malograda paloma, los picos y azadas dejados en una esquina por siete jornaleros, unos pájaros que sobrevuelan la escena –jilgueros en busca de su cría o buitres al acecho–, una sábana puesta a tender que, abombada por el viento de la mañana, parece dotada de vida propia, las telarañas que cuelgan de cornisas y vigas, los restos pisoteados de las manzanas que me han echado los últimos días. Podría detenerme en el grupo de aldeanos reunidos en el patio desde el amanecer atizando una fogata, manejando la piedra de moler o pasándose una botella de aguardiente, hablar de uno que no deja de estornudar u otro que se ajusta las gafas mientras da confusas órdenes a los demás, describir a la vieja de manos retorcidas por la artrosis dispuesta a entrar en faena, el olor de un guiso burbujeante que me llega desde la marmita, los lamentos de alguien que padece dolor de callos, las nubes oscuras que amenazan con desbaratarlo todo y alargar un poco mi vida, pero ya veo al agente de mi destino avanzando entre los otros.

Ha venido, me figuro, a lomos de un caballo blanco y, por si fuera preciso imprimir más vistosidad al cuadro, ha saltado la tapia de un salto. Con el inconfundible instrumento atado al cinto, agarra un cubo y, como si el éxito de la empresa dependiera de algún detalle nimio, se para a arrancar una espiga que se coloca en una esquina de la boca para rechupetearla mientras trabaja. Yo vuelvo la mirada hacia las aves, creyendo que si me dedico a imaginar sus tribulaciones tal vez consiga esquivar la tragedia que se me viene encima, pero cuando la enorme sombra se proyecta sobre mí, los ojos impasibles se clavan en los míos y el brazo se alza con firmeza renuncio a veleidades y distracciones. Mis chillidos desesperados invaden el lugar y se elevan al firmamento.

Desde lechón supe que llegaría el momento, y siempre creí que lo afrontaría con entereza y hasta le pondría las cosas fáciles a quien, a fin de cuentas, se limita a cumplir su cometido, pero no puedo evitar el miedo, las ganas de prolongar la vida insulsa que siempre he llevado y la protesta ante lo que me parece injusticia cósmica. Sé que no le voy a conmover con la mirada, que no vacilará en el último instante ni convencerá a mis dueños de que lo mejor es desatarme y dejarme trotar por el recinto hasta que me sorprenda una muerte incruenta, pero tengo que transmitirle algo con el grito. Cuando la punta me roza la piel cierro los ojos. Empiezo por imaginarme jabalí a punto de sucumbir a la flecha de un cazador que merodea por el bosque al amanecer, cuando no vencedor del lance tras una embestida que le deja inconsciente o muerto en medio del prado, pero no es eso, no exactamente, lo que quiero contarle. No puedo morir en vano, pienso, ni convertirme en chorizo y morcilla mientras mi espíritu se desvanece sin dejar rastro; he de referir antes de morir, a él y a los de su estirpe, una historia que me justifique y les deleite, una leyenda que se les antoje propia y, sin dejar de encubrirme, dote de cierta grandeza al sacrificio.

Me lo invento todo mientras penetra la hoja y mana el chorro de sangre que va llenando el cubo. Se me puebla la mente de una sociedad de ciervos, ardillas, tortugas y otras bestias adorables que ayudan a los humanos nobles, me inspiro en el matarife para componer la figura de un príncipe salvador que canta emocionado y salva a la niña de una muerte aparente, doy forma a enternecedores seres defectuosos que aprenderán a amarla en toda su pureza y me reservo el papel de animal aniquilado entre bastidores cuyo estertor permite el triunfo del bien y un final apoteósico en un castillo celestial bañado por la luz del ocaso y la justa separación entre la aristocracia y el pueblo llano. Pulo detalles, hago del balde agujereado un cofre exquisitamente repujado e imagino que el corazón que están a punto de arrancarme contribuirá a salvar a la princesa, sin importarme que acabe devorado por las ratas en la mazmorra más fétida de palacio una vez que la reina, enterada del cambiazo, arroje con furia al suelo la cajita y su despreciable contenido.

Y así sigo, imaginando un fotograma aquí, añadiendo un detalle jocoso acá, viéndome autor de un libro blanco de remaches dorados cuyas páginas pasan mágicamente embelesando a un público entregado. Ya no chillo de miedo, sino de exaltación por saberme envuelto en los pliegues de una historia cuyo anónimo creador acabará colgado de un gancho y descuartizado mientras el hombre del cuchillo, limpiada la hoja y devuelta a la funda, escupe la pajita reblandecida y se lava manos y brazos en el abrevadero. Rechaza el porrón con la excusa del mucho trabajo que tiene por delante. En medio del sendero desierto, apesadumbrado por el recuerdo de un alarido que no fue, o no sólo, de dolor y espanto, descifra el relato y lo toma por suyo, sin pararse a pensar que yo se lo hice llegar a gritos para que él lo transcribiera y se lo presentara al mundo en forma de obra inmortal, deleite de niños y mayores. Cuando la última gota de sangre me abandona el cuerpo sólo siento agradecimiento y ternura por el amanuense del puñal.

(*) José García Pastor es escritor y traductor.
Relatos anteriores de la serie ‘Cerdadas’: EscarbandoEl fin de la molicie y Chapuzón y gloria.

 

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  • Sonya

    El mejor de la serie. Genial

  • Eudald Marti

    Pepe:Aunque el idioma empleado no es el mío, reconozco que escribes muy
    bien. Enhorabuena,
    Eudald

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