Los dedos mojados en vino

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Cartel del 10º aniversario de la muerte y el 90º aniversario del nacimiento de José Hierro. / cpoesiajosehierro.org

Es el primer recuerdo de Pepe Hierro que me viene a la memoria. El poeta, de cuya muerte se cumplirán diez años en diciembre, trabajaba en RNE por aquel tiempo, al principio de los ochenta, cuando mandaba Fernando G. Delgado. Gracias a Fernando, Hierro se ocupó de reunir y clasificar para el archivo sonoro de la radio la voz y los poemas de ilustres laureados españoles e hispanoamericanos (perdonen pero no me sale la cursilada afrancesada de “latinoamericanos”), aparte de emitirlo en un programa bellísimo cuyo título no recuerdo y que no encuentro en san google ni en parte alguna, por desgracia.

Era estimulante encontrarlo, trajinando de aquí para allá, en los pasillos amplios y umbrosos de la Casa de la Radio. Un día, alguien le llevó uno de sus libros de poemas, Agenda,  para que se lo firmara en el café, donde el poeta comía su menú rápido. El metió los dedos en el vaso de morapio y dibujó un paisaje marino. Luego, pidió un boli y escribió algo enérgicamente. Con esa facha de vándalo de orejas desabrochadas que tenía, las cejas enarcando, severas, un par de ojos de carbunclo. Qué tío.

Tiene gracia que un hombre al que rara vez se le veía encorbatado, debido a su aversión por lo ceremonioso, le concedieran tantos premios y hasta le admitieran como miembro en la Real Academia Española, aunque no llegara a sentarse en ella.

José Hierro fue Premio Adonais, dos veces Premio Nacional de Poesía y Premio de la Crítica, Premio de la Fundación Juan March, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Fundación Pablo Iglesias, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Cervantes, Premio Europeo de Literatura Aristéion  y Premio Ojo Crítico. Su silueta de campesino irredento se vistió con la púrpura de Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo y por la Universidad de Turín. Hijo Adoptivo de Cantabria en 1982. En 2002, el Ayuntamiento de Madrid le concedió la Medalla de Oro de la ciudad.

Muchos recordarán a Pepe Hierro en los cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo de Santander –su auténtica ciudad- porque él impartía clases de español a los alumnos extranjeros, pero hacía muchas más cosas: era un ser humano disponible para colaborar en lo que hiciera falta sin refunfuñar. Un poeta que detestaba los laureles aunque le cayeran tantos, y que empuñaba el azadón y la horca para dejar la huerta como los chorros del oro, lomo al sol, curtida su piel como si de un tártaro se tratara, aunque muy lejos del significado griego de esa palabra, que la acerca al infierno.

El infierno lo vivió Hierro en la cárcel, donde pasó cinco años duros y dolorosos de los que nunca hablaba más que con sus compañeros de pena. En su mirada, a veces, después de contar algo gracioso o de desternillarse de risa por la ocurrencia de un contertulio, quedaba un poso de melancólica memoria, quién sabe si de los años de prisión y de tanto como debió aprender en ellos sobre la mezquindad humana. Juego de Tronos.

En un viaje a Troia, una península portuguesa, cerca de Lisboa,  en el que nos mezclamos periodistas y poetas para debatir sobre el sentido de la poesía en nuestro tiempo, Pepe me invitó a café en un descanso. “Café” en su idioma era una tacita de líquido negro humeante y fragante que se combinaba con otro líquido, transparente y frío, en copita, el cual procuraba un calor interno inmediato al ser ingerido. Después de tres “cafés”, ya decidimos no reincorporarnos por esa vez al debate poético, dado lo perjudicado de nuestros organismos. Fueron los novillos más provechosos de cuantos he hecho en la vida, y si los declaro aquí no es tanto por afán de protagonismo –que también- cuanto por rendirle modesto homenaje al vándalo más bondadoso de la historia. Rafael Pérez Estrada, el abogado malagueño metido a poeta, hizo de mascarón de proa en la lancha que nos transportaba a Troia, entre otros, a Luis Antonio de Villena y al propio Hierro, declamando, en plan vate aniquilable, unos divertidos versos improvisados.

Mejores homenajes se le rendirán durante todo el año gracias al trabajo de amigos y admiradores, con que habrá que estar al loro de lo que organice el Instituto Cervantes, por ejemplo, y sobre todo, la fundación del poeta que centraliza las conmemoraciones.

1 Comment
  1. Pablo Roncal says

    Enhorabuena, Elvira¡¡¡ Me parece genial tu artículo sobre el gran Hierro, ese inagotable compendio de férreos versos y rimas metálicas. Y no te disculpes, porque compartir con los demás esas vivencias son enriquecedoras para todos.

    Muchas gracias¡¡¡

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