Rafael y el estilo tardío

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'Sagrada Familia' (Hacia 1518). Óleo de Rafael y Giulio Romano. / museodelprado.es

El verano, temporada turística por excelencia, se abre en Madrid con tres exposiciones muy diferentes pero importantes por la excelencia de los artistas representados. El plantel es de lujo: comenzó con la de Ernst Ludwig Kirchner, uno de los artistas más prolíficos del siglo XX, en la Fundación MAPFRE, a la que siguió, casi parejas, la de Edward Hopper, el pintor del mundo habitado por  un solo personaje,  en el Museo Thyssen Bornemizsa y finalizando con la que el Museo del Prado, en colaboración con el Louvre, abre el 12 de junio y que estará entre nosotros hasta el 15 de septiembre dedicada al último Rafael. Tres exposiciones, por otro lado, muy bien pensadas en tiempos de crisis al abarcar temáticas y autores muy diferentes y ofrecer, así, un abanico donde escoger sin que lo expuesto rebase los límites impuestos a la canícula. No están los tiempos para arriesgarse.

Sin embargo, esa falta de riesgo no implica que lo expuesto no se presente con aires de renovación, antes bien, parece exigirlo. La exposición de Rafael, por ejemplo, pretende renovar la imagen tradicional, y aquí cabría decir que es la que nos viene de la interpretación del artista surgida de esos movimientos del XIX, aquellos que dieron lugar al prerrafaelismo, de un pintor que se ha convertido en el epítome del “buen gusto” e incidir, gracias a  sus últimos años, en su estilo tardío, un estilo de una exigencia muy alejada de la tradicional y que los comisarios de la muestra, Tom Henry y Paul Joannides, graciosamente delegados por ser dos de los grandes especialistas mundiales  en Rafael por los supervisores del Prado y del Louvre, Falomir y Vincent Dieleuvin, se empeñan en desligar de manera radical del halo romántico en que le colocaron los estudiosos de épocas anteriores. Cada generación remueve en el pasado en busca de la renovación de un canon que se supone obsoleto. Nos pasó con Beethoven versus Mozart, donde se quiso desligar a nuestra época del Gran Relato de los héroes románticos y hacer el pasado más asequible en una época proclive al pastiche y al cinismo, a la alegría un tanto frívola que busca desesperadamente la armonía: la moda Amadeus duró varios años, aquellos del posmodernismo y la afluencia del dinero a espuertas, y ahora parece que el mundo de la música ha vuelto a refugiarse en valor segurísimo: Johann Sebastian Bach.

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La exposición, comentada por Miguel Falomir, Jefe del Dpto. de Pintura Italiana y Francesa.

No hay, por tanto, mirada al pasado que no quiera renovar la que antaño se puso al mismo y no es de extrañar tampoco esta insistencia en Rafael, en su estilo tardío, expresión que tiene gracia si tenemos en cuenta que el artista murió a los 37 años de una mala cura debido al agotamiento sexual que el fogoso padecía en especial en su relación con la Fornarina, aspecto éste que fue predilección de Picasso, que dedicó a Rafael una serie de grabados lúcidos, eróticos, divertidos, melancólicos, inquietantes, sobre tan tórrida amistad. La exposición, en realidad, abarca cinco años y pretende mostrar justo lo que de anti-romántico tenía al artista. Tom Henry así lo dio a entender claramente en la presentación donde insistió en que la muestra incide” en el modo en que funcionaba la mente de Rafael y cuán precisas eran sus instrucciones para que otros culminasen el trabajo”, es decir, una muestra en la que Rafael se presenta como un artista de ideas, de proyectos, que luego otros llevaban a  cabo en su enorme taller de casi 50 personas, un taller que albergó pintores como Giulio Romano y Giovanni Francesco Penni ,40 pinturas y 30 dibujos que casi pretende convencernos de lo que en realidad, creo, no eran los pintores del Renacimiento, una especie de maestros de obra que precedían a la concepción que luego depuró hasta sus extremos Marcel Duchamp. Creo que, en este sentido, la exposición se muestra un tanto forzada. Signo de unos tiempos en que un hallazgo pretende pasar por su totalidad. No de otra manera puede entenderse que la exposición finalice con obras fechadas después de la muerte del autor. Parece sacado de una ocurrencia de Andy Warhol.

Aquí se podrá ver la Santa Cecilia, proveniente de la Pinacoteca Nacional de Bolonia, las copias pertenecientes a La transfiguración, que posee el Museo del Prado y que el Vaticano, depositario del original, no quiere hablar de desprenderse de él por razones viajeras y algunas de las que se tiene constancia de que fueron pintadas en su totalidad por él, el retrato de Baltasar Castiglione, el autorretrato que se hizo con Giulio Romano, y el de Bindo Altoviti, que provienen del Louvre y de la National Gallery de Washington. Unos años romanos, pues, que la tradición proveniente del Romanticismo no quiso ver en su adorado Rafael, esos cinco últimos años en que, ahora, se nos quiere hacer ver que estaba revolucionando la idea misma del arte. Así, de ser denostada esa etapa, en enorme contraste con sus años anteriores, los de La Escuela de Atenas, por ejemplo, por razones de excesiva producción y encargos a aprendices, se ha pasado  a valorar lo que de “taller industrial” tenía su arte. Hay que recordar que las Estancias, en el Vaticano, quedaron sin terminar a su muerte y fueron los discípulos los encargados de finalizarlas.

Rafael y el Vaticano. Una relación estrecha, nada conflictiva como la que tuvo Miguel Ángel, el otro artista de su tiempo, junto con Leonardo, que le sustituyó en el canon del gusto hasta que, a finales del XVIII y XIX,  la armonía rafaelesca se impuso ante la brusquedad y la fuerza titánica del autor de la Capilla Sextina. Y aquí podríamos establecer una especie de paralelismo con el Gran Relato beethoviano: a Miguel Ángel le sustituye un Rafael que se quiere prodigio de equilibrio y gracia, como Mozart, hasta que a su vez es sustituido por otro Rafael, el de la etapa romana, al que se le quiere moderno a rabiar  Esta exposición surge con la ambición de un antes y un después en la manera de concebir el arte de Rafael. Lo tienen difícil: la estrella sin rival de estos últimos meses es Leonardo. No hay mes en que no sea noticia.

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