Pombo y el entusiasmo

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Alvaro Pombo, ayer, en Barcelona, tras recibir el Premio Nadal por su novela 'El temblor del héroe'. / Alberto Estévez (Efe)

Que le hayan dado a Alvaro Pombo el Premio Nadal no es más que un pretexto para escribir sobre él en este apartado rincón. Se presentó con el pseudónimo de Jorge Bruno porque, además que admirar al humanista mártir, Giordano Bruno, tomó de él algo más que el espíritu de la novela ganadora, El temblor del héroe, un libro que medita sobre la ética del cuidado, la necesidad desoída de que nos cuidemos los seres humanos unos a otros, “todos somos la providencia divina –dice- y si nos descuidamos el mundo se viene abajo”. Uno se hace esta reflexión cuando se van cumpliendo años y se vislumbra por el rabillo del ojo la sombra, no tan terrible, de la muerte. Porque no es terrible morir, sino inexorable, que es distinto. Pero no va de esto.

Va del furor heroico brunista, el entusiasmo (literalmente, “endiosamiento”), “el delirio de alcanzar la divinidad, la belleza y el bien”, un afán que sólo encierran los corazones valerosos.

Y afirma el autor del Metro de platino iridiado (1990) que su novela se sitúa “en el espacio verbal imaginario que va de Grecia a nuestros días”. Claro que no hay que elevarse hasta alturas de incontenible heroicidad, de lo que quiere hablar Pombo es de ser decentes, no andar por ahí vendiendo paquetes financieros basura ni pisando cuellos ajenos con tal de trepar en el escalafón social; no portarse como psicópatas, en definitiva, como actúan los elementos del impagable film de Charles Ferguson, Inside Job.

El protagonista, Román,  es –por lo visto- un profesor jubilado de Filosofía que supo transmitir el entusiasmo platónico a sus alumnos, cuando estaba en activo, pero que sin el aplauso retroalimenticio de los pupilos se siente acabado, melancólico, como sin vida. Desde ese decaimiento contempla el mundo como algo hostil, ajeno a su propia existencia, como si se encontrara fuera de su tiempo.

Algo así vino a decirme una vez Emilio Lledó –salvando todas las distancias; se lo cuento sólo porque me acabo de acordar y soy una friki de las digresiones-, cuando, a la vuelta de sus constantes viajes a Berlín en cuya Universidad Libre profesaba, aseguró que el modo como se conducía la gente, sus gustos, sus modales, le hacían sentir que este tiempo no es el suyo. Recuerdo que comentábamos la rampante mala educación de nuestros conciudadanos, la aspereza de sus comportamientos en público, a propósito de una peineta que nos hizo un taxista al cruzar la calle O’Donnell, en Madrid. Y, aunque a mí misma me parezca un desvarío, creo que está muy relacionado con la novela de Pombo, que no he leído aún, desde luego. Hay que esperar a que salga a las librerías.

En el relato de AP destaca la falta de compromiso como uno de los desencadenantes de infelicidad. La ausencia de empatía, ya saben, lo de ponerse en el lugar del otro. Uno de los personajes, un tal Bernardo, “un mala follá”, como dicen en Granada, desempeña el papel de “la actualidad del yo saturado, del yo líquido, poroso, del yo falto de sustancia”. Con su salero habitual, que causa sarpullido en sus no admiradores, AP no se corta en afirmar que antes que Zygmunt Bauman y que Milan Kundera él ya ha hablado de levedades y liquideces de la sustancia humana, por ejemplo en sus Relatos sobre la falta de sustancia (1977).

Es ese entusiasmo lo que le hace vehemente, recitador de poesía con memoria de elefante, animador de reuniones mortecinas y hasta loco capitán Ahab de los tinglados sociales, literarios o no. El mismo entusiasmo que sin duda le ha empujado a pelear en la arena política bajo las siglas de UPyD, exponiendo el cutis a las furias y los cíclopes, que le han puesto a caldo. Ha contado para regocijo de su audiencia, que se presentó al Nadal (como antes al Planeta y al Herralde, que también se ha llevado; y el Fastenrath y los nacionales de la Crítica y de Narrativa) porque le “gusta presentarse a cosas”. Y, cosas de la vida, casi acaba de senador por Madrid. Para que luego digan que la poesía no da para vivir. La vida.

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