CUARTOPODER | Publicado: - Actualizado: 19/5/2017 08:11

Ofelia de Pablo

Makene, 15 años, junto con su hija Violeta, en uno de los centros de acogida para menores víctimas de violación con hijos, en la ciudad de Goma (Congo). / © Ofelia de Pablo

420.000 violaciones sistemáticas a mujeres cada año es la cifra que ha hecho a la República Democrática del Congo conseguir el terrible título de “capital mundial de las violaciones”. La ONU calificó de posible genocidio los crímenes cometidos por Ruanda contra los Hutus en el país durante más de diez años, pero junto a las masacres a civiles se ha utilizado impunemente la violencia sexual como arma de guerra y aún se sigue practicando, a pesar de haber terminado oficialmente el conflicto. Según el estudio de American Journal of Public Health, el número de mujeres que han sido violadas al menos una vez en este país se eleva a 1,8 millones. Hoy son las palabras de estas víctimas las que llegan hasta estas páginas para reclamar justicia.

Miere camina despacio, le cuesta mover la pierna y la cadera, se sienta frente a la cámara y todo el dolor de sus ojos te taladra atravesando el objetivo. “Soy Hutu congolesa –comienza a relatar– y ahora estoy sola en el mundo”. Tiene 43 años y su familia fue masacrada en 1996 cuando el ejército de Ruanda invadió los campos de refugiados donde ella se cobijaba huyendo del terror de las matanzas. Miere consiguió escapar del campo de Nyirangongo pero un tiempo después fue víctima de las violaciones masivas en al provincia de Kivu Norte. Habla en voz baja, mirando al suelo, siente el peso de la humillación y la rabia mientras nos relata cómo un soldado la violó rompiéndole la cadera, el brazo y una pierna mientras la amenazaba con su bayoneta. En su frente la marca de un balazo termina de relatar su historia. Ahora no tiene a nadie, no tiene casa y por las secuelas físicas sufridas no puede trabajar. “Solo quiero justicia”.

El testimonio de Miere es uno más de una larga lista: Selene, Ruena, Anna Marie,.. todas nos hablan con la voz ahogada por el dolor.

El municipio de Rutshuru fue uno de los más castigados en 1996. Aquí, la abogada Gloria Tuemba ha creado junto a otras juristas una asociación para luchar contra la impunidad de los delitos que se cometen contra las mujeres, sobre todo en los que se utiliza la violencia sexual como arma. En su organización ofrecen asistencia gratuita pero destaca el nivel de peligrosidad que supone para una sociedad el hecho de que la violación sea considera algo “normal”. Es Makene quien sabe muy bien de lo que Gloria nos habla. Ella tiene 15 años y sostiene en brazos a su hija Violeta, fruto de una violación. Esta vez no fue el ejército si no que fue el padre de la familia adoptiva con la que ella vivía. Makene es una niña huérfana del genocidio. A sus padres les asesinaron cuando salían huyendo de Ruanda por ser Hutus. “Una familia me adoptó unos años después de vivir en la calle tras el asesinato de mis padres. Al principio toda iba bien pero luego él –mi supuesto padre– empezó a abusar de mi. Mi madre adoptiva me echaba a mi la culpa. La violación es una práctica normal en las familias, es algo que se asume, todas las chicas de mi edad asumen que las puedan violar, o bien el ejército, o los vecinos del pueblo o incluso sus familiares como a mí”. Makene se quedó embrazada de su padre adoptivo y la familia la echó de casa. Ahora ha sido acogida por la ONG VIS (Volontariato Internazionale per lo Sviluppo) y está aprendiendo un oficio para poder sacar a su hija adelante. “Ella no tiene la culpa –afirma Makene mirando a Violeta–; es esta sociedad maldita”. Por las noches, Makene aún llora y grita en sueños –nos dicen sus compañeras de habitación–, pero “luego mira a la cuna cerca de su cama, y creemos que, poco a poco, está aprendiendo a volver a querer”, señalan las chicas.

Junto a ella, silenciosa y cabizbaja está Anne Marie. Es de Ruthsuru, tiene 14 años y un bebe de tres meses. La violó el mismo hombre de su aldea varias veces. “Dicen que la violencia sexual era durante la guerra pero las niñas que tenemos aquí demuestran que para el Congo se ha convertido en una práctica habitual porque nadie castiga la impunidad de sus actos”, dice Chiara quien dirige Casa Margueritta, un centro de acogida para menores con hijos fruto de violaciones.

Hoy, un recién formado equipo de mujeres CSI congoleño representan una luz al final de un oscuro túnel para miles de mujeres que sufren la violencia en su máxima expresión. Estas policías están preparadas para exhumar cadáveres y recabar al fin pruebas que acaben con la impunidad sistemática que sufren las mujeres en este infierno llamado El Congo. Pero ellas solas no pueden. Necesitan que la ayuda internacional se fije de una vez por todas en este problema y ayude a combatirlo. Patricia Sellers, una de las juristas que más sabe en el mundo sobre violación como arma de guerra advierte: “La tortura sexual es la más destructiva de las armas. Si quieres aniquilar a un pueblo es la mejor manera de hacerlo. Es necesario combatirlo desde todos los frentes posibles”.

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  • ANTONIO

    que tristeza, que verguenza, que rabia, que impotencia, que asco que………..

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