Guillermo Cabrera Infante: más cine, por favor

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Guillermo Cabrera Infante. / Efe

Habría que felicitarse por la edición de los dos primeros volúmenes, de un total de ocho, de las Obras Completas de Guillermo Cabrera Infante que está llevando a cabo Galaxia Gutenberg- Círculo de Lectores, cuyo cuidado ha sido realizado con excelencia por Antoni Munné, y que comprende todas las críticas de cine que el autor cubano escribió en su vida, leyéndolas parecería que no se le había escapado una sola película, además de los libros que dedicó a este tema, que fue una de las grandes pasiones de su vida heredada de su madre, algunos como Arcadia todas las noches o Cine o sardina, sencillamente deliciosos.El primer tomo reúne todas las críticas que Cabrera Infante escribió principalmente en Carteles bajo el pseudónimo de G.Caín, y de las que una buena selección, las que realizó entre 1954 y 1960, es decir, entre la dictadura de Batista y el triunfo de la Revolución, se publicaron en aquel magnífico libro editado por Seix Barral, Un oficio del siglo XX, libro que en cierta manera le valió un dorado y un tanto surreal exilio como agregado cultural en Bélgica, porque , como el mismo Cabrera Infante nos lo recordó en Orígenes. Cronología a la manera de Lawrence Sterne, texto que apareció en O: “Todavía desempleado, GCI comienza a ser visto como un exiliado interno. Prepara un libro con sus críticas de cine y escribe para ellas un prólogo, un epílogo y un interludio para convertir a Un oficio del siglo XX en una pieza de ficción ligeramente subversiva.  El libro se propone probar que la única forma que un crítico puede sobrevivir en el comunismo es como ente de ficción. A la manera bolchevique, es desterrado de la capital política. Pero La Habana es todavía una versión latina de Moscú y en vez de exiliarlo a Siberia es enviado de attaché cultural en Bélgica”.

De ahí que el libro tenga una importancia capital en la vida de Guillermo Cabrera Infante porque representó en su imaginario un jalón emblemático en un exilio que le llevó primero a Bruselas y luego a Madrid, nuestra capital le pareció un convento, y a Barcelona, para instalarse definitivamente en Londres, no olvidemos que eran los años del swinging London, de la movida británica, entre otras razones más serias, supongo, porque, según me dijo en cierta ocasión con cierto aire de fauno tropical trasmutado en chino, no en vano nació en la provincia de Oriente, “la chicas no llevaban bragas”. Se quedó con su gran amor, Miriam Gómez, pues, en Londres para no volver jamás a Cuba, y de esa ciudad aprendió a comparar medidas femeninas, llegando a decir que las inglesas parecían eternas adolescentes y que en La Habana es donde se encontraban mujeres de verdad, a intentar disfrazarse de británico imposible porque se ponía unos atuendos que ningún inglés en su sano juicio se ha puesto jamás, hay una fotografía que le hizo Jesse Fernández con pipa y macferlán que no tiene desperdicio, y, sobre todo, a sobrellevar la amargura de saberse apartado de una ciudad, de unas gentes, de un clima, de un modo de vivir, que hasta entonces no sabía, era su paraíso, y que al igual que el verso de Alberti, se hallaba por eso mismo, sin luz para siempre.

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Decir cine, entonces, e infancia en Gibara y, luego, La Habana, es casi sinónimo porque Cabrera Infante vivió largos períodos de su vida gracias a la literatura, a la pasión por las mujeres y lo que eso conllevaba, las noches, el trasiego, la fiesta, la música, el bolero, el son, el swing, el jazz, y el cine, sobre todo el cine, porque en esos fotogramas viviente asistía a otras narrativas, casi dramáticas, muchas veces melodramáticas, de las que abominaba en su quehacer literario. Bien es cierto que, a veces, se rebeló contra el melodrama del cine y eso le costó arrepentirse de por vida, sin ir más lejos en la crítica que hizo a Casablanca cuando se estrenó y que incluyó en Un oficio del siglo XX, una crítica, todo hay que decirlo, negativa, y que le persiguió durante el resto de su vida hasta el punto de tener que rectificar y excusarse argumentando, recuerdo todavía  el lugar en que me lo dijo, en la Rotonda de un hotel Palace mañanero y distraído porque por allí andaba Gorbachov, que “nunca hay que meterse con los mitos, nunca, aunque yo no supiera entonces que esa película iba a convertirse en uno de los más grandes del siglo”.

Decir cine es, también, hablar de obras concretas. Guillermo Cabrera Infante está indisolublemente ligado a la consolidación del cine cubano. Amigo de Néstor Almendros, de Ricardo Vigón, de German Puig, creadores de la Cinemateca cubana, de Tomás Gutiérrez Alea, de Roberto Branly, de Juan Soriano, llegó en los meses anteriores a tal extremo de politización, la sombra de Carlos Franqui siempre está presente en esos tiempos para bien o para mal, que en cierta manera fue responsable de la desaparición de la  Cinemateca y de la apropiación de la misma, una vez llegó al poder Fidel Castro, por parte del ICAIC.

Decir cine es, desde luego, referirse a  Carteles, también a Bohemia, pero sobre todo a la primera, que fue la revista en la que Guillermo Cabrera Infante logró llegar a ser Guillermo Cabrera Infante, pero sobre todo G.Caín. En aquella revista, donde se encontraban también fotógrafos como Jesse Fernández, Agraz, Newton Estapé, Korda, que luego se hizo famoso por la  mítica foto del Che, Cabrera se dedicaba a entrevistar a actrices famosas de la Cuba del momento, como Miriam Gómez o Miriam Acevedo, pero también a starlettes de dudoso nombre, como Onyx o Nidia, junto a otras de renombre internacional, como Martine Carol, Rosana Schiaffino o Silvana Pampanini, y hacía críticas, montones de ellas, todas las que se encontrará el lector en estos libros, pero también reportajes, del que fue un maestro consumado, a gentes como Humphrey Bogart, James Dean , Errol Flynn, o Tyrone Power. Decir cine, en fin, es decir cine americano, del que Cabrera fue un ferviente defensor mientras, injustamente, y con una ceguera memorable, se metía con “las falsas reputaciones”, como acostumbraba decir, del cine francés, Jean Vigo, sin ir más lejos, Jean Renoir, Visconti, Max Ophuls, el neorrealismo italiano, a quien ayudó todo lo posible a morir en Cuba, o el cine inglés.

    Todo esto, y mucho, muchísimo más, se encontrará el lector en estas mil setecientas páginas nada menos, de los escritos que Cabrera Infante dedicó a una de sus pasiones menos secretas: el cine. La edición, magnífica, posee la característica de un legado necesario. Es para felicitarse por ello.

1 Comment
  1. luis colmenares says

    excelente articulo.podrian mandarmelo a mi correo.gracis. desde caracas,venezuela.

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