La maga de Velázquez

Carmen Garrido, entre Mayte Dávila (izq.) y Rocío Dávila, el día de su homenaje. / C. G.

Detrás de todo gran pintor hay, además de inteligentes miradas, sensibilidades audaces, un selecto grupo de estudiosos que no descansan en sus indagaciones sobre las razones ocultas, o no tanto, que llevan al artista en cuestión por los derroteros  que toma. Son magos escondidos tras raras antiparras que, fuera de focos, toman de la mano las obras de arte que cuelgan de los lugares más altos de los mejores museos del mundo.

El Museo Nacional de El Prado, por ejemplo, ha acogido durante casi cuarenta años, en su seno a uno de estos magos, Carmen Garrido, que acaba de ser objeto de un homenaje con el pretexto de su jubilación, del que poco habría que decir si quien se jubila no fuera el alma del prestigioso Gabinete de Documentación Técnica de la pinacoteca, creado a finales de los 70.

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Al homenaje que consistió en varias lecciones magistrales de diferentes expertos, amigos y compañeros de Garrido, asistieron entre otros, su maestro José María Cabrera, de quien ya se ha hablado en cuartopoder, sus compañeras, Rocío y Mayte Dávila, dos auténticas estrellas que también va perdiendo El Prado, y Peter Cherry, colega irlandés, del Trinity College de Dublín, al que pirran los bodegones, según propia confesión. También Carmen Pérez, directora del Instituto valenciano de conservación, tan maltratado por la Generalitat valenciana;  Maria del Carmen Hidalgo, del Instituto del Patrimonio Cultural de España. Y así.

El nuevo Velázquez, retrato del inquisidor Sebastián García de Huerta / C.G.

Yo no digo que Carmen Garrido no tenga derecho a jubilarse, como todo hijo de vecino, pero dudo mucho que tal señora pase al dolce far niente a partir de este momento, y, como prueba de ello se acaba de saber que la susodicha ha desvelado al mundo un Velázquez que se hallaba “perdido”, del que ha corregido algunas inexactitudes de anteriores estudios –los del hispanista August L. Mayer- que hablaron del Sumiller de Cortina del rey, Juan de Fonseca y Figueroa, cuando parece ser que se trata de Sebastián García de Huerta, secretario que fue de los reyes Felipe III y Felipe IV en el Consejo Supremo de la Inquisición.

Pesetero como se ha vuelto todo el mundo, se cotillea que los dueños del retrato confían en cobrar hasta 20 millones. En cualquier caso, un articulo de Garrido aclara detalles en la revista Ars, que se presentó el pasado martes, día 4. Sorprende -aunque sólo hasta cierto punto- el pequeño eco mediático que ha suscitado esta noticia, cuando a otros "descubrimientos" menores, producidos en el exterior, se les ha dado cuartelillo hasta el aburrimiento.

Velázquez ha sido y es la guía de Garrido en su vida profesional. Sin embargo, El Greco –ese pintor de manchas y figuras encajadas, de luz y lacas enrojecidas, que estira los cuerpos porque le da la gana, para encuadrar a su gusto las composiciones, como bien explica CG- El Greco, digo, es quien la está manteniendo ocupada en el fin de su carrera oficial vinculada al Prado: prepara un libro que se quiere para celebrar el aniversario, en 2014, de la muerte del cretense. Domenicos Theotocópulos, que amaba Toledo y que además de pintar la transparencia ensayaba con éxito romper los límites del cuadro, fue pintor expresionista antes de que se inventara tal palabra. Prueben, si no, a acercarse –si se lo permiten los vigilantes de sala- a las pinceladas y los tachones que conforman algunas caras de sus composiciones. O mejor, háganlo en la pantalla del ordenador.

Con el libro aún inacabado, CG ya anda en la idea de comparar su temible y querido Inocencio X velazqueño con el retrato del cardenal Fernando Niño de Guevara, de El Greco, gracias a unas radiografías que le proporcionó el Metropolitan neoyorquino.

No ha hecho la mudanza de su despacho, aún, del que se lleva sus libros, sus cosas, pero deja la riqueza producida por su trabajo, en forma de pliegos, archivos, estudios y tantas otras cosas, para que lo continúen generaciones posteriores. ¿Acaso es de otra manera la vida sobre la Tierra?  A pesar de algunas malas gentes, no; no es de otra manera sino así mismo. El Prado pierde mucho con la salida de Carmen Garrido.

Cuando se apaguen las luces y se disipen los últimos sonidos humanos de los visitantes, mientras en los despachos se siguen desatando las pasiones por ocupar sillones de poder -rampante mediocridad que siempre busca salir en las fotos-, flotará en las salas de El Prado el rumor de las preguntas de los iconos, retratos, caballeros y damas de otros tiempos: “¿Sabéis algo nuevo de Carmen?”